sábado, 4 de julio de 2020

Mis días últimamente (Segunda parte)

Un hueco en el estómago, sin poder tocar el piso y ardor en la cara. Son las peores sensaciones posibles y que sentí en ese momento. Obvio, me preocupé, es mi marido, mi pareja, el amor de mi vida y el padre de mi Emilio.


Mierda. 


Tuve que respirar porque me tocaba dar la mala noticia. Colgué con mi cuñada que ya estaba haciendo planes para llevarse a Ernesto a casa de su mamá, moviendo a sus tíos para que fueran por él.


Demasiado rápido. Carajo.


Saqué a mi marido de la cama. Lo llevé a la sala y lo senté. Le dije que era positivo Covid y de los planes de su hermana. Y que, por otro lado, era muy probable que Emi y yo también tuviéramos el virus.


Verán, es un bebé que duerme con nosotros. Nos ve diario y jugamos todo el tiempo con él. Nuestro departamento mide 75 metros cuadrados, no hay mucho por donde aislarse.


Ernesto le marcó a su hermana por aquello de que no se quería mover, no me quería dejar sola. 


Lo cierto es que puedo ser muy fuerte a veces pero en ese momento de incertidumbre no me salía muy bien. Además estaba perdiendo el control con los planes de los otros, no me gusta dejar mi destino en manos ajenas, no estaba en mi elemento.


Diana en ese momento fue víctima del miedo y empezó a hacer planes, que por si yo no tenía nada, que si Emilio, que si los riesgos, que si yo estaba enferma tendrían que alejar a mi bebé de mí…


Ese fue el límite. Exploté en lágrimas.


¿Por qué mierdas le dicen algo así a una madre primeriza asustada? No saben el dolor que atravesó mi pecho.


Mi estúpida empatía me hizo sentir el miedo de Emilio rodeado de gente que no conoce bien, sin poder tomar mamila (porque lactancia materna exclusiva), extrañando a sus papás… Mi desconsuelo al no tenerlo cerca. Una yaga rompiéndome en dos el pecho.


Ernesto tuvo que colgar y calmarme. Me dijo que no se iba a ir a ningún lado, también por el hecho de que Emi no había estado bien todo el día y no sabíamos qué hacer. Solo se quedaría a dormir en la sala y yo en la recámara con el bebé.


Entonces su decisión fue anunciada a su hermana que aceptó de mala gana. Sus tíos la tomaron mejor. Diana entonces le dijo a mi pediatra el positivo del papá, él solo nos dijo que tuviéramos al bebé en observación.


Armado de cama en la sala en cinco minutos. Eran casi las dos de la mañana cuando nos despedimos para "dormir". Quería abrazarlo tan fuerte...


Ni modo, a la cama. Emilio estaba respirando muy mal, inquieto, pedía teta muy seguido. Se sentía mal. Yo sin dormir. El papá igual.


Nos dieron las seis de la mañana. Le dije a mi marido y concluimos en decirle al pediatra. Y él nos mandó a urgencias.


Eso hicimos.


Mi marido todavía no sabe cómo no chocó en el camino, yo no recuerdo el trayecto muy bien. Mi cabeza se aclara hasta que entré a Urgencias de Médica Sur con mi hijo en brazos.


Me recibió la encargada de los seguros y un grupo de enfermeras. Siempre son conmigo las mejores, en todos los lugares a donde he ido. Le doy gracias a Dios por ponerme a buenas personas en mi camino.


Entonces llegó el pediatra, un joven treintañero (creo) de mata larga y acento norteño. Me cae bien en cuanto me saluda. Me recuerda a mi mejor amigo de la carrera, creo que eso me tranquiliza un poco.


Le explico que mi marido es positivo Covid y que justo en la noche Emi empezó a ponerse mal aunque ya llevaba días medio chillón y con algo de mucosidad en el pañal, como si fuera diarrea.


El doctor me dice que es casi un hecho que Emi y yo también seamos positivos, pero que no debería de asustarme ya que a los niños pequeños les da como una gripe fuerte, que sí hay que atender de forma correcta pero que no causa mayores complicaciones.


Mi bebé llorando en un mesa de urgencias. Para mí eso ya era terrible. 


Seguía el doctor. Emi traía la garganta roja e inflamada, la respiración agitada además de mocos. Todo eso, según el especialista, nos daba un diagnóstico de faringitis viral por Covid.


Por la prueba, me dijo, no deberíamos preocuparnos ya que el tratamiento entre Covid 19 y otros virus es el mismo; además que, por cómo estaba su garganta, no era muy recomendable tallarla.


Paracetamol y Flumil. Cinco días. Medir oxígeno y cuidar su respiración. Lo mismo para mí.


Listo.


Aún no recuerdo mucho de cómo salimos de ahí, ni cómo llegamos a la casa. Estaba todavía muy afectada por las últimas horas. 


Lo cierto es que nosotros tuvimos los medios para correr y atendernos así de fácil y rápido. ¿Qué pasa con las familias que no tienen esas facilidades? 


Es ahí cuando entiendo tanto fallecimiento y sufrimiento. Ya no hay camas en los hospitales del IMSS o ISSSTE, aquellos particulares son demasiado caros o difíciles de pagar para algunos. Más los tratamientos y medicinas que, en muchos casos, son caros.


¿En qué horrible realidad estamos?


Cuando estuvimos en casa, lo único que pude hacer fue apapachar a mi Emilio, darle sus medicinas y cuidarlo, tanto a él como a mi marido. Aunque hablando de este último, fue complicado.


Mientras que nosotros sabíamos que no hacía falta el aislamiento de cada uno de nosotros (dicho por el doctor), los demás insistían en que sí. Entiendo su nervio pero no venía mucho al caso.


Verán: mi esposo estaba contagiado así como mi hijo, a quien le doy pecho, en consecuencia yo sería la siguiente enferma ya sea por mi pareja o por el bebé. Me suena muy lógico, ¿no?


En tanto, nosotros teníamos los nervios de punta porque no sabíamos a quién acudir: los médicos de Carso no se comunicaban con Ernesto, yo no le podía decir a mi madre porque podría ocasionarle una crisis nerviosa, y así de pronto no podíamos salir a buscar a un especialista. Además todavía no tenía los resultados de mi prueba, por ende solo era sospechosa.


Carla, mi amiga, me dijo que buscara a su bestie, Chokis, anestesióloga que había tenido dos negativos pero con síntomas de Covid. Cuando lo hice, me contó su experiencia y que apenas iba terminando su cuarentena, me recomendó a su neumóloga Jessica.


Se nos acabó el domingo. Para el lunes ya tenía mis resultados: negativos.


¿¡Qué!? 


Claro, fuí sin síntomas. Significa que el primer infectado fue mi marido. Y yo seguiré siendo un misterio de la historia…


Bueno, no. Es muy probable que el virus ni haya incubado aún cuando fuí a mi prueba pero ya lo traía. Además tengo entendido que es muy común que estos exámenes fallen incluso con síntomas evidentes. En fin...


"La prueba no importa, tienes Covid. ¿Qué síntomas has tenido?". Fue muy clara la neumóloga en su primer acercamiento y tras una breve explicación vía WhatsApp (¡oooh querida tecnología!).


Lo siguiente fue acordar una cita para el día siguiente, martes, y mientras cuidar nuestra oxigenación, presión, temperatura y ritmo cardíaco. Con todo y tabla de excel por si las fallas.


Y en medio de toda esta turbulencia, entre jaloneos, opiniones externas e incertidumbre, hubo alguien que agradeció el hecho de que los tres estuviéramos enfermos. Nunca he visto tan contento a Emilio por tener a sus dos papás durmiendo en la misma cama, con él en medio para apapacharlo claro.


De cierto modo el que fuéramos tres contra el mundo me hizo sentir menos abandonada a mi suerte. Claro, también las tareas del hogar se comparten, pero al menos podía abrazar a mi marido -sin miedo aunque con resignación- una vez más.


Además, el saberte enferma y que lo sepan los demás te crea una nube de "pestilencia" en tu entorno. Nadie te quiere demasiado cerca pero no pueden estar lejos. Es horrible la sensación.


Esa noche volví a llorar en silencio en mi almohada. Tenía miedo de que se complicaran las cosas, Emi solo tenía cinco meses y ya había pasado por tanto. Asimismo, las cosas con mi suegro seguían delicadas ahora por toxicidad metabólica (o eso decían los médicos en sus reportes).


El martes en videollamada, la doctora nos explicó que un gran porcentaje de las pruebas de Covid fallan o dan falsos negativos ("¿entonces para qué sirven?", preguntó mi neurótica interna), por lo que TODOS debemos poner atención a los síntomas que podamos tener.


¿Entienden el riesgo que suponen aquellos falsos negativos que andan felices de la vida en la calle, a pesar de los síntomas? ¿O qué tal los asintomáticos?


Mi marido explicó su dolor de piernas y espalda, mocos, sudor excesivo, ardor de garganta, malestar generalizado e irritabilidad. Yo presentaba dolor de garganta, cuerpo, cabeza, tos y sensación de calor (by so far).


Nuestra doctora muy tranquila nos dice que en efecto, es Covid y que se viene lo bueno. Y es que resulta que mi marido y yo estábamos justo en los días pico de la enfermedad (entre el 9 y 14), por ende los síntomas serían más fuertes.

 

También nos explicó que el cuadro inicia como una tos ligera que así como llega se va, y que hasta después vienen los síntomas más fuertes. (Claro… ahora todo tiene sentido).


De receta paracetamol (tan sabios en el IMSS y nosotros despreciando su joya medicinal…) para ambos, algunos spray, otras medicinas para quitar molestias particulares, y listo.


"No salgan, aíslense, utilicen cubrebocas si salen y cuídense". Es todo. Mientras que se mantengan los niveles de oxigenación bien (<91) no hay de qué alarmarse. También teníamos que cuidar si hay temperatura, pero pues es un signo normal de cualquier virus.


Para Emilio nos recomendó una neumóloga pediatra que nos atendió al pequeño solo una vez ese mismo día. No cambió mucho la cosa, solo dos medicinas más y ya.


Ahí quedó todo. Con mi confirmación de Covid por síntomas.


Juro que tenía la intención de decirle a mi madre de mi contagio. Pese a que no era fácil por los nervios y angustia que el tema 

implica, sí quería no mentirle a mi mamá. Son tiempos delicados para ser ingratos.


Pero no se pudo. 


El miércoles me contó mi hermano que la madrina de mi mamá había fallecido la noche anterior, al parecer de causas naturales. También Arturo, el mejor y único amigo constante de Óscar, murió durante la madrugada de -al parecer- un cuadro de Covid mal cuidado.


"¿Cómo es que se lo iba a decir?.. Mejor ahí luego".


No les voy a contar que fue fácil porque sería una gran mentira. Fue doloroso en diversos tiempos, es sentirse enfermo de gripe pero una totalmente desconocida. Para tu cuerpo es extraño, sabe que está enfermo pero no sabe de qué ni sabe cómo actuar, mucho menos defenderse.


Te haces humilde y vulnerable a la vez. Así lo entiende tu cuerpo y empieza a conocer al enemigo de cerca para que no vuelva a pasar (o tan fuerte la próxima ocasión).


Además te sientes irritable, parece que todo te enoja o te hace llorar -a veces, las dos al mismo tiempo-. El dolor de cuerpo viene acompañado de un cansancio terrible, el menor esfuerzo te agota. La comida es insípida, te sientes vencida anímicamente, y perdida, mucho, ya que no sabes qué esperar: si irte al hospital de una vez o quedarte en tu casa con el miedo latente de complicarse tu caso.


Es desgastante. El virus observa y busca tus puntos débiles, ahí escarba hasta que tú ya no puedas más. Y luego se va.


Conforme pasan los días los síntomas son diferentes y van en mayor o menor grado. Por ejemplo, cuando se me quitó la molestia en la garganta empecé a sudar a lo bárbaro por la noche, y cuando terminé de sudar, perdí el olfato. 


Desde niña pensaba cuál era el sentido que menos me dolería perder. Pensaba, curiosamente, que el olfato ya que no era tan indispensable en mi vida. ¡Ja!


Me quiebra el corazón no poder oler a mi bebé, su cuellito, sus pies o todo él después del baño. 


Me perdí el aroma de la primer flor de mi gardenia, las primeras popos de Emi ya con papilla (eso aún no sé si agradecerlo o no), las primeras lluvias de junio, el olor de mi marido.

 

Pero eso no es lo peor...


Ya teníamos el tratamiento y empezábamos a entender todo. Fue la tarde del 3 de junio, estaba terminando de cambiar a Emi sobre la cama cuando escuché el grito desesperado de mi marido desde el estudio, algo desgarrador que espero no volver a escuchar jamás:


"¡Mi papá se murió!"


Unas horas antes habían llamado a casa de las tías de mi marido para pedir urgentemente la identificación, acta de nacimiento y carnet del señor. Lo cierto es que pensé de todo, pero del lado optimista ya que había tenido pequeños avances: la infección fue vencida, la toxicidad disminuyó, se controló la presión y la neumonía cedió, incluso el porcentaje de oxígeno dado por máquina era menor.


No me lo esperaba.


Mi marido me enseñó su celular, un mensaje de su tía -quien quedó de responsable y llevó los papeles solicitados- diciendo que lamentablemente don Ernesto no aguantó, su vida fue apagada por un paro cardiorespiratorio.


Fueron tres semanas y media de lucha que dio mi suegro en el hospital.


Su hijo se desmoronaba en un sillón mal acomodado dentro del estudio. Lloraba como niño, aunque eso finalmente era: un niño que perdió a su héroe.


No sé si debo escribirlo o no, pero es terriblemente penosa una muerte así. Espero ser sensible al tema: los enfermos fallecen lejos de sus familias, alejados de ellos por días, sin escuchar sus voces de apoyo o el calor de sus manos, solos; mientras que los de afuera no pueden despedirse o verlos, asegurarse que se hizo todo lo posible (no dudo de la capacidad de nuestros valientes doctores, pero el dolor de duelo hace que se piensen ese tipo de cosas), tan impotentes. Por mucho que se analice la situación, es de las peores pérdidas que hay y no se la deseo a nadie.


Te hace sentir perdido e indefenso, con las manos perdidas y solo, muy solo. 


Así estaba mi marido en ese momento, en ese ácido que te corroe y no hay forma de huir. Casi se me desmaya de la impresión. Yo hubiera estado igual o peor.


Es un dolor que no te deja. No nos ha dejado desde entonces.


No hay día que no lo recordemos, era quien le cantaba Cielito Lindo a mi hijo, el que platicaba conmigo cuando estaba en su casa, nos apoyaba cuando necesitábamos ayuda, abrazaba y consolaba a mi marido cuando se perdía. 


Un ser humano de naturaleza generosa, preocupón, de carácter serio pero de sonrisa sincera, hombre de familia y que luchaba por su unión, de esos que lloran solos y alejados, que les cuesta abrirse pero que es cálido cuando lo hace. Hacía chistes bobos y simplones para alegrar a todos, e incendiaba edificios sí era necesario.


Lo conocí poco, pero lo suficiente para dejar un gran hueco. Tanto a mí como a mi hijo que se ha quedado sin abuelo, uno que es tan necesario e importante para cualquier infante.


Todavía nos duele, seguiremos llorando hasta que se haga chiquita la herida. Seguiré abrazando a mi marido cuando lo requiera, todo el tiempo.


De entonces han pasado varios días. Los tres ya estamos dados de alta aunque con algunos daños: Ernesto trae una neuropatía derivada de una opresión por desviación de discos cervicales, Emi sigue de repente chipil pero al menos descubrimos que es alérgico a la proteína de la leche de vaca por los que se mantiene en tratamiento constante, y yo pues estoy a dieta de lácteos y sus derivados, aún sigo un poco cansada y no percibo aromas del todo… aún no puedo oler a mi hijo (o a su popó).


He aprendido que sería muy fácil ser indolente y salir a la calle sin protección. Claro, no lo hago porque pese a mi poca inmunidad puedo contagiar a alguien. No quiero hacerle eso a alguien. Por favor, no lo sean ustedes.


Respecto a la confirmación: hace unos días (pasando nuestro día 21) decidimos hacernos pruebas: mi marido la PCR y todos la de anticuerpos. 


Para mi marido y yo todo normal. Pobre de mi Emi, fue su primera sacada de sangre. No, no tuve corazón (ni ovarios) para verlo, fue su papá el fuerte. Cuando salió, mi bebé era todo lágrimas y sudor; como pude lo consolé.


"¡Fuck! Un bebé, mi bebé, no debería pasar por esto". Y ahí van de nuevo, mis lágrimas al suelo del hospital. Tan pequeño él y ya ha tenido que pasar por tanto… me he llegado a sentir la peor madre del mundo. Tal vez lo sea.


Emi y yo tuvimos el virus y -ahora- anticuerpos. Está confirmado. Doy gracias a Dios por tenernos aquí, con vida, sin más complicaciones. Los tres hemos salido adelante.


Mi marido todavía salió positivo en la prueba, faltarán unos días más para repetirla y consiga su negativo necesario para regresar a trabajar.


Estúpido Covid.


Se trata de un virus que te toma de la parte más frágil, de tus debilidades, ahí se encaja. Es horrible y, sí, es mortal.


Hemos perdido padres, madres, amigos, conocidos, cercanos y no tan queridos. Se hace esto cada vez más denso.


Por eso da tanta tristeza ver a cantidad de personas en la calle sin protección, sin respetar su distancia, llamando a la desobediencia por no creer en el virus. Si supieran qué triste es aceptar la muerte de un familiar del cual no pudieron despedirse o abrazarlo por última vez, ni siquiera un "te quiero" de lejos. Nada.


Aún no estamos recuperados, y nos falta mucho por saber de la enfermedad. Nos sentimos cansados, a veces demasiado.


Pero tenemos que seguir. Vamos a extrañar mucho a mi suegro, cómo le cantaba a mi hijo y consolaba a mi esposo quien, a un mes después de su muerte, le sigue llorando diario.


Sé que esto terminará, del cuando no estoy segura. Pero tengo que agradecer a Dios y a mis doctores por salvar a mi familia.


Solo me queda rogar porque no haya más pérdidas. Por favor.



viernes, 3 de julio de 2020

Mis días, últimamente (Primera Parte)

¿Les cuento una historia de terror? Es larga, les puedo adelantar. 


Todo empezó en diciembre de 2019, el 26 para ser más exactos, era mi última revisión ginecológica antes de irme a mi cesárea.


Debo decirles que nunca tuve problemas con el embarazo, fue tranquilo, sin riesgos ni alarmas más que una gotita de sangre en el último trimestre. That's all.


De ahí mi desagradable sorpresa al escuchar a mi doctor decir que tenía poco líquido y que tal vez tendría que adelantar mi cesárea programada para el 7 de enero. Aunque mi bebé ya estaba a término, me daba miedo que algo saliera mal. Ese miedo lo compartía mi esposo.


Solo me mandaron descanso y cita para el sábado siguiente (era un jueves, según recuerdo). Mi madre y hermano se subieron atrás del coche, yo -como siempre- de copiloto y mi marido al volante. 


Sobre Tlalpan, íbamos platicando sobre qué hacer. Estábamos nervioso y tensos porque además nos faltaban un montón de cosas por terminar en la casa. De repente, un idiota con auto se amarra sin razón en pleno carril de alta.


"¿¡Qué mierdas estaba pensando?! Pues nada, seguramente". Ahí vamos a chocar cinco coches en carambola, nosotros en medio.


Entre los gritos, mi marido alcanzó a girar el volante para que yo no resintiera tanto el impacto frontal. Del trasero pues ni cómo salvarnos.


El saldo: mi madre con la rodilla quemada y sangrada, Óscar y Ernesto contracturado… ¿Y yo? Con un severo susto.


Ajá. Susto. Mi bebé no se movía.


No, no se movía. Para nada. Creo que él se asustó más que yo por todo lo que pasaba, es decir, no entendía qué pasaba. El problema fue el miedo que su inactividad provocó.


Todos preocupados por mí. Voces preguntando que cómo estaba, que si el bebé, que no me moviera… Sin querer perder la cabeza tuve que calmar a todos, incluida yo misma. 


Muchos minutos después llegó la ambulancia. El rescatista me aseguró que no había pasado nada, y me dió un pase para un ultrasonido. Y ya.


Mi bebé, sin moverse. Aún.


¿Saben lo que es la histeria pasiva? No encuentro otro término mejor para describir lo que sentía. Porque por un lado no podía ni llorar de la preocupación porque asustaría a todos -incluida mi madre- y por el otro sientes que se te parte el mundo en pedazos. 


Ni modo, aguántese. Aunque por ahí hay un pequeño movimiento que me hace tirar una lágrima...


Fuimos a un hospital para otro ultrasonido. Ahí, la ginecóloga que me atendió aferrada con que me hicieran una cesárea de emergencia por la falta de líquido. Mi doctor, cuando se enteró de todo, que se pone a discutir con la médica del lugar vía teléfono (MI celular). La cosa más desgastante.


"Señores, estoy asustada. ¿Pueden ayudarme?".


En medio sonograma *pas*, una patada… *pas* otra patada… Respiré en automático y salió el llanto más reconfortante del día.


De camino a la casa, mi madre con hambre y asustada empezó a discutir sobre la cesárea. Dije que lo iba a pensar. Y ella seguía, y seguía, y seguía… hasta que me colmó la paciencia. De nuevo, mis lágrimas.


Pasa que había un problema con el seguro: necesitábamos una carta para que los gastos estuvieran autorizados, y dicho documento no estaba listo todavía. En teoría debería estarlo para esos días pero aún no llegaba. 


¡Estúpidos papeles, estúpido choque!


Comimos. La familia de mi marido regresó de Morelos donde vacacionan, entonces los teníamos en el departamento con nosotros. Tratamos todos de alivianar el asunto y ya. 


"Voy a pensar qué hago"... A todos les dije sobre la cesárea de emergencia. Si de por sí me sentía angustiada por la programada, imaginen por una de prisa y con su presión encima.


Esa noche no pude dormir bien. Emilio aún no se movía mucho, casi nada; mi marido traía los nervios de punta además de un complejo de culpa asqueroso por el choque. Yo pues solo podía rezar para poder pasar por todo.


Al día siguiente, sin mucho pensarlo y sacando mi lado de valiente mexicana dije: "ingüe su madre, pues mañana que nazca Emilio Noé". Al sentimiento se unió su papá y tuvimos que sumar a mi ginecólogo que, tras medio reflexionarlo, aceptó.


Luego, algo mágico ocurrió: llegó la bendita carta. Ahora, todos contentos. La cita era en Médica Sur y luego de pelear con la aseguradora todo quedó listo para que mi ingreso fuera a las 8-9 de la noche del sábado 28. 


Nervios. Muchos. Éramos mis nervios, mi panza y yo buscando ropa interior de maternidad y lactancia en Suburbia el viernes a las 9 de la noche. Emilio medio se movía, más bien dejaba su cuerpo caer cuando se cansaba de andar de vago.


El sábado está medio borroso y muy breve. Solo recuerdo bien que todos (TODOS) llegamos al hospital y yo, en seguida, a la sala de preparación. 


Siete piquetes para canalizar una vena, muchos estudios, algo de presión alta, lágrimas cortadas y vas al quirófano. The Beatles de fondo.


Entre mi miedo, sin sentir mis piernas, sueño inmenso e inconsciencia, Emilio Noé nació casi a las 10 de la noche. Escuché su pequeño y frágil lloriqueo y se me hizo chiquito el corazón.


"Mira, sí tenía poco líquido"... Obvio, ni para dejarse molestar por los comentarios médicos. 


Luego de todo eso: ¡auch! Odio la analgesia, me la dejaron casi dos días. Obvio la 'bajadera' de líquidos cuando te levantas por primera vez es una cosa tipo Carrie (la película setentera, claro), me quedé sin pantuflas debido a ello. Ni les cuento el dolor de la cesárea.


Eso sí, debo decir que el dolor de la cesárea comparado con el de la operación por hernia esogástrica es casi la mitad. Según mi madre eso es relativo, y solo se debe a la emoción de mi hijo. Yo creo que el cuerpo es más sabio y condescendiente, sabe perfectamente todo, incluyendo la parte de ser paciente con la nueva mamá, por ello los movimientos internos suaves post embarazo.


Iba todo bien hasta el check out. Debo explicarme: unas semanas antes fuimos al hospital para ver sus tarifas, y la de promociones nos ofreció un paquete de $25 mil pesos por todo (menos honorarios del equipo médico). Se nos hizo la quinta maravilla y dijimos "de ahí somos".


"Pues dice mi mamá que siempre no". Ah, resulta que nuestro consumo había sido libre y que la cuenta ascendía a los $70 mil pesos.


#PosMeInfarto


No les contaré cómo mi marido casi (bueno no, sí lo hizo) pidió la cabeza de la señorita de promociones, o el drama que protagonizó en Admisión. No. 


"Total, ya para qué", diría JuanGa. La verdad es que estaba tan cansada que lo único que quería era salir de ahí con mi bebé, acurrucarme con él y mi marido y dormir algunas horas.


Solo diré que mi suegro y mi cuñada consiguieron un arreglo con el personal del lugar y quedaron en que se cubrieran los $25 mil de la promoción. (Creo que lo hicieron básicamente para calmar al iracundo de mi marido y a los otros quejosos que ya se iban acumulando).


¡Hecho! Mil gracias a mi suegro y a su plástico mágico. Pasamos por cuatro firmas en controles, mi bebé, sus papeles y para la casa (aunque antes mi cuñada tuvo que pedir dinero porque se nos olvidó sacar para el estacionamiento).


Sniff. Y suspiro.


De ahí, para adelante todo ha sido error y ensayo. ¡Cómo sufrí con la lactancia!


No, no es tan hermosa como dicen. El inicio es terrible. El pequeño no puede acomodarse, tú no sabes cómo, se estresan y lloran los dos, se te hinchan los senos hasta doler, y se te sale la leche a la menor provocación.


A eso hay que sumarle las hormonas, el dolor de la cirugía, el ver que tu recuperación es más lenta de lo que quisieras, tus piernas súper hinchadas y te duelen, los residuos de la analgesia, que no puedes hacer nada (por tiempos y por tu estado físico), el bebé llorando cada tres horas -si bien te va- y las noches sin dormir.


Y tomemos en cuenta que esto viene acompañado de opiniones. Decenas de opiniones que nadie pidió pero que todos dan, y que además se enojan si no las tomas en consideración. 


"Como si fuera contrato…".


No señores. No romanticen la maternidad, al menos sus inicios. Es ruda y difícil, desgarradora a momentos, es todo un trabajo. Y no solo dura 40 días.


Mientras tanto, en el mundo va creciendo una enfermedad que al parecer no cede ante los medicamentos conocidos. Y es de fácil contagio. Es de la familia de los coronavirus, llamados así por su estructura similar a la de una corona.


Llega a México, aunque no se sabe con qué letalidad. De lo único que podemos estar seguros que está aquí para quedarse una buena temporada.


En otra parte de esta historia está la de mi cuñada y su pequeño de diez años. Este último ha pasado tres veces en un mes por el doctor debido a infección en la garganta.


Otro pediatra le dice que no, que algo pasa con sus anginas y adenoides, las cuales, resulta, están tremendamente inflamadas.


Y ahí va el pobre niño a la mesa del cirujano. Todo termina con un montón de helado y apapachos para que se recupere rápido. Parece una operación rutinaria sin problema alguno.


Hasta que llega patología...


Linfoma de Hodking. Un nombre elegante para el cáncer de ganglios y linfomas.


Devastadora noticia que nos llega de la madre en medio de lágrimas. No es para menos, su pequeño enfrenta un monstruo de esos que te quitan el aliento. 


Nunca hay que subestimar a los niños. Este, por ejemplo, sabía que algo pasaba desde los primeros análisis. Qué tanta desgracia sentiría al saber que tenía la razón. 


"Fuuuuuuuck…", exclamó la princesa. Ningún niño debería preguntar si se va a morir. Él lo hizo luego de anunciarle el veredicto médico.


"¿Cómo contestas eso sin que el corazón se te haga cachitos?"


Todo pasó muy rápido. Papeles, trabas, trámites, más trabas… En el sector salud todo se complica, es muy alta la demanda y poco el espacio. 


Mientras tanto, con el corazón hecho cachitos tuvimos que recibir la confirmación de la enfermedad más "el remedio": seis quimioterapias.


Pfff, ¿para un niño, tanto? Chale.


Chale.


Chale.


Respira, pues, y anda. La primera fue programada pronto. Demasiado pronto. A dos semanas y media de la operación. Bueno.


Fue todo el día estar en el hospital. El pequeño, de diez años de edad y con trastorno de déficit de atención, pasó todo el día canalizado, comiendo cosas frías y devolviendo el estómago. Si para un adulto es un martirio no puedo pensar cómo lo padeció el niño.


Ya por la noche regresaron a su casa. Volvió a vomitar, dos veces más. Claro, un poco de dolor de cabeza y de estómago.


Pasaron tres días más. Altas y bajas. 


La mañana del cuarto día nos despertó una llamada telefónica: el niño estaba de vuelta en el hospital, convulsionó por la noche. La mamá atendió la emergencia mientras llegaban los abuelos; en tanto, los vecinos le ayudaron a bajar al pequeño desde el cuarto piso donde viven.


Todavía en el hospital el infante sufrió tres convulsiones más. Todo parecía indicar que era una inflamación en el cerebro por lo que era necesario entubarlo y llevarlo al área de Cuidados Intensivos.


Y nosotros, todos, iniciando el primer pico de la pandemia. Con el corazón roto pero sin abrazos. Sin poder salir pero acompañando en la distancia.


Mi marido como león enjaulado. Es su niño, no lo culpo. Sientes lo más frágil del corazón sangrar. Es un niño, solo un inocente niño.


Los abuelos, desde el primer momento, apoyando. Que si la medicina, que si las caretas, que si los cubrebocas, que si la comida, que si las perritas de Toño, que si los papeles… Yendo y viniendo al hospital para ayudar en lo que se necesitaba.


El alma y corazón estaban ahí hechos abuelitos. Era para su "papi chulo". Todavía a nosotros nos vinieron a ver dos veces para dejarnos cosas ya que no podíamos ni asomar la nariz, Emilio apenas y llegaba a la mitad del cuarto mes. Un riesgo terrible.


Chale. A echarle ganas. Hay una promesa de Dios que me hace confiar ciegamente en que todo saldrá bien.


Entre jalones, idas y venidas, muchas revisiones, cartas leídas al pequeño, y mucha fé, al cuarto día desconectaron y despertaron a Toño. Una buena noticia, ¡por fin! Nos hacía falta a estas alturas del año. Fue la toxicidad extrema de la quimio la responsable, al parecer 


Las convulsiones no hicieron mucho daño al cerebro que aún se mostraba inflamado. Pero Toño ya hacía bromas, se chamaqueaba al abuelito y tío, y pedía a gritos algo de comida.


Obvio. Era pura dieta blanda hasta entonces.


No les voy a decir que afuera ya estábamos en semáforo rojo por Covid (hemos tenido tantos picos que ya perdió el chiste llamarlo así), pero la situación era muy densa. Muchas personas sin cubrebocas, otras sin usarlo correctamente, las que aparte llamaban a no creer en el contagio; eso más la actitud relajada de las autoridades que no ponían el ejemplo.


Chingao. ¡Qué coraje da ver que se hace un llamado a la prevención y a medio mundo le vale dos pesos! Sabíamos el riesgo que corríamos al salir a la calle, por eso optamos por quedarnos en casa ya que las circunstancias (¡gracias a Dios!) así nos lo permitían. Emilio hizo tres cuarentenas (y van corriendo).


Fue cuando dieron de alta al pequeñín y a su mamá. Todos se fueron a la casa de los abuelos (¡claro, no se iban a arriesgar de nuevo!). Entonces mi cuñada se dió un tiempo para descansar anímicamente.


Pensábamos que todo iría bien...


Con lo único con lo que no contábamos fue con una tos que atacó a ambos abuelos. Fueron con un médico que les dijo que todo estaba bien, que no se preocuparan y que con su receta era suficiente.


"Qué triste viéndolo en retrospectiva".


La abuelita salió bien, aunque muy adolorida y cansada. Fue el abuelo el que no mejoraba al paso de los días.


Mi marido pidió a su papá ir con el médico, uno particular, pero no quiso. Hay personas muy echadas para adelante que no les gustan los doctores ni clínicas. No lo culpó, a mí tampoco me gustan.


Fue hasta que tuvo problemas para respirar, y con el ruego de su esposa y hermanos, que el señor accedió a ir al hospital.


Fueron, y el señor quedó hospitalizado en una clínica del IMSS (luego que le negaron la atención en un hospital particular, cabe destacar). Mi suegra casi corre la misma suerte, pero gracias a su mejoría y atención temprana pudo regresar a casa.


Sin embargo, el fantasma se hizo presente: posible Covid. 


Mi suegro, quién le cantaba Cielito lindo a mi hijo, iba con diabetes y 68 años de edad. Teníamos miedo. Mucho.


Mi esposo se derrumbó. Lógico. Su papá estaba en un hospital sin contacto con el exterior más que las llamadas "diarias" de los doctores. No podíamos saber de él, escucharlo o que él nos escuchara. Una pesadilla que no se la deseo a nadie.


Diana y Toño regresaron a su casa por medida de seguridad: con todo lo que había pasado, el peque era inmunodeprimido.


Fueron horas de angustia sin saber qué pasaba. Mi suegra era posible Covid.


Mi marido, que ya trepaba por las paredes, pensó en ir a limpiar la casa de sus papás. Ello porque en el IMSS decían que su papá no era derechohabiente (¿cómo si hasta pensionado estaba?), entonces necesitaban los papeles para arreglar el asunto.


"¿Qué más puedo hacer?", me dijo. Asentí la cabeza, se me hizo nudo el estómago y suspiré en agrio.


Fueron cuatro cambios de ropa (de pies a cabeza), tres cubrebocas, una careta, gorras, múltiples pares de guantes. Todo para evitar cualquier riesgo. Así se fue mi marido a limpiar. 


Mientras tanto, Carso, la empresa donde trabajaba el ahora pensionado suegro mío, se enteró de la situación y abrió sus prestaciones para la familia. Primero, la pareja del ex trabajador. De todo ello se encargó Diana.


Pasaban los días y la situación de Don Ernesto empeoraba: un cuadro de ansiedad hizo que se cayeran los niveles de oxígeno y hasta entubado ya lo andaban dejando. Él, obvio, no lo permitió.


La calma vino poco después, gracias al paciente en sí y a unas cartas que le mandamos su familia a través de un camillero (si estás leyendo esto, camillero del HGZ 2, ¡gracias por hacerlo posible!).


Tras la friega de la limpieza, mi marido empezó con un fuerte dolor de ciática. Ambos tuvimos un poco de ardor en la garganta y ya. Inicialmente todo era así, poco, casi inexistente...


Hasta la prueba de mi suegra: detectado Covid. 


Sí, claro… Sientes una espina de miedo, pero estaba confiada por la protección de mi marido, además solo estuvo una vez y sin contacto cercano. Fuera de eso, no teníamos síntomas (incluso los expertos descartaron inicialmente un contagio), so no había de qué preocuparnos.


Pero la prevención es primero. Al menos a unas siete personas nos mandaron a hacer la prueba cuyos resultados conoceríamos dos días más tarde.


El lugar, por afuera, bonito. Una hacienda en Tlalpan. Por dentro… a medio construir. Doctores en batas, todos cubiertos hasta las orejas, googles, sin poder escuchar bien por las capas de cubrebocas que traen. Me caen bien. Y me dan miedo.


Mi madre es doctora, y no puedo imaginar que la manden a hacer pruebas a posibles Covid. Eso abraza un poco mi corazón: mi mamá está a salvo sin salir de casa (más o menos).


Son dos pruebas con largos hisopos, una en la nariz y otra en la garganta. Las dos duelen, molestan. Todo el día (un jueves) traje tos por su culpa. 


Mi marido seguía adolorido, mucho. Alterado, lo doble: no podía consolar a su mamá, no podía ver ni ayudar a su papá, su sobrino aún corría riesgo porque faltan quimioterapias. Un manojito de nervios, no era para menos. Lo entiendo y me duele.


Luego, supimos que ni Toño ni Diana eran positivos (¡gracias a Dios!). 


"Ni salgan ni respiren en la ventana, nada".


No les quiero decir el alivio que sentimos por, muy breve, tiempo: aún no teníamos buenas noticias de mi suegro. Para ese momento, don Ernesto ya había sido entubado debido a una infección. Pero al menos la oxigenación iba para arriba lentamente.


Mis días, largos y cansados.


”Qué acabe ya esta pesadilla, por favor".


Y el destino se rió. Fuerte.


Diana me marcó el sábado poco antes de las 12 AM. Yo, madre de un hiperactivo y demandante bebé de cinco meses, estaba a punto de dormir. Desde un par de días atrás, Emi había estado muy sensible y chillón, tenía que cuidarle su sueño.


Pero Diana insistía en hablar conmigo. 


"¿No puedes esperar a mañana?" Pues no. Salí del cuarto con dudas y miedo: seguro era una muy mala noticia.


"Te llamo para avisarte que ya tengo los resultados de Ernesto: salió positivo".


… 


No. No es real. No es cierto. Dime que es parte de mi cansancio, que están equivocados los resultados, que son de otro Ernesto. Por favor.


Por favor.


La siguiente parte aquí.