Gracias, de verdad muchas gracias por este año que acaba.
Más por la parte de que acaba.
Gracias a todos aquellos que hicieron este 2017 inolvidable.
Y no me malinterpreten, pero es que incluso de los años nefastos, como éste, se
tienen que sacar cosas buenas (para documentar el optimismo, vaya).
Gracias a aquellas personas que se quedaron. Que me
demostraron que vale la pena seguir y que no me dejaron cometer una idiotez de
la que me podría arrepentir después. Por limpiar mis lágrimas, hacerme reír y
abrazarme cuando –incluso- decía que no lo necesitaba.
Por decir las palabras adecuadas o necesarias (aunque no muy
placenteras). Simplemente por no dejar que mi mundo desapareciera.
Gracias a las que se fueron, porque me demostraron la
fortaleza que tenía sobre mi soledad. Por mostrarme que podía subsistir incluso
sin ustedes, ya que ese panorama no existía para mí (hasta que, por supuesto,
ocurrió). Por pedir exilio voluntario, abrir la puerta y retirarse; yo nunca se
los hubiera pedido –lo puedo jurar- pero ustedes tomaron esa decisión la cual
respeto totalmente.
Eso me recordó que aún podía quedarme en ceros, pasar noches
llorando, sentir frío y no tener a nadie en quién resguardarme. Ya había
olvidado el sentimiento de vulnerabilidad que implicaba, y de la humildad que
se necesita para reconocer que no se está bien pero que tampoco se está por
morir. Y que algo se debe aprender de todo ello.
También muchas gracias a las personas que me desilusionaron.
Una vez más fueron mi talón de Aquiles, desde aquellas que no supieron cómo
consolarme pero sí cómo alejarme, hasta las que se dijeron mis amigos para solo
darme un golpe por la espalda. A todas ellas, gracias. Porque me hicieron
fuerte, me quitaron lo iluso e idealista; me demostraron que no por ser buena
persona, te regresarán lo mismo.
Pero sobre todo, porque me subrayaron que por cada mala
persona, existe una buena con la que realmente pueda contar para mis desgracias
y mis fortunas.
Gracias por romperme el corazón. Me recordaron que todavía
tenía uno, que es frágil –como un niño pequeño- y que tiende a endurecerse si
no se cuida lo suficiente. En esta ocasión sentí que mi depresión me mataba,
que no tenía ningún caso seguir con mis proyectos, que valía la pena apagar mi
luz.
Muchos errores en mi forma de pensar. Pero por eso se llama
depresión, ¿no? Te deja ver solo en la obscuridad, y lo demás es parte de tu
confusión. Pero mientras, mi corazón seguía latiendo y tratando de ser más
fuerte que mi cabeza. Y lo lograron, finalmente.
Sin duda fue un año en que se me juntó -y torció- todo. Muchas cosas
que me había negado ver, y que solo les había dado la espalda como si realmente
fueran inofensivas. Ese fue un gran error: creer de más.
Aprendí. Y no, no regresaré el pago con la misma moneda. No
(me) vale la pena, en ningún sentido. Solo es aprender a medir cariños, a identificar
a “mis dedos de las manos”.
Porque también tengo que agradecer a todas esas personas
nuevas o que no había visto, y que me tuvieron fe. Que me hicieron feliz un
rato y me defendieron. Que meten las manos por mí (y que, ahora, pueden dar por
seguro que yo lo haré por ellos). Gracias por aguantarme, por ser quién son y
no irse como otros lo hicieron.
Si bien ahora no soy la persona alegre y brincando que fui
hace años, al menos siento paz, una que me costó mucho conseguir. Ahora solo
falta darle vuelo a todo, asimilar, e ir por lo que me falta.
No soy una víctima ni una mártir de las circunstancias. Solo
soy una mujer más en este mundo que tuvo un año terrible, pero que ya puede
darse el lujo de reírse de él.
Gracias vida, Dios y 2017 por ser duros, no demasiado para
matarme pero sí para dejarme aprender. Por dejarme vivir.
“Blackbird
singing in the dead of night
Take these
broken wings and learn to fly
All your
life
You were
only waiting for this moment to arise”