Son las nueve de la mañana con diez minutos. Taxqueña frente a mí, con algunos cuantos amigos vendedores en su entorno, la música, los olores, los gritos y chiflidos son cosas habituales. Es el comportamiento humano en plena ebullición.
Creo que llegaré con media hora de anticipación, la verdad es que para mi puntualidad es toda una odisea, me siento orgullosa de ello.
La bienvenida formal nos la ofrece la señorita (así dejémoslo por respeto) de la ventanilla. Dos boletos son el intercambio de 6 pesos, el saludo mejor olvidarlo puesto que las diez personas que tienes atrás te podrían invitar un café, encima de ti por supuesto.
Caminas sobre un piso más que riesgoso en temporada de lluvias. Unos corren como si fuera una maratón, otros simplemente se ocupan de su ritmo, cosas, bolsas, incluso zapatos de tacón. Hay una mujer indígena sentada a la mitad del pasillo que conduce a los torniquetes, sólo extiende su mano mientras que en el brazo izquierdo mantiene la cabeza de su hijo recién nacido.
Hoy no tienes monedas que regalar, no en la mitad de la quincena.
Pasas el torniquete con la acostumbrada dificultad, es decir, siempre se atora tu mochila, tus manos, y tu termo. Te ríes en tus adentros, mientras que tratas de guardar el equilibrio, y repites como en cada mañana lo mismo: “pero a mí que me gusta guardar hasta la cocina”.
Sigues. Tu vagón aún no llega, mientras sigues hacía el frente del pasillo. No es que seas paranoica, pero tu abuelo, ese viejo andante de las calles, siempre te dijo que para una mujer es mejor viajar en los extremos del metro, y “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
A tu lado derecho esta esa mujer que seguro trabaja en oficina. Vestida con falda, saco, tacones altos, medias al tono natural, bolso rígido y peinado anti techos bajos. Pegada a su celular parece el mundo írsele de las manos sin que ella pudiera intentar frenarlo.
Luego ves por el rabillo del ojo a un adolescente, parece ser un estereotipo de tribu urbana. Es decir, viste de forma uniformada al resto de los adolescentes. Pantalón de mezclilla desgastada y en tonos obscuros, tennis de plataformas y toscos (debo aclarar que están gastados de tantas huellas que han dejado a su paso), una camiseta negra con una sudadera del mismo tono. Lo que puede identificarlo a tres metros es el peinado a base de una mica de gel, y el cabello hacía arriba, abajo, al frente en el fleco, y de picos en ciertas zonas. Me da curiosidad saber qué es lo que escucha en su reproductor de mp3, porque suena demasiado rítmico, lo ves en su pie tamborilear
Llega tu convoy. Un ruido a timbre, aunque no has tocado nada, te vibra en el oído. Te metes como zarigüeya buscando alimento en el túnel, es decir, buscas tu asiento favorito, será largo tu trayecto.
Te metes en el lugar junto al barandal, o bien, de donde te puedes agarrar cuando frene de golpe el conductor. Frente a ti, se presenta una chica de aspecto intelectual. Pantalón gris de pana, una camisa blanca, con suéter verde olivo, trae lentes y un libro en la mano, parece algo desgastado, bien podrías asegurar que es su favorito.
Ella al parecer ni se inmuta de tu presencia, porque en cuanto se sienta abre el libro y sigue su pasar continúo de letras.
Tú das un sorbo a tu café, hirviendo por cierto que lo has notado en ese momento. Para la próxima lo dejarás enfriar un poco.
Avanzas. Bueno, no tú, el metro sí. Pero al parecer como tus ojos no se separan de la ventana parece que te mueves al ritmo de 45 kilómetros por hora.
Por tu descuido, o tu autismo momentáneo, no te percatas de que se llena tu fila de asientos. No lo haces hasta que alguien te comprime el brazo. Lo dejas pasar tan bien como el que se acurruca a tu lado, y es que en la Ciudad de México estamos hechos para el hacinamiento.
Tu primera estación, General “ca”Anaya. (o también “gAndalla”). Te das cuenta que el mayor flujo de personas no estaban sobre Miramontes, sino en Tlalpan. Suben más de los que te encontraste al inicio del recorrido.
Ahora si es medio de hacinamiento esto.
Continuará…
Creo que llegaré con media hora de anticipación, la verdad es que para mi puntualidad es toda una odisea, me siento orgullosa de ello.
La bienvenida formal nos la ofrece la señorita (así dejémoslo por respeto) de la ventanilla. Dos boletos son el intercambio de 6 pesos, el saludo mejor olvidarlo puesto que las diez personas que tienes atrás te podrían invitar un café, encima de ti por supuesto.
Caminas sobre un piso más que riesgoso en temporada de lluvias. Unos corren como si fuera una maratón, otros simplemente se ocupan de su ritmo, cosas, bolsas, incluso zapatos de tacón. Hay una mujer indígena sentada a la mitad del pasillo que conduce a los torniquetes, sólo extiende su mano mientras que en el brazo izquierdo mantiene la cabeza de su hijo recién nacido.
Hoy no tienes monedas que regalar, no en la mitad de la quincena.
Pasas el torniquete con la acostumbrada dificultad, es decir, siempre se atora tu mochila, tus manos, y tu termo. Te ríes en tus adentros, mientras que tratas de guardar el equilibrio, y repites como en cada mañana lo mismo: “pero a mí que me gusta guardar hasta la cocina”.
Sigues. Tu vagón aún no llega, mientras sigues hacía el frente del pasillo. No es que seas paranoica, pero tu abuelo, ese viejo andante de las calles, siempre te dijo que para una mujer es mejor viajar en los extremos del metro, y “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
A tu lado derecho esta esa mujer que seguro trabaja en oficina. Vestida con falda, saco, tacones altos, medias al tono natural, bolso rígido y peinado anti techos bajos. Pegada a su celular parece el mundo írsele de las manos sin que ella pudiera intentar frenarlo.
Luego ves por el rabillo del ojo a un adolescente, parece ser un estereotipo de tribu urbana. Es decir, viste de forma uniformada al resto de los adolescentes. Pantalón de mezclilla desgastada y en tonos obscuros, tennis de plataformas y toscos (debo aclarar que están gastados de tantas huellas que han dejado a su paso), una camiseta negra con una sudadera del mismo tono. Lo que puede identificarlo a tres metros es el peinado a base de una mica de gel, y el cabello hacía arriba, abajo, al frente en el fleco, y de picos en ciertas zonas. Me da curiosidad saber qué es lo que escucha en su reproductor de mp3, porque suena demasiado rítmico, lo ves en su pie tamborilear
Llega tu convoy. Un ruido a timbre, aunque no has tocado nada, te vibra en el oído. Te metes como zarigüeya buscando alimento en el túnel, es decir, buscas tu asiento favorito, será largo tu trayecto.
Te metes en el lugar junto al barandal, o bien, de donde te puedes agarrar cuando frene de golpe el conductor. Frente a ti, se presenta una chica de aspecto intelectual. Pantalón gris de pana, una camisa blanca, con suéter verde olivo, trae lentes y un libro en la mano, parece algo desgastado, bien podrías asegurar que es su favorito.
Ella al parecer ni se inmuta de tu presencia, porque en cuanto se sienta abre el libro y sigue su pasar continúo de letras.
Tú das un sorbo a tu café, hirviendo por cierto que lo has notado en ese momento. Para la próxima lo dejarás enfriar un poco.
Avanzas. Bueno, no tú, el metro sí. Pero al parecer como tus ojos no se separan de la ventana parece que te mueves al ritmo de 45 kilómetros por hora.
Por tu descuido, o tu autismo momentáneo, no te percatas de que se llena tu fila de asientos. No lo haces hasta que alguien te comprime el brazo. Lo dejas pasar tan bien como el que se acurruca a tu lado, y es que en la Ciudad de México estamos hechos para el hacinamiento.
Tu primera estación, General “ca”Anaya. (o también “gAndalla”). Te das cuenta que el mayor flujo de personas no estaban sobre Miramontes, sino en Tlalpan. Suben más de los que te encontraste al inicio del recorrido.
Ahora si es medio de hacinamiento esto.
Continuará…