viernes, 3 de julio de 2020

Mis días, últimamente (Primera Parte)

¿Les cuento una historia de terror? Es larga, les puedo adelantar. 


Todo empezó en diciembre de 2019, el 26 para ser más exactos, era mi última revisión ginecológica antes de irme a mi cesárea.


Debo decirles que nunca tuve problemas con el embarazo, fue tranquilo, sin riesgos ni alarmas más que una gotita de sangre en el último trimestre. That's all.


De ahí mi desagradable sorpresa al escuchar a mi doctor decir que tenía poco líquido y que tal vez tendría que adelantar mi cesárea programada para el 7 de enero. Aunque mi bebé ya estaba a término, me daba miedo que algo saliera mal. Ese miedo lo compartía mi esposo.


Solo me mandaron descanso y cita para el sábado siguiente (era un jueves, según recuerdo). Mi madre y hermano se subieron atrás del coche, yo -como siempre- de copiloto y mi marido al volante. 


Sobre Tlalpan, íbamos platicando sobre qué hacer. Estábamos nervioso y tensos porque además nos faltaban un montón de cosas por terminar en la casa. De repente, un idiota con auto se amarra sin razón en pleno carril de alta.


"¿¡Qué mierdas estaba pensando?! Pues nada, seguramente". Ahí vamos a chocar cinco coches en carambola, nosotros en medio.


Entre los gritos, mi marido alcanzó a girar el volante para que yo no resintiera tanto el impacto frontal. Del trasero pues ni cómo salvarnos.


El saldo: mi madre con la rodilla quemada y sangrada, Óscar y Ernesto contracturado… ¿Y yo? Con un severo susto.


Ajá. Susto. Mi bebé no se movía.


No, no se movía. Para nada. Creo que él se asustó más que yo por todo lo que pasaba, es decir, no entendía qué pasaba. El problema fue el miedo que su inactividad provocó.


Todos preocupados por mí. Voces preguntando que cómo estaba, que si el bebé, que no me moviera… Sin querer perder la cabeza tuve que calmar a todos, incluida yo misma. 


Muchos minutos después llegó la ambulancia. El rescatista me aseguró que no había pasado nada, y me dió un pase para un ultrasonido. Y ya.


Mi bebé, sin moverse. Aún.


¿Saben lo que es la histeria pasiva? No encuentro otro término mejor para describir lo que sentía. Porque por un lado no podía ni llorar de la preocupación porque asustaría a todos -incluida mi madre- y por el otro sientes que se te parte el mundo en pedazos. 


Ni modo, aguántese. Aunque por ahí hay un pequeño movimiento que me hace tirar una lágrima...


Fuimos a un hospital para otro ultrasonido. Ahí, la ginecóloga que me atendió aferrada con que me hicieran una cesárea de emergencia por la falta de líquido. Mi doctor, cuando se enteró de todo, que se pone a discutir con la médica del lugar vía teléfono (MI celular). La cosa más desgastante.


"Señores, estoy asustada. ¿Pueden ayudarme?".


En medio sonograma *pas*, una patada… *pas* otra patada… Respiré en automático y salió el llanto más reconfortante del día.


De camino a la casa, mi madre con hambre y asustada empezó a discutir sobre la cesárea. Dije que lo iba a pensar. Y ella seguía, y seguía, y seguía… hasta que me colmó la paciencia. De nuevo, mis lágrimas.


Pasa que había un problema con el seguro: necesitábamos una carta para que los gastos estuvieran autorizados, y dicho documento no estaba listo todavía. En teoría debería estarlo para esos días pero aún no llegaba. 


¡Estúpidos papeles, estúpido choque!


Comimos. La familia de mi marido regresó de Morelos donde vacacionan, entonces los teníamos en el departamento con nosotros. Tratamos todos de alivianar el asunto y ya. 


"Voy a pensar qué hago"... A todos les dije sobre la cesárea de emergencia. Si de por sí me sentía angustiada por la programada, imaginen por una de prisa y con su presión encima.


Esa noche no pude dormir bien. Emilio aún no se movía mucho, casi nada; mi marido traía los nervios de punta además de un complejo de culpa asqueroso por el choque. Yo pues solo podía rezar para poder pasar por todo.


Al día siguiente, sin mucho pensarlo y sacando mi lado de valiente mexicana dije: "ingüe su madre, pues mañana que nazca Emilio Noé". Al sentimiento se unió su papá y tuvimos que sumar a mi ginecólogo que, tras medio reflexionarlo, aceptó.


Luego, algo mágico ocurrió: llegó la bendita carta. Ahora, todos contentos. La cita era en Médica Sur y luego de pelear con la aseguradora todo quedó listo para que mi ingreso fuera a las 8-9 de la noche del sábado 28. 


Nervios. Muchos. Éramos mis nervios, mi panza y yo buscando ropa interior de maternidad y lactancia en Suburbia el viernes a las 9 de la noche. Emilio medio se movía, más bien dejaba su cuerpo caer cuando se cansaba de andar de vago.


El sábado está medio borroso y muy breve. Solo recuerdo bien que todos (TODOS) llegamos al hospital y yo, en seguida, a la sala de preparación. 


Siete piquetes para canalizar una vena, muchos estudios, algo de presión alta, lágrimas cortadas y vas al quirófano. The Beatles de fondo.


Entre mi miedo, sin sentir mis piernas, sueño inmenso e inconsciencia, Emilio Noé nació casi a las 10 de la noche. Escuché su pequeño y frágil lloriqueo y se me hizo chiquito el corazón.


"Mira, sí tenía poco líquido"... Obvio, ni para dejarse molestar por los comentarios médicos. 


Luego de todo eso: ¡auch! Odio la analgesia, me la dejaron casi dos días. Obvio la 'bajadera' de líquidos cuando te levantas por primera vez es una cosa tipo Carrie (la película setentera, claro), me quedé sin pantuflas debido a ello. Ni les cuento el dolor de la cesárea.


Eso sí, debo decir que el dolor de la cesárea comparado con el de la operación por hernia esogástrica es casi la mitad. Según mi madre eso es relativo, y solo se debe a la emoción de mi hijo. Yo creo que el cuerpo es más sabio y condescendiente, sabe perfectamente todo, incluyendo la parte de ser paciente con la nueva mamá, por ello los movimientos internos suaves post embarazo.


Iba todo bien hasta el check out. Debo explicarme: unas semanas antes fuimos al hospital para ver sus tarifas, y la de promociones nos ofreció un paquete de $25 mil pesos por todo (menos honorarios del equipo médico). Se nos hizo la quinta maravilla y dijimos "de ahí somos".


"Pues dice mi mamá que siempre no". Ah, resulta que nuestro consumo había sido libre y que la cuenta ascendía a los $70 mil pesos.


#PosMeInfarto


No les contaré cómo mi marido casi (bueno no, sí lo hizo) pidió la cabeza de la señorita de promociones, o el drama que protagonizó en Admisión. No. 


"Total, ya para qué", diría JuanGa. La verdad es que estaba tan cansada que lo único que quería era salir de ahí con mi bebé, acurrucarme con él y mi marido y dormir algunas horas.


Solo diré que mi suegro y mi cuñada consiguieron un arreglo con el personal del lugar y quedaron en que se cubrieran los $25 mil de la promoción. (Creo que lo hicieron básicamente para calmar al iracundo de mi marido y a los otros quejosos que ya se iban acumulando).


¡Hecho! Mil gracias a mi suegro y a su plástico mágico. Pasamos por cuatro firmas en controles, mi bebé, sus papeles y para la casa (aunque antes mi cuñada tuvo que pedir dinero porque se nos olvidó sacar para el estacionamiento).


Sniff. Y suspiro.


De ahí, para adelante todo ha sido error y ensayo. ¡Cómo sufrí con la lactancia!


No, no es tan hermosa como dicen. El inicio es terrible. El pequeño no puede acomodarse, tú no sabes cómo, se estresan y lloran los dos, se te hinchan los senos hasta doler, y se te sale la leche a la menor provocación.


A eso hay que sumarle las hormonas, el dolor de la cirugía, el ver que tu recuperación es más lenta de lo que quisieras, tus piernas súper hinchadas y te duelen, los residuos de la analgesia, que no puedes hacer nada (por tiempos y por tu estado físico), el bebé llorando cada tres horas -si bien te va- y las noches sin dormir.


Y tomemos en cuenta que esto viene acompañado de opiniones. Decenas de opiniones que nadie pidió pero que todos dan, y que además se enojan si no las tomas en consideración. 


"Como si fuera contrato…".


No señores. No romanticen la maternidad, al menos sus inicios. Es ruda y difícil, desgarradora a momentos, es todo un trabajo. Y no solo dura 40 días.


Mientras tanto, en el mundo va creciendo una enfermedad que al parecer no cede ante los medicamentos conocidos. Y es de fácil contagio. Es de la familia de los coronavirus, llamados así por su estructura similar a la de una corona.


Llega a México, aunque no se sabe con qué letalidad. De lo único que podemos estar seguros que está aquí para quedarse una buena temporada.


En otra parte de esta historia está la de mi cuñada y su pequeño de diez años. Este último ha pasado tres veces en un mes por el doctor debido a infección en la garganta.


Otro pediatra le dice que no, que algo pasa con sus anginas y adenoides, las cuales, resulta, están tremendamente inflamadas.


Y ahí va el pobre niño a la mesa del cirujano. Todo termina con un montón de helado y apapachos para que se recupere rápido. Parece una operación rutinaria sin problema alguno.


Hasta que llega patología...


Linfoma de Hodking. Un nombre elegante para el cáncer de ganglios y linfomas.


Devastadora noticia que nos llega de la madre en medio de lágrimas. No es para menos, su pequeño enfrenta un monstruo de esos que te quitan el aliento. 


Nunca hay que subestimar a los niños. Este, por ejemplo, sabía que algo pasaba desde los primeros análisis. Qué tanta desgracia sentiría al saber que tenía la razón. 


"Fuuuuuuuck…", exclamó la princesa. Ningún niño debería preguntar si se va a morir. Él lo hizo luego de anunciarle el veredicto médico.


"¿Cómo contestas eso sin que el corazón se te haga cachitos?"


Todo pasó muy rápido. Papeles, trabas, trámites, más trabas… En el sector salud todo se complica, es muy alta la demanda y poco el espacio. 


Mientras tanto, con el corazón hecho cachitos tuvimos que recibir la confirmación de la enfermedad más "el remedio": seis quimioterapias.


Pfff, ¿para un niño, tanto? Chale.


Chale.


Chale.


Respira, pues, y anda. La primera fue programada pronto. Demasiado pronto. A dos semanas y media de la operación. Bueno.


Fue todo el día estar en el hospital. El pequeño, de diez años de edad y con trastorno de déficit de atención, pasó todo el día canalizado, comiendo cosas frías y devolviendo el estómago. Si para un adulto es un martirio no puedo pensar cómo lo padeció el niño.


Ya por la noche regresaron a su casa. Volvió a vomitar, dos veces más. Claro, un poco de dolor de cabeza y de estómago.


Pasaron tres días más. Altas y bajas. 


La mañana del cuarto día nos despertó una llamada telefónica: el niño estaba de vuelta en el hospital, convulsionó por la noche. La mamá atendió la emergencia mientras llegaban los abuelos; en tanto, los vecinos le ayudaron a bajar al pequeño desde el cuarto piso donde viven.


Todavía en el hospital el infante sufrió tres convulsiones más. Todo parecía indicar que era una inflamación en el cerebro por lo que era necesario entubarlo y llevarlo al área de Cuidados Intensivos.


Y nosotros, todos, iniciando el primer pico de la pandemia. Con el corazón roto pero sin abrazos. Sin poder salir pero acompañando en la distancia.


Mi marido como león enjaulado. Es su niño, no lo culpo. Sientes lo más frágil del corazón sangrar. Es un niño, solo un inocente niño.


Los abuelos, desde el primer momento, apoyando. Que si la medicina, que si las caretas, que si los cubrebocas, que si la comida, que si las perritas de Toño, que si los papeles… Yendo y viniendo al hospital para ayudar en lo que se necesitaba.


El alma y corazón estaban ahí hechos abuelitos. Era para su "papi chulo". Todavía a nosotros nos vinieron a ver dos veces para dejarnos cosas ya que no podíamos ni asomar la nariz, Emilio apenas y llegaba a la mitad del cuarto mes. Un riesgo terrible.


Chale. A echarle ganas. Hay una promesa de Dios que me hace confiar ciegamente en que todo saldrá bien.


Entre jalones, idas y venidas, muchas revisiones, cartas leídas al pequeño, y mucha fé, al cuarto día desconectaron y despertaron a Toño. Una buena noticia, ¡por fin! Nos hacía falta a estas alturas del año. Fue la toxicidad extrema de la quimio la responsable, al parecer 


Las convulsiones no hicieron mucho daño al cerebro que aún se mostraba inflamado. Pero Toño ya hacía bromas, se chamaqueaba al abuelito y tío, y pedía a gritos algo de comida.


Obvio. Era pura dieta blanda hasta entonces.


No les voy a decir que afuera ya estábamos en semáforo rojo por Covid (hemos tenido tantos picos que ya perdió el chiste llamarlo así), pero la situación era muy densa. Muchas personas sin cubrebocas, otras sin usarlo correctamente, las que aparte llamaban a no creer en el contagio; eso más la actitud relajada de las autoridades que no ponían el ejemplo.


Chingao. ¡Qué coraje da ver que se hace un llamado a la prevención y a medio mundo le vale dos pesos! Sabíamos el riesgo que corríamos al salir a la calle, por eso optamos por quedarnos en casa ya que las circunstancias (¡gracias a Dios!) así nos lo permitían. Emilio hizo tres cuarentenas (y van corriendo).


Fue cuando dieron de alta al pequeñín y a su mamá. Todos se fueron a la casa de los abuelos (¡claro, no se iban a arriesgar de nuevo!). Entonces mi cuñada se dió un tiempo para descansar anímicamente.


Pensábamos que todo iría bien...


Con lo único con lo que no contábamos fue con una tos que atacó a ambos abuelos. Fueron con un médico que les dijo que todo estaba bien, que no se preocuparan y que con su receta era suficiente.


"Qué triste viéndolo en retrospectiva".


La abuelita salió bien, aunque muy adolorida y cansada. Fue el abuelo el que no mejoraba al paso de los días.


Mi marido pidió a su papá ir con el médico, uno particular, pero no quiso. Hay personas muy echadas para adelante que no les gustan los doctores ni clínicas. No lo culpó, a mí tampoco me gustan.


Fue hasta que tuvo problemas para respirar, y con el ruego de su esposa y hermanos, que el señor accedió a ir al hospital.


Fueron, y el señor quedó hospitalizado en una clínica del IMSS (luego que le negaron la atención en un hospital particular, cabe destacar). Mi suegra casi corre la misma suerte, pero gracias a su mejoría y atención temprana pudo regresar a casa.


Sin embargo, el fantasma se hizo presente: posible Covid. 


Mi suegro, quién le cantaba Cielito lindo a mi hijo, iba con diabetes y 68 años de edad. Teníamos miedo. Mucho.


Mi esposo se derrumbó. Lógico. Su papá estaba en un hospital sin contacto con el exterior más que las llamadas "diarias" de los doctores. No podíamos saber de él, escucharlo o que él nos escuchara. Una pesadilla que no se la deseo a nadie.


Diana y Toño regresaron a su casa por medida de seguridad: con todo lo que había pasado, el peque era inmunodeprimido.


Fueron horas de angustia sin saber qué pasaba. Mi suegra era posible Covid.


Mi marido, que ya trepaba por las paredes, pensó en ir a limpiar la casa de sus papás. Ello porque en el IMSS decían que su papá no era derechohabiente (¿cómo si hasta pensionado estaba?), entonces necesitaban los papeles para arreglar el asunto.


"¿Qué más puedo hacer?", me dijo. Asentí la cabeza, se me hizo nudo el estómago y suspiré en agrio.


Fueron cuatro cambios de ropa (de pies a cabeza), tres cubrebocas, una careta, gorras, múltiples pares de guantes. Todo para evitar cualquier riesgo. Así se fue mi marido a limpiar. 


Mientras tanto, Carso, la empresa donde trabajaba el ahora pensionado suegro mío, se enteró de la situación y abrió sus prestaciones para la familia. Primero, la pareja del ex trabajador. De todo ello se encargó Diana.


Pasaban los días y la situación de Don Ernesto empeoraba: un cuadro de ansiedad hizo que se cayeran los niveles de oxígeno y hasta entubado ya lo andaban dejando. Él, obvio, no lo permitió.


La calma vino poco después, gracias al paciente en sí y a unas cartas que le mandamos su familia a través de un camillero (si estás leyendo esto, camillero del HGZ 2, ¡gracias por hacerlo posible!).


Tras la friega de la limpieza, mi marido empezó con un fuerte dolor de ciática. Ambos tuvimos un poco de ardor en la garganta y ya. Inicialmente todo era así, poco, casi inexistente...


Hasta la prueba de mi suegra: detectado Covid. 


Sí, claro… Sientes una espina de miedo, pero estaba confiada por la protección de mi marido, además solo estuvo una vez y sin contacto cercano. Fuera de eso, no teníamos síntomas (incluso los expertos descartaron inicialmente un contagio), so no había de qué preocuparnos.


Pero la prevención es primero. Al menos a unas siete personas nos mandaron a hacer la prueba cuyos resultados conoceríamos dos días más tarde.


El lugar, por afuera, bonito. Una hacienda en Tlalpan. Por dentro… a medio construir. Doctores en batas, todos cubiertos hasta las orejas, googles, sin poder escuchar bien por las capas de cubrebocas que traen. Me caen bien. Y me dan miedo.


Mi madre es doctora, y no puedo imaginar que la manden a hacer pruebas a posibles Covid. Eso abraza un poco mi corazón: mi mamá está a salvo sin salir de casa (más o menos).


Son dos pruebas con largos hisopos, una en la nariz y otra en la garganta. Las dos duelen, molestan. Todo el día (un jueves) traje tos por su culpa. 


Mi marido seguía adolorido, mucho. Alterado, lo doble: no podía consolar a su mamá, no podía ver ni ayudar a su papá, su sobrino aún corría riesgo porque faltan quimioterapias. Un manojito de nervios, no era para menos. Lo entiendo y me duele.


Luego, supimos que ni Toño ni Diana eran positivos (¡gracias a Dios!). 


"Ni salgan ni respiren en la ventana, nada".


No les quiero decir el alivio que sentimos por, muy breve, tiempo: aún no teníamos buenas noticias de mi suegro. Para ese momento, don Ernesto ya había sido entubado debido a una infección. Pero al menos la oxigenación iba para arriba lentamente.


Mis días, largos y cansados.


”Qué acabe ya esta pesadilla, por favor".


Y el destino se rió. Fuerte.


Diana me marcó el sábado poco antes de las 12 AM. Yo, madre de un hiperactivo y demandante bebé de cinco meses, estaba a punto de dormir. Desde un par de días atrás, Emi había estado muy sensible y chillón, tenía que cuidarle su sueño.


Pero Diana insistía en hablar conmigo. 


"¿No puedes esperar a mañana?" Pues no. Salí del cuarto con dudas y miedo: seguro era una muy mala noticia.


"Te llamo para avisarte que ya tengo los resultados de Ernesto: salió positivo".


… 


No. No es real. No es cierto. Dime que es parte de mi cansancio, que están equivocados los resultados, que son de otro Ernesto. Por favor.


Por favor.


La siguiente parte aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario