viernes, 25 de agosto de 2017

Los monstruos que habitan en mi

Hay muchos tipos de monstruos en nuestras vidas. Y son como plantas, entre más les des de comer más grandes se hacen, hasta inundar nuestro sistema.

Inician como un pequeño brote en la cabeza. Paso a paso se adueña de todas las conexiones nerviosas, cada neurona, todo el líquido y la masa gris ceden a su paso. Parece que se congela todo el trabajo racional para atender al nuevo huésped.

E inicia el servicio y bufet de hotel cinco estrellas. Le ofrecemos al aún pequeño monstruo lo mejor de la carta: la autoestima, el valor de nuestras ideas, la coherencia de nuestros actos y palabras, la posibilidad de volver a amar. Poco a poco va consumiendo todo lo que nos identifica.

Como si fuera tiempo de sequía, todo se muere en la cabeza; pero el monstruo no cede. Tiene más hambre y, mientras, estira sus brazos y piernas. Se acerca a la garganta donde posee nuestras cuerdas vocales, y las palabras (o gritos) con ellas.

Cuando está en los pulmones, llega la ansiedad y nos hace víctima de insuficiencias. No podemos respirar, se nos dificulta mantener el ritmo del pensamiento por la falta de oxígeno. Cada vez es más pesado el aire, más caliente, como plástico hirviendo. Lava. Lava que se adueña de todo minúsculo espacio.

En el estómago se hace un nudo que no deja ingerir alimentos (y ni agua pasa). Es como una mariposa circulando pero esta vez se quedará atrapada hasta morir. En las piernas todo es irremediable, los pasos se nos acortan y no podemos seguir adelante o dar un paso atrás. Las manos para entonces han quedado inútiles, se nos olvida para qué nos fueron dadas, son torpes.

El daño es irreversible. No vemos más que una inmensa bruma. No podemos gritar, avanzar, retroceder, soñar, hacer, hablar. Vivir. Y eso es solo con un monstruo. Hay quien sobrevive con más de diez.

Cada uno los deja vivir y crecer como quiere y como sus posibilidades le den. Hay los que son más amables; unos, sin embargo, que quieren todo de forma recelosa, y otros que son hiedra venenosa destinada a terminarse nuestras vísceras.

Así podemos vivir toda una vida. Hasta que el corazón deja de latir, o vive en estado comatoso. Es así cuando lo que debería de doler ya ni siquiera existe, no sientes motivaciones, no hay latidos, mucho menos esperanza.

Relaciones fallidas, frustraciones laborales, creatividad menospreciada, sueños truncos, el NO tatuado en la piel. Tienen miles de nombres y responden a diferentes miedos.

Los míos son dueños de una pequeña casa –aún en mi cabeza- donde conviven entre ellos. Su territorio está bien establecido, no los dejo pasar a la garganta; pero cuando pasa, me arregló con una tos o gripe que los ahuyenta hacia la azotea.

La verdad es que hemos llegado a un mutuo acuerdo en el que establecí dejarlos vivir mientras sepamos aprovechar sanamente la situación: están ahí pero no me joden. Esto tras concluir que los miedos no son más que ganas de sobrevivir, nos alejan de situaciones peligrosas y –muchas veces- estúpidas; además, establecen límites que debemos respetar para no ocasionar más daños.

Me gusta un poco también tenerlos. Son mis compañeros de soledad, y saben más de lo que yo puedo imaginar. Incluso me defienden de mí misma y de mi estúpido romanticismo por las causas perdidas. Son la consciencia que me falta. Nos hemos convertido en buenos roomies, solo hasta antes de la limpieza de la casa porque no son los habitantes más limpios ni cuidadosos que he conocido.

Generalmente, todo el año cohabitamos bien. Menos en diciembre; entre el frío, mi nostalgia, mi soledad, ninguno llegamos a un acuerdo. Cada uno optamos por nuestro propio mundo y su forma exclusiva de festejar. No es que no podamos estar juntos, solo que en nuestras diferencias, no podemos concebir un tiempo de paz y frío a la vez.

Lo único que me da miedo –más que mis habitantes de la casa del norte- es pensar que tal vez esté más cerca de convertirme en uno de ellos que ellos de dejar el hogar que les he destinado. Tal vez nuestros miedos no sean tan diferentes a nosotros. Quizá solo los hemos endemoniado para mantenerlos lejos y no darnos cuenta que en realidad nosotros somos los monstruos que no sabemos estar bien con los demás o –incluso- consigo mismos.

Hay muchas bestias caminando todos los días en el mundo. Todas ellas disfrazadas de abogados, maestras, administradores, contadoras, mercadólogos, políticos, periodistas, activistas, barrenderos, cantantes, artistas, limpiabotas. No importa la profesión, ahí están para hacer daño si es que así lo desean y si les es permitido.

Otras bestias ya me han herido (más estos meses), y sé que yo he lastimado a otras. Pero, ¿estamos preparados sistemáticamente para ello?, ¿son sólo arranques momentáneos o mostramos nuestra naturaleza casi siempre reprimida?

¿A quién le debo temer, a mis monstruos internos o a las bestias exteriores?

Mientras sigo haciéndome esa pregunta, les daré de comer a los habitantes de la casa del norte. Creo que últimamente han estado un poco alterados. Debido a los últimos acontecimientos, temen que otro monstruo se empiece a incubar y les quite más espacio.

Lo único que puedo hacer es abrazarlos y decirles que todo estará bien. Y realmente lo deseo. Y ellos también.

A false memory
Would be everything
A denial my eliminent

What was that for?
What was that for?