jueves, 28 de diciembre de 2017

Gracias infinitas

Gracias, de verdad muchas gracias por este año que acaba. Más por la parte de que acaba.

Gracias a todos aquellos que hicieron este 2017 inolvidable. Y no me malinterpreten, pero es que incluso de los años nefastos, como éste, se tienen que sacar cosas buenas (para documentar el optimismo, vaya).

Gracias a aquellas personas que se quedaron. Que me demostraron que vale la pena seguir y que no me dejaron cometer una idiotez de la que me podría arrepentir después. Por limpiar mis lágrimas, hacerme reír y abrazarme cuando –incluso- decía que no lo necesitaba.

Por decir las palabras adecuadas o necesarias (aunque no muy placenteras). Simplemente por no dejar que mi mundo desapareciera.

Gracias a las que se fueron, porque me demostraron la fortaleza que tenía sobre mi soledad. Por mostrarme que podía subsistir incluso sin ustedes, ya que ese panorama no existía para mí (hasta que, por supuesto, ocurrió). Por pedir exilio voluntario, abrir la puerta y retirarse; yo nunca se los hubiera pedido –lo puedo jurar- pero ustedes tomaron esa decisión la cual respeto totalmente.

Eso me recordó que aún podía quedarme en ceros, pasar noches llorando, sentir frío y no tener a nadie en quién resguardarme. Ya había olvidado el sentimiento de vulnerabilidad que implicaba, y de la humildad que se necesita para reconocer que no se está bien pero que tampoco se está por morir. Y que algo se debe aprender de todo ello.

También muchas gracias a las personas que me desilusionaron. Una vez más fueron mi talón de Aquiles, desde aquellas que no supieron cómo consolarme pero sí cómo alejarme, hasta las que se dijeron mis amigos para solo darme un golpe por la espalda. A todas ellas, gracias. Porque me hicieron fuerte, me quitaron lo iluso e idealista; me demostraron que no por ser buena persona, te regresarán lo mismo.

Pero sobre todo, porque me subrayaron que por cada mala persona, existe una buena con la que realmente pueda contar para mis desgracias y mis fortunas.

Gracias por romperme el corazón. Me recordaron que todavía tenía uno, que es frágil –como un niño pequeño- y que tiende a endurecerse si no se cuida lo suficiente. En esta ocasión sentí que mi depresión me mataba, que no tenía ningún caso seguir con mis proyectos, que valía la pena apagar mi luz.

Muchos errores en mi forma de pensar. Pero por eso se llama depresión, ¿no? Te deja ver solo en la obscuridad, y lo demás es parte de tu confusión. Pero mientras, mi corazón seguía latiendo y tratando de ser más fuerte que mi cabeza. Y lo lograron, finalmente.

Sin duda fue un año en que se me juntó -y torció- todo. Muchas cosas que me había negado ver, y que solo les había dado la espalda como si realmente fueran inofensivas. Ese fue un gran error: creer de más.

Aprendí. Y no, no regresaré el pago con la misma moneda. No (me) vale la pena, en ningún sentido. Solo es aprender a medir cariños, a identificar a “mis dedos de las manos”.

Porque también tengo que agradecer a todas esas personas nuevas o que no había visto, y que me tuvieron fe. Que me hicieron feliz un rato y me defendieron. Que meten las manos por mí (y que, ahora, pueden dar por seguro que yo lo haré por ellos). Gracias por aguantarme, por ser quién son y no irse como otros lo hicieron.

Si bien ahora no soy la persona alegre y brincando que fui hace años, al menos siento paz, una que me costó mucho conseguir. Ahora solo falta darle vuelo a todo, asimilar, e ir por lo que me falta.

No soy una víctima ni una mártir de las circunstancias. Solo soy una mujer más en este mundo que tuvo un año terrible, pero que ya puede darse el lujo de reírse de él.

Gracias vida, Dios y 2017 por ser duros, no demasiado para matarme pero sí para dejarme aprender. Por dejarme vivir.

“Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wings and learn to fly
All your life
You were only waiting for this moment to arise”



domingo, 17 de diciembre de 2017

Respira, anda... ¡Vuela!

Es irónico (y, a veces, cómico involuntariamente) cómo vivimos. Nos complicamos tanto la cabeza con ideas, conceptos, sentimientos, todos ellos fútiles.

Es diciembre ya, y parece que el huracán (el mío, en todo caso) se ha ido calmando y ahora solo es una tormenta o depresión tropical que va de salida. No con eso digo que todo está resuelto, porque falta mucho para que eso se consiga totalmente.

Pero ya me siento menos atada a la depresión que casi me mata en estos últimos meses. No dejaré de llorar -¡ja! Como si fuera así de fácil-, pero sí estoy segura que ya no romperé a la menor provocación.

Es muy provocativo y aliciente este sentimiento de poder salir del túnel. Es casi sensual. Así como llega, así lo quiero y necesito abrazar porque es mi barca de madera que me sostiene en este vendaval.

Ha sido uno de los años más difíciles que me ha tocado vivir en estos 31 de existencia. Perdí mucho, personas y cosas tremendamente valiosas de mi vida, y sin las cuales, no creí poder vivir. Pero heme aquí, en plan de reparación pero aquí sigo.

Y lo digo con humildad (aunque no lo pareciera), porque sé que aprendí, a golpes pero lo hice. Me falta mucho por seguir, pero agradezco a Dios y a la vida que hoy siga de pie, sangrando pero de pie.

Son muchas las heridas ahora, y las cicatrices ni se diga. Pero las valoro y beso cada vez que puedo. Me han enseñado tanto. Y falta mucho por aprender.

Para serle sincera, mi querido lector, me siento terriblemente débil, cansada, un poco impotente, y poco confiada en mis capacidades (mucho en la de ser una mujer atractiva, por nombrar una). Lo cual desde el principio ya es deprimente. Sin embargo, sé que es solo un paso más que necesito pasar para darme cuenta que no todo fue tan malo.

Aprenderse a perdonar como mantra de todos los días, para que podamos ser mejores y disfrutar nuestras vidas. Todos los días.

Y en medio de todos estos sentimientos extraños y abundantes, hay uno que me complace disfrutar: Paz. Total y egoísta paz interna. No sé cómo demonios lo logré, pero lo hice. De alguna u otra forma, pero estoy en ese camino misterioso de Dios.

Creo que dejé caer una carga que me hacía muy pesada, pero ya que lo conseguí me siento estúpidamente bien. Tranquila. Creo que di en el blanco, en lo que realmente necesitaba y me aferraba a no ver detenidamente.

Me encanta.

Pero casi muero en el intento. Y me siento como si hubiera corrido un maratón, así de cansada.

Falta mucho camino por andar. No puedo darme el lujo de detenerme. Pero si de abrazar cada minuto que tengo por vida, y más de los que ya disfruté.

Bienvenida sea la agonía. Bienvenida sea la recuperación de sí mismo. Bienvenido sea todo lo que venga. Y lo digo con los hombros agachados y una sonrisa en el rostro, porque esto no se acaba hasta que se baje el telón.

Y la función, apenas comenzará. 

“Oh, that’s life
Left dripping down the walls
Of a dream that cannot breathe
In this harsh reality
Mass confusion spoon fed to the blind
Serves now to define our cold society”