Me río al solo imaginar que llega la cobradora de tu jerga.
Ajam... si... ¡¿Juras que eso fue lo que quedó de tu chamarra?!
Viene con uno... No... Tres hombres más que, por cierto, no se escuchan muy contentos.
Oh oh. Dime por favor que eso que encontraste en el bolsillo no es uno de los dardos. Me han contado que tienen que estar afilados para que funcionen, y por las manchas de sangre es posible que lo probaras en alguien más.
Voltea, rápido. Están tirando tu puerta. Tu corazón late fuerte. Contrólate.
Un golpe.
Dos golpes.
Tres golpes. ¡Zaz, la puerta abajo!
Tú, como el buen idiota que eres desde esta madrugada, te quedas ahí... ¡¿En serio?! Corre, muévete, haz algo menos contar un chiste pero salte de ese lugar.
Esta mujer sí que es molesta con sus preguntas. Pero bien, ¿quién la puede culpar? No encuentra al padre de su hijo... No, perdón de sus dos hijos. El rímel ya lo tiene como colorete gracias a las lágrimas de preocupación que tú, pedazo de animal, le provocaste.
Te azota, te jala, te da una bofetada. Y tú, todo callado, ¿acaso quedaste catatónico? Digo, no me sorprendería, nunca fuiste Don Valeroso Caballero.
Es más, me sorprende que hayas acabado con alguien tú solo. Bueno, y el alcohol, claro.
Pero yo te recomendaría que despertaras porque ya abrieron el baño y encontraron a tu víctima de tragos. Al parecer quedó tu suelo lleno de sangre. Vas a tener mucha suerte si todavía respira.
Y ya que no corriste en tu defensa, ellos, los tres hombres -grandes, por cierto- van directo a ti.
No, está vez no meteré las manos por ti. Lo único que podría recomendarte es que cerraras los ojos. Trata de recordar algo lindo. Tal vez esas tardes en casa de tus padres, cuando aún te querían, cuando aún no terminabas con el más grande de la casa.
¿Lo recuerdas?, ¿ese aroma a sangre seca en tus manos?..
[...]
Ey... Despierta. Poco a poco.
Sí.
Aquí estoy.
No, no le hagas caso al dolor. No ahora, ya tendrás tiempo después para quejarte.
¿Sientes las piernas?.. ¿Los brazos? Es obvio que te duelan, igual tienes algunos huesos rotos. La verdad es que te perdí luego de la senda de patadas cuando llegaste al suelo.
Podría decir que es un milagro que todavía respires. Aunque no lo hagas por mucho si no reaccionas.
Ajam, sí, claro. Esto donde estás es un cajón. De madera. Oh, sí, ya sabes lo que es un ataúd.
Bueno, bienvenido a tu próxima muerte si no me das permiso.
Antes, debo de decirte la verdad. Ayer que decidiste embriagarte jugué un poco contigo. Me metí primero en tus calzoncillos. Fui subiendo por tu espina hasta llegar a tus hombros y cuello. Seduje tu oído, y entre a tu cabeza.
No fue difícil, nada. En verdad, como lo dije, nunca fuiste grande o valiente; más bien siempre fuiste el tipo común. Oh, ¡cómo me cansaste! Lo mismo pasó cuando de niño te castigó tu padre, y pasaste toda la tarde encerrado en aquel ropero de puertas gruesas. Y tú, callado sin decir nada en tu defensa.
Tremendo.
Pero no te preocupes. Yo terminé con ese viejo. Te defendí.
Ay, ¿en serio te pones a llorar? Porque hasta donde recuerdo estabas muy feliz con la atención posterior. Aunque cuando lo descubrieron, te quedaste con la soledad entre brazos. Eso, claro, hasta que te llevaron al hospital.
¿No lo recordabas? Estuviste ahí por más de ocho años, cuando el gobierno ya no te pudo mantener y pues, patitas a la calle. ¡Vamos, que eso sí lo recuerdas!
Basta de charla, que el aire se acaba aquí. Anda, dame espacio y yo arreglaré todo. Si bien que te gusta que las cosas se hagan a mi manera.
Anda Daniel, suelta el volante. Romperé la caja y trataré de subir para jalar más aire.
Ya, que no es momento de llorar. Sí pues, maté a unas personas a tu nombre nada más. Es que este tipo, el moreno del bar, cómo se puso pesado. Eso de entrar al departamento y meterte a la cama se me hizo raro.
Seguro que su "exceso de bondad" no lo conoce su mujer. Comentario que no le gustó mucho.
Solo se me pasó un poco la mano al sacarlo del lugar. Muy machito quiso agarrar vuelo, y yo que lo detengo con el dardo. Directo al cuello.
Esa fue la parte fácil, lo complicado fue meterlo al baño. Digo, no pesaba dos kilos nada más.
Ya, ya... Perdóname. Pero si no me das el control no podremos salir de esta para demostrar mi arrepentimiento.
No, no soy cínico (no siempre, vaya).
Anda, eso es.
Así esta mejor. Respira profundo, que Zaúl te sacará de este agujero.
Perdón por todo, solo quiero divertirme un rato.
Ahora, ¿listo para lo que sigue?