miércoles, 28 de diciembre de 2011

Antes de que se me acabe el año....

Bueno, otro que se nos va… Enterito, esos 365 días andantes se nos fueron –de nuevo- como agua entre las manos. Pero creo que han sido gratificantes las lecciones que nos dejo.

 
Al inicio (y sin empleo) empezaba a andar de nuevo ante los rieles de algo establecido: los medios. Primero con el señor Julián Andrade que me dio oportunidad de entrar y rehacer lo mucho que se rompió a lo largo de los últimos meses de mi pasado trabajo. Ahí conocí a personas que me han dejado tanto, y que les tengo gran aprecio por esa calidad humana que siempre me mostraron.

Además, me enseñaron otra parte del periodismo, ese que se hace sin gritos, descalificaciones, manotazos y berrinches. Ese periodismo donde deja la víscera sólo sobre las notas, y no sobre los peldaños de la estriba laboral. Se trata de Deyanira Morán, Jorge Santa Cruz, Irving Pineda, Nayelli González, Jaime Morales, Ulises Basañez, Rosalinda Olvera, Sergio Bañuelos, José Núñez, Leyda Martínez, Paulina Tavares, María Acosta… y otras tantas personas, que aunque olvido sus nombres, están en mi memoria.

Luego, de regreso al desempleo, y con ello, de nuevo a la escuela. Los idiomas no es lo mío –siendo mmmuuuuyyyy honesta- pero encontré una forma más para poder terminar (por fin) mi licenciatura. Y heme aquí, sólo al Ceneval de distancia para iniciar mis trámites de titulación.

Y aunque no sea de lo más amigable regresar a las aulas dos años después de “egresar”, si lo es cuando te das la oportunidad de disfrutar de nuevo esa vida universitaria. Llena de café, desvelos, libros y discusiones. Otra vuelta a una hoja ya vivida, pero siempre extrañada (menos las tareas, obviamente).

De ahí, se quedan como siempre mis hermanos de la carrera y –espero- de toda la vida. No más, no menos que Carla Cisneros, Mochis Conde (por algunos conocidos como Jorge), Ernesto Ordoñez, Erika Días (aunque se le conoce como otra Valhaus), Liz Aguilera, Silvia Díaz, Ixchel Ruiz, Adriana Miranda, Benito (y sus alias –aún muchos sin nombrar-) y Sergio de la Rosa. Además de la gente que es importante en mi vida, alias Guadalupe Díaz, Janis Ortuzar y Silvia Esnaurrizar.

Después, de regreso a los medios… Esta vez, termine en un periódico, el cual me ha dado lecciones desde la base del periodismo. Y aunque no concuerde con muchas de sus líneas, siempre ha sido grato saber que voy en buen camino. No me queda más que agradecer a Beatriz Fregoso, el prof. Sergio, Arturo Pérez, Elisa González, y toda la banda linda de Grupo Imagen Multimedia.

Sé que me resta mucho por andar, aún quedan días de este 2011, así que hay que andar. Este año fue de absoluto conocimiento y resarcimiento interno… Muchas cosas fuertes que pasaron en casa, pero que hoy me dejan más libre y con menos ataduras. Cada vez voy descubriendo más a esa niña perdida en el desierto, y recuperando lo que un día enterré bajo miles de capas protectoras.

Por eso, tengo que agradecer a toda la familia Nieto. Por aguantarme, y mostrarme que a pesar de los altibajos, ahí están.

Hay muchas personas más a las cuales hay que reconocerles su paciencia y datos culturales; pero si las recuerdo a todas, creo que esto nunca se acabaría, y la verdad es que no quiero hacer un texto que acabe de leer el próximo año nuevo. Sólo me queda recibir las nuevas experiencias que vienen, y con ellas, todas las personas que se quieran agregar a mi lista.

Gracias a todos, y nos seguiremos viendo, no sólo en 2012, sino más adelante.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Dejando mi capa de superman...

Sé que a mis 25 años no es fácil dejar una máscara o un rol que llevaba toda mi vida con él. Es complejo abandonar esa realidad que pensabas tan tuya, pero a la vez, tan injustamente ajustada a tu piel, como lo es tu propio aroma y naturaleza humana.

Esa capa, ese logo en el pecho, esa fortaleza que te hacía derivar los mayores y majestuosos obstáculos en tu vida, es más conflictivo arrancársela, que despedirse de la propia naturaleza que a todos identifica. Eso porque siempre fue parte de tu personalidad e instinto de supervivencia.

Sin embargo, es algo necesario para cuando te tienes que calificar –más con una terca perseverante y obstinada como su servidora-. No es fácil lucha contra el ego propio y decirte que no eres más de lo que ves: un ser humano con defectos y virtudes, algunas de las cuales aún desconoces porque te falta trecho por recorrer.

No es magia, no es un simple espectáculo que a las personas normales les guste apreciar. Pero sí creo que es algo necesario para el alma humana adolorida por tantas decepciones y frustraciones que se ha cargado a lo largo de su existencia (en mi caso, la mía).

Ese cargo de exigencia constante, de alta demanda ante mis actos, referencias, complejos, trabajos… de todo eso se trata. No es tan sólo un proceso de “un paso a la vez”, más bien radica en partes olvidadas de mi infancia, y que hasta ahora no sé porque guste de colgármelo a tan corta edad.

Debo de dejar de culparme por todo, buscarle soluciones a mi vida –y a las ajenas, sobretodo-, dejar de preguntarme el por qué de la simplicidad humana, sus actos y resoluciones. En este caso, sólo dejar (y dejarme) ser por esencia. Tal vez en realidad, es que espero demasiado de todo, de las personas, de las actitudes, incluso de la fe.

Son muchos los papeles que he cumplido en mi vida, pero el problema radica en que en todo suelo ser exigente. Peor cuando se trata de una condición propia, y empeora aún más, si se trata de errores. De esos que son perdonables pero que no suelo encontrarles respuesta que me satisfaga.

Sí, soy toda complicación, lo sé. Además, estoy loca como el 99.9 de las mujeres de este mundo (agregándole lo bipolar, histérica, neurótica, workaholic, temperamental, y sentimental). So, se tardará mucho en despegarme esta capa roja que me colgué al ver unas lágrimas ajenas, ante un problema externo de una realidad que no me pertenecía.

Eso me pasa sólo a mí, al quererme convertir en salvadora, en extremo cuidadosa, y en una peligrosa amante de las causas perdidas.

Debo dejar de ser tan cruel conmigo, más si son situaciones ajenas a mis pasos. No puedo ocuparme de esas personas tan queridas, por mucho que las aprecie y quiera. Esa parte de aprensión que me lastima, al no poder controlar cosas ajenas a mis manos. O peor, que no me incumben.

Renuncio a mi plan de superman, o de superniña en su caso… No es simplemente por mi pérdida de fe a la humanidad, sino radica en un problema de salud propia. No puedo, más bien, no tolero esta realidad que me hace responsable de roles que no me corresponden. Debo de abandonar esos patrones que hasta hoy me identificaban, y reencontrar a esa niña en el desierto.

A esa niña que se dejo derivar en un punto del Sahara, y que ahora no sabe para dónde ir, ni qué hacer, ni qué pensar. Me veo sentada en posición de flor de loto, pensando intrínsecamente en mi realidad, en mi camino, en mi futuro –y todo lo que esto conlleva-.

C’est finí… Se acabo el cuento de nunca acabar, donde la princesa se convirtió en una heroína con exigencias sobrehumanas, que no cabían en la potencia de una menor de edad, que al final de cuentas respondía con retos a su soledad, a la cual, hoy enfrenta ante lágrimas y berrinches, al saber que no todo responde a una razón, y que el mundo sólo es así por serlo. Sin más, ni más… Sólo respirando.

viernes, 9 de diciembre de 2011

En actos de magia, para desaparecer...

Definitivamente hay cosas que se rompen, más si se dejan a la intemperie, solas, en la clandestinidad, o simplemente varadas.

Puedo decir que aunque tengo muchas grietas, aún sigo guardando la esperanza en la humanidad, la cual ocupa el lugar de la fe que le tenía, porque bueno… Sí, la he perdido.

La gente como tal no se da cuenta de las cosas simples, de las cosas bellas que se nos ofrecen día a día, y que hacen nuestros momentos especiales. Desde esos clásicos errores que aunque piensas no volverán a ocurrir, vuelves a incurrir en ellos; o esperar a que llegue un nuevo día, el cual aún no estaba planeado o destinado para algo más, que simplemente vivir.

Nos enfrentamos a nuestra realidad de vida, de saber que respiramos, y que lo hacemos a pesar de que miles o millones de personas dejan de vivir a cada segundo alrededor del mundo. Seguimos andando, algunos como autómatas, y otros con el paisaje como distractor.

En realidad, me siguen doliendo muchas actitudes, decadencias, faltas de humildad, incluso de consciencia; pero prefiero ese mismo dolor, a saberme indolente, hipócrita y falsa en mi concepción de persona.

Prefiero seguirme enamorando de esa persona totalmente inadecuada, pero sé que al menos puedo sentir aún ese rush que llena el espíritu de todos y cada uno de nosotros. Prefiero bailar –sola o acompañada- y cantar, a amargarme el andar diario de mi cotidianidad.

Mejor, prefiero sonreírme ante mis errores, aprenderles y seguir adelante. Prefiero ser cursi, romántica, tonta, olvidadiza, encapsulada, terca, testaruda, apasionada… Todo eso, lo prefiero, antes de dejarlo en el pasado y convertirme en ese “uno más”.

Mi esencia, no volverá a ser la misma que ayer, pero prometo que será mejor.

Sí, me volviste a herir (¿y la novedad?), pero sé que fue la última. No, última como he dicho algunas tantas veces atrás. No. Es porque en verdad ya me dejaste en ceros, ya no tengo nada que ofrecer a nadie, y por lo tanto, ya no tengo otra cosa que puedas lastimar en mí.

Me canse de dar, dar, dar y dar… Sólo para después recibir nada, o un gracias y no regreso. No, ya no. Es clase primera de supervivencia: no dejarte en la nada.

Alguien me dijo que tiendo a dar “señales” equívocas de entrada, y que sumado a que a los ex les gusta pensar que pasa “algo” aún con las ex, provocó todo este escenario. En primera, no, nunca fueron esas señales las que te di. Eso porque siempre quise ser una buena amiga tuya, nada más. Y después de rompernos, quise mantener esa amistad. Lo siento por ti, porque no lo superaste.

En realidad no es que no entienda mis ademanes mal interpretados, pero pues, así soy y así me asumo. Ya, si me vuelvo a equivocar, pues ni modo. No tengo por qué agobiarme. Si he de encontrar a la persona correcta, lo tendré que hacer, y si no, será bello ver el camino.

En cuanto a que les gusta preservar la idea de que hay algo más en nuestra “amistad post”, pues no, tampoco. ¿Creías en serio que todo era borrón y cuenta nueva?, ¿después de todo lo que paso? (No bueno con tu novatada...)

Paso, y sin ver.

Me seguiré equivocando, lo sé. Seguiré pidiendo disculpas por lastimar, me queda claro. Volveré a caerme mil y un veces más, está más que establecido. Pero no será contigo, y créeme que me sé levantar, y sin ti.

Una noche más que paso sin ti. Y, ¿sabes? Sigo riendo, coqueteando, amando, queriendo, y siendo la misma que fui aquellos días, en los cuales ninguno de los dos sabía en dónde pararíamos. Y sí, fuiste la luz de mi andar, pero te volviste aquella obscuridad de la cual quiero huir.

Me despido… bueno no, más bien desaparezco de ti y de esos recuerdos que hoy borro de mi récord.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mis otoños...

En realidad, no es que tenga el corazón roto… En realidad es sólo que el frío adelantado del otoño corrupto por el adelantado invierno me ha pegado en la cara, regresándome a la realidad, a mi realidad.

Más bien, podría decir que sí tengo el corazón roto, pero no es por una cuestión de enamorados, más bien es por mi falta de fe en la humanidad, sí, la perdí totalmente.

Vamos, no necesariamente necesitas que un hombre te rompa tus esperanzas. Más bien ando en esa cuesta, donde nadie espera nada de nadie, incluso de ti misma.

Además de que bueno, me estoy aún reparando, reconociendo las partes más sensibles de mi persona. Esas piezas que almacené en algún lugar, vuelven a recuperar su espacio. Me siento aún más niña, y más fuerte cada vez.

Pero esa fortaleza tiene sus francos débiles. Y es que aún hay muchos parches que remover, y cambiar por lindos trazos que llenarán el espacio.

Puedo decir que me faltan muchas cosas, pero ahora sólo reduciré mi existencia a mí, y a los que quieran estar. La verdad es que esté no es un buen momento para iniciar algo más serio, sólo tengo tiempo para mis cosas y necesidades.

Tengo que reformarme, reencontrarme… repararme.

No es cuestión sencilla, ni tampoco soy tan frágil como algunos aseguran que soy. Más bien, ahora no soy yo en mi totalidad. Sólo hay una parte de mí aquí.

Me gusta esa parte, es como cuando las hojas, en otoño, caen al suelo, despojando a los árboles de su belleza y fortaleza. Pasarán el invierno viéndose solos, abandonados, tristes… Pero seguro, la próxima temporada primaveral, volverán a recubrirse, está vez mejor, y más completo que la anterior.

Eso es… Sólo estoy renovándome, una vez más…

jueves, 29 de septiembre de 2011

Sin explicaciones, bienvenido cuarto de siglo.

Después de 25 años hay mucho que contar, pero bueno, sólo esos años bastarían para que ustedes se enteraran.

Son lecciones, cuentos, lágrimas, abrazos, risas, sentimientos… todo eso unido en una mezcla más o menos homogénea. Hoy me determino como soy (aja…)

Pero al final de cuentas, llevo adentro todo un crucigrama de enigmas que aún muchos no logró descubrir.

Me descubro melómana, escritora, poeta chafa, adicta a las tardes frías acompañada. Me declaró indecisa, fuera de control con hambre de devorar todo el conocimiento que se me atraviese frente.

No soy más de lo que conocen, pero tampoco soy menos de lo que esperan.

Soy la vaga ilusión, si me ven aquí no estoy. Soy un paradigma sin resolver, y que siempre que trato de esclarecerlo, me regresa al mismo punto donde inicié.

Soy esa palabra que fue escuchada pero no comprendida. Soy la recopilación de mi magia, en mezcla de aromas: vainilla, lirio, lima y coco.

Me consideró una parte de algo, la cual aún no encontrado a su todo.

Extrañamente, siento que he vivido mucho, he llorado demasiado, he envejecido rápido, y me he roto débilmente. Y no, aún no es tiempo de que esto se detenga, no es tiempo de que esto deje de usarse como tiempo.

Aún estamos aquí.

Gracias a todos aquellos que han venido acompañándome desde un día, hasta 24 años con 11 meses y 29 días.

Gracias a esas risas, hombros mojados por mis lágrimas, por esos berrinches y ‘entripados’ que he provocado. Simplemente por estar ahí.

A lo largo de mis 25 años sólo he aprendido fielmente una cosa: todo esto puede cambiar.

Lo lindo, es que ustedes siguen estando aquí, conmigo, en mi mundo. Eso es lo valioso. Y permítanme invitarlos otros cinco minutos extendidos a todo el tiempo que quieran. Esta es la casa que la loca abrió, y que no piensa cerrar por el momento.

Los quiero, y gracias.

martes, 27 de septiembre de 2011

En memoria…

Lo recuerdo al fondo de esa habitación con mucha luz, entre esas pilas de periódicos viejos y olvidados, con su tasa sobre el escritorio.

También mis ojos lo veían en esa mecedora, con otro “El Universal” en las manos, sus lentes anchos sobre sus ojos, y su chaleco guardándolo de los cambios de temperatura que ya lo hacían frágil.

Aquel hombre que me enseñó a leer los titulares, aquel anciano que me enseñó que el bolillo español es el mejor, cuyo aroma aún no puedo separar de mi nariz, y me alegra cada vez que paso por una panadería de la Roma. Ese señor que me enseñó el significado de “estar bien vivilla”, más cuando caminas en los corredores del Centro Histórico.

Supongo que tu infancia no fue fácil. Tu nacimiento lleno de lagunas de conocimiento, es uno más de los enigmas que guardabas en tus memorias. Tu familia sólo eran tus dos hermanos y tu abuela, a ninguno de los tres conocimos por fotos, o mucho menos por su descendencia. Sé que aprendiste el significado del lenguaje en las calles, en esas calles de la Ciudad de México, de esa ciudad que apenas nacía frente a tus ojos.

Comerciante de primera, médico por consejería, y amigo por convicción.
Me enseñaste que todo se puede, con un “¡aaah cómo chingaos no!”, o con la aún perdurable “no vengo a ver si puedo, ¡sino por qué puedo vengo!”. Ese clásico café hirviendo, el cual tú me enseñaste a tomar sin terminar acabándome mis papilas gustativas. Esa “concha” y “oreja”, que gustabas ver cómo devoraba de cena.

Me acuerdo de esos dulces de menta rojos, una paleta de dulce macizo que siempre me dabas apretando las manos sobre el palillo que la sostenía. Esa tierna sonrisa con la cual me veías presumiendo un “ahora, ¿qué vas a hacer mija?”. Esas manos que siempre me guiaron y me enseñaron a tomar con firmeza y fuerza las cosas (desde pequeña se me veía la maña de tirar todo al suelo).

Aún recuerdo esos tangos de Gardel sonando en los cuartos, tus palabras resonando en el fondo. Algo así como un regaño para mis hermanos, que les enseñabas cómo se debía tratar a una dama (“a la mujer, ni todo el amor ni todo el dinero”).

Puedo remembrar que siempre fuiste celoso de tu espacio –cuidado con los visitantes-. Solías correr con frecuencia a mis amigas que me visitaban, peor les iba a los hombres. Esa cara y ceja alzada, aunada a una sonrisa asesina y ojos ‘ajusticiadores”, acompañado todo con un “qué se vayan a su casa, que no anden de chango cilíndrero’. Mi grito, como niña puberta, le seguía.

Obviamente, tus chistes. Siempre fueron sarcásticos e irónicos. Además, de esas personas que te decían un chiste y ni demostraban su gracia (no sabías si eran anécdotas, chistes, recetas de cocina o qué). Esos ojuelos en las mejillas, esos ojos ‘de regalo’, esa panza vibrante… lo mejor de mis tardes.

Lo que más recuerdo son esos recorridos por la plancha del Centro Histórico. Nunca –y ni lo dudo- podré aprenderme como tú todas y cada una de las calles del primer cuadro de la ciudad. Ese sentido de ubicación únicamente tuyo, no, no me lo heredaste (vaya, me pierdo con facilidad); aunque debo de admitir que tu sentido del olfato si lo tengo: llego por el aroma.

Me acuerdo de tus sutiles caricias, pocas pero en realidad con gran significado. Esa risa irónica que faltaba por decir “aaah, ¡qué pendejos!” (perdonen ustedes lectores). Y cuando escuchabas “A ver mija, déjame…”, sabías que ya estaba desesperado, y mejor corrías, porque después venían sus palabras. Esas palabras que si bien no eran gritos, dolían más porque en tácitas letras te dejaba ver que estabas haciendo las cosas mal.

Tus historias de miedo, de box, de ventas, las históricas; esas leyendas de billares, alcohol, mujeres, y lugares ‘mal habidos’. Todos esos recuerdos que guardo con tu voz. Que sin tu voz son nada.

Extraño eso. Esas lecciones de vida que forman a las personas. Esa gran sabiduría de más de 91 años. Esas lecciones que en tu soledad supiste aprender.

Padre de familia: recto, directo, inexperto, imperfecto. Como mercader, de los mejores, hacías comprar sal a los costeños, y hielo a los esquimales. Platicador empedernido, con memoria invaluable. Abuelo de los mejores, que no sólo fue abuelo, sino se convirtió en padre ideológico de mi vida.

El carácter férreo, la terquedad/ perseverancia, el adelantarse tres cuadras en el pensamiento (provocando que nadie entienda lo que diga), el saber ver por encima del hombro, la lealtad incluso en las peores condiciones, el amor por las largas caminatas, la perseverancia por seguir con la familia a pesar de sus imperfecciones y jaladas… Todo eso me lo enseñó él. Hasta el último momento, durante el cual seguíamos caminando en la calle, tu brazo rodeando el mío para que yo te sirviera de bastón.

Incluso cuando te veía delgado, serio, callado, deprimido hasta las lágrimas (las únicas que vi en toda tu vida compartida con la mía), serio y sin poderte mover. Hasta esos momentos me mostraste tu coraje por seguir aferrándote a la vida.

Y hoy, casi a tres años de tu partida, te sigo llorando porque siento que me quitaron ese bastión de conocimientos y fortaleza única. De los hombres que siempre han estado conmigo, leales en todo momento.

Cada vez que hay un café bien caliente y buen pan sobre la mesa, en cada sonsonete de un tango de Gardel, en cada pulque curado, en cada vía que me lleva al metro, en cada sarcasmo, en cada peso que tengo en mi bolsillo, en cada imagen de La Virgen de Guadalupe, en cada dedo negro por la tinta del periódico… en todos esos momentos te recuerdo, y guardo con más cariño en mi memoria.

viernes, 23 de septiembre de 2011

A tiempos viscerales y con un ritmo pensado

No es en realidad que me ahogue, pero la imperiosa necesidad de escribir bajo los ritmos de Bjork posesiona mis neuronas y mente.
 A decir verdad, me doy cuenta de muchas cosas en este momento: de que seguimos siendo incrédulos con la vida (punto para nosotros), de que nos siguen molestando las perversidades de la gente (punto para la casa), y que por muy definidos que estemos, seguimos teniendo cara de estúpidos mientras nos mantenemos en pie de lucha (punto extra, la casa gana).

Si, a pesar de que siga defendiendo a la humanidad, en ciertos puntos ya me es difícil seguir con la defensa.

La humanidad no es más que un conjunto de vísceras, pensamientos y acordes que un buen día decidieron vivir juntos en ‘armonía’ –fuera lo que esto signifique- y en proceso de aprendizaje –signifique lo que esto implique-. Pero al final de los tiempos, las vísceras se dieron cuenta que no se lleva bien con los pensamientos, en primera porque siempre te arman una serie de problemas que jamás intentará resolver (obvio, las neuronas no se ensucian las manos con la sangre del corazón), y el pensamiento se cree tan importante como para andar por ahí escuchando las lágrimas que tiran ese cúmulo de células.

Evidentemente, los acordes, que van más de la mano con los sentimientos, pues deciden dedicarse a lo suyo y tratar de reflejar la realidad a través de tiempos y sonidos.

¿Por qué no nos podemos poner de acuerdo?

¿Es tan difícil establecer una línea de respeto entre cabeza, extremidades y torso… además del cerebro, corazón y piel?

Y fuera de la ridiculez utópica del negro y del blanco representando el bien y el mal, deberíamos de entender que no podemos ser totalmente buenos, ni totalmente malos. Es ridículo pensarlo.

¿Es acaso que pierdo mi fe en la humanidad?

¿Acaso he visto, olido, oído y sentido demasiado?

No me refiero a que ya nada me deje de sorprender, no… espero que jamás me pase eso la verdad. El problema es que sé que sólo hemos visto una parte del todo, y que me da miedo saber que hay más allá del reflejo de tus ojos, de tu sonrisa y de tu bienestar contigo mismo.

Sí, amanecí existencialista. El problema es que me hicieron pensar demasiado en el tiempo perdido, y en las guerras que deje por luchar por la incapacidad de soñar de terceros.

Deje de creer en mí, para creer en los demás. Y sí, me han empezado a desilusionar.

La magia sigue, porque la llevamos todos en la sonrisa y en los buenos deseos. Pero dejemos que el mundo circule, y simplemente, como todo lo circular, dejar que nos lleve el viento, al fin que la rueda no tiene inicio ni final. Y la tangente nos sirve de tres cosas: de nada, para lo mismo, y para hacernos tontos un rato pensando que llegaremos algún día a algún lado.

Nowhere, somewhere…

domingo, 28 de agosto de 2011

Para las féminas...

En vista de lo acontecido los últimos días, meses, años... Escribiré esto dedicado a todas las mujeres que conosco y que tienen alguna relación conmigo, y bueno, también a sus hombres... ya verán por qué.

1.- Si tú eres mi amiga, vientos! Recuerda que aquí se viene manejando el Código ético femenino, el cual no describiré en este lugar, pero si te consideras una "buena chica", seguro no hará falta te lo recuerde.

 
2.- Si eres novia de alguno de mis amigos, recuerda:
 
    a) No quiero nada con tu novio más que una sincera amistad. Debe quedar claro que si ubiésemos (mi amigo y yo) querido alguna relación, ya la hubieramos tenido, incluso mucho tiempo antes de conocerte. El hecho de que tú llegues a su vida, no lo hace más interesante, irresistible o atractivo para mí. La frase de "sólo somos cuates" debe quedarte bien grabada en la cabeza; y esto en pro de tu hígado, porque el mío -supongo- estará dedicado a la degradación etílica. Tampoco esto debe de suponer que yo la haga de su mamá, no... Mis cuates ya están lo suficientemente "grandecitos" para saber lo que hacen, lo más que puedo hacer por tí es darles un mega zape y advertirles el paquetazo que podrían arriesgar.
    b) La verdad es que no me interesan las escenas de celos. En realidad, ni yo soy celosa!!! Así que debemos de descontar que por uno de tus arranques, yo deba sacrificar algo. Sólo se haría esto si es que mi amigo lo considera necesario, y si es así, seguro lo arreglamos.
    c) Para mi, mis amigos son como mis hermanos, por ello NADA podría ser carnal (incluso esta regla muchos me la han recriminado -ok, no tantos y lo aclaro para no sonar presumida o así). El punto es que no pasará nada de nada.
 

3.- Si eres ex novia de mis cuates:

    a) No esperes que te dé un mega abrazo la siguiente ocasión que te vea en la calle, y menos si vengo con el "susodicho" en cuestión. Él sabrá si saludarte, y por ende yo lo haré.
    b) No me meteré en asuntos tipo "habla con él para ver si regresamos", y ese tipo de cosas. Honestamente, me dan mucha flojerita, y ustedes -sólo ustedes- saben sus asuntos, así que a mí ni me metan.
    c) No me vengas con pretextos de que por mi culpa, ustedes tronarón. Mejor consíguete un mejor pretexto, porque yo "ni vela en el entierro".


 
4.- Si eres la novia de uno de mis ex:

    a) No, no voy a regresar con él. Menos mientras está contigo, la verdad de las cosas es que si se ha terminado nuestra relación, no veo como pretexto válido para regresar. No creo en las segundas partes, así que no, no te pondría el cuerno conmigo.
   b) El hecho de que me hablen aún en plan de cuates, es porque nuestra relación acabó en eso: "en plan de cuates", así que porfa no empecemos con malas historias de "ella no te olvida" o shalala. Los dos sabemos que nos llevamos estúpendo y hasta ahí. Incluso, podría llegar el momento en que le dé unos buenos consejos para que te trate mejor, recuerda que yo también lo conosco bien (y por eso no regreso con él... jajajaja)
    c) Soy toda una lindura de mujer -bueno, casi-, pero esto no significa que debas de temer a mi presencia. La verdad es que sí, hubo algo muy lindo en nuestro pasado, pero eso ya no se repetirá. Por lo que no es bueno empezar con las competencias. Incluso, yo respeto mucho su relación actual, así que porfa, no te pongas "loca" si es que me ves platicando con él en algún momento de la vida.



Disculpen si sueno algo directa, sin sentimientos o demasiado franca, pero es que no logró entender cómo por qué la actitud de un par de chicas... Yo si me intereso por alguién, será soltero y no será de mis mejores amigos. Hay que aprender a dividir las cosas...

He dicho!

Una parte de la máscara.

A pesar de que casi toda mi infancia la viví en hospitales y clínicas, aún no puedo soportar ese típico aroma que hay en sus pasillos y que te dan la bienvenida a ese lugar de sanación (por así llamarle). Mucho menos si se trata de asistir a una cita, chequeo general, o -peor aún- internar a un familiar o persona querida.

Tampoco, he logrado recapitular el soundtrack de este tipo de viviencias, pero si de un color pudierá dibujar todos estos momentos, definitivamente sería el sepia.

Aún no puedo determinar cuál es el punto que más me agobia de todo esto, sí el saber que todos los sanatorios tienen las puertas muy grandes, o el hecho de no poder salir corriendo en dichas circunstancias. Me parte el alma hasta las lágrimas, ese justo momento en el cual te hacen entrega de la ropa de las personas que vienes a internar, esa invariable pero fatal despedida en el elevador la cual te llena de dudas, pero nadie te las puede contestar, esas ocasiones donde los ves tendidos en la cama con miles de extensiones de plástico en los brazos, cuándo ponen un yeso en alguna extremidad mientras mantienes tu cara pálida...

Creo que por eso mi renuencia a meterme a la escuela de medicina. ¿Conciben una cirujana que no pare de moquear sobre la plancha, justo antes de la operación?

Aprendí a mantener mi distancia con el alcohol 96, las vendas, los medicamentos, las jeringas, los sueros, las intravenosas, las planchas, el yodo y los focos grandes. Es una mezcla de aromas y colores que provocan que la sangre sea el menor distractor.

El distancirme de una persona querida, para que ésta vaya a la cirujia, y yo a la sala de espera, es lo peor que puedo vivir. Y aún con todo el corazón quebrado, mi alma entristecida y los ojos lagrimeando, no he podido aprender a asimilarlo.

Lo bueno que me queda de todo esto es que he aprendido a colgarme bien mi máscara de Pamela, de indolencia, y de no pasa nada... De poder decir "todo está bien" (a pesar de que las lágrimas corran al interior de mis mejillas).

miércoles, 6 de julio de 2011

El pasado lleva acento en su última sílaba...

De repente, el pasado juega una hermosa treta de miedo con nosotros y nuestra psique...

Hace dos días hablé con un gran amigo de vida (y uno de mis grandes amores -he de confesar-) acerca de cómo me transforme a lo largo de estos últimos cuatro años, y por ende, salieron mis traumas a relucir.

Y uno de los peores, es que ninguno de nosotros esta preparado para soltar a nuestro pasado. Y si bien, se puede explicar diciendo que todo lo referente al pasado puede explicar cómo somos en el presente, eso no implica que sea una limitante para seguir adelante.

Desgraciadamente, estamos acostumbrados siempre a justificarnos bajo una acción, cuyo verbo siempre esta en pasado o pretérito; cosa que, sinceramente, nos ha venido a joder la existencia. Esto porque no soltamos esas heridas que algún día nos dejaron, o nos aferramos a los lindos recuerdos para poder avanzar. Pero no nos damos cuenta que lo valioso o lo mejor siempre vendrá en nuestro presente o futuro cercano, lo que pasó ahí se quedó.

Igual, no creo ser la mejor referencia de este mundo (sino pueden preguntarle a todos mis amigos), pero en realidad solemos enaltecer nuestros viejos amores, nuestros pasados triunfos, incluso la nostalgia que nos produce ese sentimiento del hubiera. Pero, ¿en realidad vale tanto la pena?

Con mi amigo en cuestión, he de destacar que es una de esas personitas que sé que aunque me siga doliendo, y -peor aún- extrañando, sé que no pasará nada. Pero con esa llamada me di cuenta de algo valioso, de algo que no podía ver hasta que él me marco y me dijo ¿qué te pasa?. Lo que pude observar es que puedes tomar el pasado como un referente, pero no como una plataforma o como una tablita de salvación.

Esto porque bueno, nuestro pasado no recuperará lo que hacemos hoy, o más bien, no será suficiente para explicarnos lo que hoy sucede con nosotros. Día a día crecemos, incluso en cuestiones como el amoroso. No podemos quedarnos en la melancolía del momento, o con la nostalgia de "en el pasado todo fue mejor (incluso el pasado en sí mismo)".

Ya no tenemos hubiera, se nos fueron entre las manos sobresaturando su valor y dándole otro que nos angustía y crea culpas.

Y aunque en verdad me gustó escuchar tu voz, y el que me dijera (mi amigo) todo lo que necesitaba escuchar, lo cierto es que me da tristeza aún saber que en parte, aún dependo de ti. Es triste y frustrante, lo sé. Lo rescatable es que sé que aún puedo contar contigo como uno de mis mejores amigos, de esos que aún te marcan cuando sienten que algo no va bien contigo.

Suena muy lindo, romántico, incluso perfecto, pero eso ya no va. No conmigo al menos, porque ya no estás aquí, y sólo me dejas un tipo de esponja (la cual llena un espacio, pero que aún tiene huecos de aire). No puedo subsistir del pasado, porque hoy sigo estando, y el ayer se me acabo.

Puedo ser cursi (como mis amigos aseguran), o puedo ser un poco romántica e idealista, pero en verdad que lucho cada día por dejar esos fantasmas atrás, y tan sólo fijar mi mirada en lo que se me destina actualmente. No es fácil, puesto a que por naturaleza soy nostálgica (vaya, de mis primeros recuerdos es de una tarde lluviosa, yo sola en mi casa escuchando música a los 7 años), pero creo que más bien los golpes de realidad que recibo, ayudan a caer en un referente más novedoso y activo, el cual se mantiene en el ahora.

No es cuestión de armar cuentos ni historias, mucho menos castillos en el aire; sino crecer un poco más, con fuerza y coraje, para que esos "cinco minutos" de felicidad valgan la pena en todo su contexto.

jueves, 5 de mayo de 2011

Una vez más.

Dos veces timbró el teléfono, y a los segundos tu voz me alcanzó.


Y aunque todo es pasado, tenía poco más de un año de no oirte y martirizarme. El problema no fueron los recuerdos o los sentimientos guardados. Más bien -y como siempre- fueron las palabras.


Muchas veces afecta más un "te quiero" y un "te extraño" que mil bofetadas. Esta veces, dos frases que deberían se ayudar el alma, pulverizaron a mi corazón, más que frágil en este momento, he de admitir.


Hace un par de días, renuncie a tratar con criaturas masculinas que sean demasiado complicadas para mí; digo, no es sano para mi. Y justo ahora se te ocurre re-aparecerte en mi vida, tan tranquilo, tan libre de culpas, tan tú.


El punto de tu llamada, como siempre, es saber de mí. Saber si ya te he olvidado, o por qué te he descuidado tanto. Preguntas por mi madre, por mis hermanos, incluso por mis amigos, te muestras celoso de las personas con las cuales salgo, incluso me reprochas que si te he guardado "por fin" en el baúl de los recuerdos. Mi respuesta, como siempre desde hace cuatro años, "es de ahí de donde nunca debiste salir".


Me empiezas a bombardear con preguntas indiscretas, luego cuestionas mi voz distante, el por qué no estoy contigo... Viene tu primer extrañamiento, te contesto con una pregunta evasiva. Luego reinician las preguntas, ahora sobre nuestro mundo, nuestros amigos, nuestras risas...


¿Qué no sabes el daño que me causas?, ¿no imaginas que entre más trato, no puedo librarme de tí? Eres molesto, y lo sabes, y por eso es que me buscas. No sé quién pierde más su tiempo, si tú en marcarme, o yo en iniciar mi carrera de respuestas furiosas y pasionales.


"Tan sólo olvidame", te digo, enseguida quiero colgar y terminar el martirio, pero rematas con un simple "te quiero"... Ahora es silencio, te ríes del otro lado de la línea y del país. Cuestiono tu risa, ahora mi voz está nerviosa y se quiebra. "Tú siempre usando los silencios como una forma más de interpretación", la bocina superior réplica. Te quiero odiar, pero lo único que logras es que te insulte entre risas que llenan mi habitación y mi corazón.


Acto seguido, empiezas a cantar. Al parecer, te sienta bien eso de los idiomas. En francés empiezas a repetir la melodía del fondo, por lo que me asegura estás solo en tu casa. "A duras penas entiendo los números, y tú me empiezas a recitar en francés!", te ríes y me aseguras que el día que te acompañe, me dirás qué significa la canción. El silencio nos invade a los dos, y esta vez sin risa.


Sabemos que jamás pasará. Nuestro pasado ha sido guardado en donde es imposible alcanzarlo. Somos un mal necesario, nos faltamos y nos extrañamos, siempre seremos nuestras respectivas almas gemelas, pero que por malas decisiones nunca podremos estar juntos. Sabemos que es lo mejor, y que a miles de kilómetos, seguiremos juntos para endulzarnos y helarnos el alma, tan sólo, una vez más. Nos amamos y odiamos a distancia, aún no podemos controlarnos. Me queda claro que no te puedo ver, porque cuando lo haga no haré más que correr a tus brazos y dejarme perder en tí, como en muchas ocasiones lo hice.


Pregunto qué hora es ahí, en ese lugar frío. Evitas mi pregunta, como quien se sabe descubierto ante una actividad indebida, esto me dice que es de madrugada. Me es imposible guardarme un "te quiero", en tanto que cae una lágrima. Tú guardas silencio, sé que te he roto y sangras, tanto o más que yo. Reinicias el canto, esta vez, es una melodía conocida. Es aquella que gustabas cantarme al oído, esa canción de cuatro ingleses... Que al final de todo, era mi canción.


No puedo evitarlo, mi piel se eriza por los recuerdos, tu voz de nuevo en mi oído con los mismos acordes. "¿Mi amor, recuerdas esas tardes?, después de que terminabas tu drama, te consolaba con musica". Odio en lo particular éstas memorias, y es porque realmente mi "drama", no era más que la respuesta ante su exceso de egoísmo. También logro recapitular que aunque muy grande fuera mi enojo, no podía salir de tu departamento, por miedo a perderte en ese momento. Tonta, porque en realidad nunca nos pertenecimos del todo.


Suspiro. "Si, lo recuerdo, era horrible...". El hombre que está del lado contrario de la línea contesta "No, no era horrible, me gustaba besarte mientras tocaba tu mejillas llenas de lágrimas". "Ahora entiendo por qué siempre me provocabas el llanto...", resuelvo en forma de llaga. Sigues cantando, seguro te quedaste pensando en la acusación, que por supuesto, te dolió.


Termina la canción. "Nunca fue mi intención hacerte daño, siempre te quise, desde que te conocí", regresas el ataque de la única forma que sabes, aplicando el chantaje emocional, y rematas, "si te lastime tanto, ¿por qué te quedaste todos esos años?".


-"Aún no lo sé, era demasiada mi inocencia, mi lealtad, mi nobleza... mi estúpidez por ti..."


-"Y lo nuestro..."


Los dos lo sabemos, fue demasiada pasión vertida en tantos años. Demasiadas lecciones, así como demasiado amor. También nos conocemos lo bastante, identificamos nuestros "talones de Aquiles".


-"Y lo nuestro", repito.


Nuestra conversación sigue así. Entre mimos, palabras dulces, coqueteos telefónicos, alguna canción, y preguntas sobre nuestro presente. Llegan los 30 minutos, o más, el tiempo siempre ha sido relativo y corto para los dos, con nosotros dos. Me eres tan familiar, y a la vez lejano, que no quiero que cuelgues, no esta vez, quiero que regreses a mi lado, y dejar que el mundo se nos escurra entre los dedos.


-"Mi amor, te dejo, que el salario será sólo para volverte a marcar"


Mi risa provoca la tuya, y con mi humor sarcástico-irónico, te pido que no me mientas más, que ya sé que tiene que dormir, seguro tiene trabajo mañana, y hay que descansar, sino ocurre así, está de malas toda la mañana hasta su primer taza de cafe. Les mando a todos en tu casa un saludo, besos y bendiciones, tú repites la operación, por cortesía...


No lo podemos evitar, y suena idéntico un "te quiero mucho". Después del silencio que provoca la frase que falta ("y te amo"), nos despedimos. Tiro una lágrima silenciosa, y cómo siempre, me pides no llorar, porque no me puedes abrazar.


Cuelgo, y lo único que queda es tu vacio. Seco mis lágrimas, y simplemente sigo, yo sola.. Sin ti.

sábado, 23 de abril de 2011

Otra vez: Yo.

Por quienes tengan dudas.

Pamela Michelle Nieto Rodríguez es una mujer de 24 años de edad, la cual siente que ha vivido de más en estos años. De repente se siente como de unos 32 años, sin arrugas ni colágeno aún disfrazando el paso de dicho tiempo.

Le gusta montar a caballo y correr. Le gusta sentir el viento en su cara, pero que tiene mala suerte con las lluvias, ya que parecen perseguirle a lo largo del todo el verano (y que conste que en México dura casi todo el año).

No le gusta que sean hipócritas, incluso prefiere una verdad amarga que le haga molestia en el estómago, pero que pueda agradecer al fin y al cabo. Prefiere que un día soleado al frío. Aunque siempre tiene las manos congeladas.

Le gusta la magia, lo esotérico y lo misterioso. La otra cara de la moneda. Pero no se olvida de lo duro que es el piso, y que es mejor nunca olvidarse de él, y por ende, de la realidad que sigue presente.

Aprende diariamente, de cualquiera y de cualquier circunstancia, aunque algunas veces se le olvidan las lecciones. Le gusta observar, sentir, respirar... admirar. Le gusta el arte, el teatro y la esencia de las personas que gustan de vivir, tan sólo por el hecho de estar aquí.

Le gustan los perros y los niños, aunque no siempre sepa cómo tratarlos o hacerlos reír.

Sabe que a veces la mejor salida no es siempre la más fácil, pero que de cualquier modo, en cierto momento tendrá que optar por ellas. E incluso, ha llegado a salirse tantas veces por ahí, que empieza a tomarle cariño a las decisiones más complejas.

Es masoquista con grandes sueños, idealista, y amante de las causas pérdidas. Le gusta ayudar, aunque se le este cayendo el mundo encima. Soñadora con la vista hacía el cielo, nunca olvidando dónde puso sus pies.

Neurastenias, víctima de sus hormonas y del juego que éstas deseen jugar. Y aunque se enoja con facilidad, así se le baja. Excepto cuando le tocan el orgullo, esa fibra sensible que hace un defecto inolvidable e intolerante.

Con un montón de defectos: boca de microbusero, con dagas en las palabras cuando quiere hablar duro, y aveces se le olvida ponerle atención a las cosas. Poco detallista y cruel con sus propios defectos. Perfeccionista, obsesiva, terca, dura y silenciosa.

Que cuando la lastiman, prefiere callar, darse la vuelta y retirarse para nunca regresar. Prefiere, guardarse para sí misma sus dolencias, las importantes, ya que son su propia cruz, y con ella debe de morir. Solitaria que aprendió a vivir acompañada.

Pasional, romántica y sexualmente activa. Que no entrega facilmente el corazón, pero que una vez enamorada "ya valió". Una vez enamorada, puede quedarse así por semanas, meses o años. Que puede ser leal, fiel, noble a un hombre, pero una vez roto el compromiso (y el corazón), deja todo de lado para reponerse a sí misma. El corazón de pollo debe seguir tibio, ¿no?

Romántica, pero no cursi. Le gusta más la pasión que la ternura. Le agradan las flores, los tulipanes más que las rosas. Los detalles más que el dinero. Las buenas conversaciones más que lujos. Prefiere a la persona, no la materia que le pueda dar.

Ella llora por las noches, cuando más frío hace, sin que otra persona le consiga escuchar. Orgullosa con las personas, ya que no le gusta que la vean tirar lágrimas. Le gustan los abrazos, sentirse querida, y en ciertos momentos, comprendida.

Pasional con la radio, la música, la información, las tendencias y los significados. Ama la producción, el crear elementos radiofónicos, expresarse a través de sonidos, voces, música, efectos... silencios. Diseñar imagenes sonoras. Y entender la relevancia de los hechos ante una sociedad que se ha hecho estéril al dolor y a la sorpresa.

Tequila, cerveza, vino tinto, whisky... siempre acompañados de una buena plática, amigos, risas, conceptos, y por qué no, hasta una buena botana. A la sombra, con luz, con velas, pero siempre con música, y de preferencia, ad hoc con el momento, y no sólo por cubrir el vacío del fondo.

El baile, lo dramaturgo, la literatura, los sueños, las pláticas, la pintura, la escritura, la música... los desahogos. La forma alternativa de su vida, pero la sal de todos sus segundos. Correr a contraviento, andar en bici, estirarse, romperse, sudar... Ejercicio al fin y al cabo, como parte indispensable desde infante, aunque en tiempos, tendencia olvidada.

Tolerante en conceptos, pero no ante el engaño, la hipocresía, la doble cara, el puñal por la espalda, la mentira, la falta de fe o de confianza... No toquen a las personas que quiere, porque podría resultar una persona desconocida y peligrosa para el resto. No amenaza, promete. Y su máximo compromiso, el juramento.

Perdón, pero con el paso de los años, ha aprendido a confiar más en los hombres. Con ellos sólo corres el riesgo de que te quieran meter bajo sus sábanas. Para las mujeres hay miles de cruces, y le han tocado muchas desagradables. Las pocas amistades femeninas, las conserva por su excelente calidad humana, y seguramente porque llevan algo de masculino en su interior.

Creció con hombres, se crió con hombres, aprendió con hombres... Vaya, no le dan miedo las cosas rudas, y tampoco le teme a rasparse las rodillas o romperse una uña. Pero comprende que por mucho, su fuerza corporal siempre será rebasada por la de ellos, por lo menos así es con ella.

Aprende a la primera, no le gusta rogar, en realidad, es muy mala para eso. Si quieren estar, dice, deberán estar, sino, las puertas están abiertas. Nunca ha querido retener a alguna persona por la fuerza, y tampoco se queda en lugares donde no le quieren. Prefiere llorar con una despedida a terminar llorando por una mala presencia. De eso, ya aprendió lo suficiente.

Es parte, complemento y extracto de todas las personas que le han rodeado a lo largo de estos 24 años de experiencias. Así que, seguramente, tiene algo tuyo, sólo falta averiguar qué parte es.

domingo, 3 de abril de 2011

Suspirando mi estancia.

Muy a tu pesar... aquí sigo. Aunque me quieras ignorar o veas sólo a un ente sentado frente aquí, sigo estando aquí. Respiro, vibro, grito... siento.

Lamento mi permanencia latente, ni siquiera yo consigo zafarme de mí misma, a pesar de los años y de la experiencia. Tal vez creas que es por indolencia, o falta de responsabilidad en mis actos, tal vez te haya roto el corazón con mis palabras. Nunca lo sabré.

También puede ser que me dejaste cuando era aún tierna, de falda y jugaba con muñecas; y quisiste regresar cuando utilizaba pantalones entallados, camisetas de mis hermanos mayores y aprendía a fumar por primera vez. Puede ser que aún ignores muchas cosas sobre mí, más de las que tú piensas, como por ejemplo, mis valores, nivel de ética y compromiso con mis metas.

Incluso te falta conocer mis gustos y prioridades. En el peor de los casos, mis fallas y defectos. Traumas al fin y al cabo.

Pero aquí sigo, y al parecer seguiré sólo poco tiempo. Por decisión mutua, y porque lo mejor es ignorar que pasan las cosas. Me ignoras. Deseas que no me sienta frente a ti, en modo de silencio, pero ahí sigue mi ente.

En cuanto mi ente dice algo, desapareces. Mientras que en cuanto dictas una orden, ahí tengo que estar. Permanecer. Tengo un nudo en mi garganta.

Fue hace mucho en que deje de confiar en ti. ¿Por qué? Pues porque me era más sencillo, después de las desiluciones, desesperanzas, promesas rotas y lejanías. Kilómetros de distancia. Dejaste de estar. De repente regresas. Quieres recuperar lo abandonado. Pero, el tiempo no pasa en vano. La soledad hizo lo suyo: me crió.

Fueron a través de silencios, castigos, malas palabras, un "no llores más", una bofetada tal vez. Sólo para que después regresaras y quisieras de nuevo mi cariño (eso puede explicar mi facilidad de cambios de humor, la hipocresía a mis sentimientos, mi degollado sentido de pertenecía). Perdón, pero no puedo.

Tampoco puedo hacerme responsable de todo lo que hagan los demás. Aún no soy madre, y ese por ende, no es mi hijo. Aún sigo creciendo, aprendiendo y tropezando. No sería un buen ejemplo. Aún mis palabras se convierten en armas, aún sacan sangre.

Y esa sangre hoy me ensucia. Aunque trate de lavarme, no puedo quitarla. Trato de borrar todo eso, y mi memoria sólo lo actualiza. Impotencia.

Supongo que aquí seguiré estando. La duda es el tiempo. Me has desheredado. Lo sé, hay más actos que palabras. Advertida estaba, tampoco era que jamás pasaría, sólo que nunca lo vi llegar. Furia. En fin, creo que será el final. La crianza hizo lo suyo; a mí me educó la soledad, a ti la represión y la falta de coherencia en tus actos y dichos.

Hoy no soy quién debería ser, hoy soy quien tengo y puedo de mí misma. No soy más que una sombra de alguien. No soy más que un sólo desdeño. Soy sólo el paso de alguien, alguien a quién no pudiste ni quisiste conocer. Y para empeorar el panorama, ya he creado mis propios rencores.

Ya no puedo, me rindo. No es que me falten las ganas, es que me falta la promesa. Tu promesa. Pero, ya no la espero. Sería como esperar demasiado, e ilusionarme con algo que no existe. Eso ya lo sé. Por eso, no puedo. Me rindo.

sábado, 12 de marzo de 2011

Crónica de una muerte anunciada...

Bueno, antes de cualquier cosa debo de hacer una aclaración a todos mis queridos lectores. Este blog lo he construido de forma que, para mí, sirve de desahogo de todos mis traumas, tropezones, aprendizajes y alegrías que me ha dado la vida en los últimos tres años. Por ello, debo indicar que este es un tema que me servirá en cierta medida, pues para terminar de sacar todo el estrés que traigo aún, que por cierto, ayer casi provocan que mi desmayo en la oficina del jefe con los ojos llenos de lágrimas.

En cuanto a todos esos "intensos" de las letras que siempre andan en busca de mis errores ortográficos y gramaticales, deberán de entender que aún sigo muy cansada, y es comprensible que no sepa cómo se dejan llevar mis dedos por mis ideas, y sobretodo, traigo la vista cansada de todo lo que me ha tocado ver en estos últimos meses.

Dicho lo anterior, con gusto detallo.

Soy parte de los despidos de la empresa (si es que así se le puede denominar) Radio 13. Y lo digo como si fuera parte de un grupo de superación, en algún centro de rehabilitación (y debo decir que esto es debido a la tensión).

Mi jefe, el señor Julián Andrade, jamas me engaño, siempre me dijo cómo estaban las cosas en la empresa, pero debo decir que toda la gente que me vio llegar, me recibió tan gratamente, que no pude rechazar el trabajar con estas personas que me han dado lecciones importantes en mi historial periodístico y laboral. Sin embargo, y como buena amante de las causas pérdidas pero justas, debo aclarar que apoye a todos mis compañeros en su causa, y de ahí se desprende lo siguiente.

Fuera de una mala administración, o de que la radio AM ya no tiene tanta demanda, debido a la férrea competencia de la Frecuencia Modulada, o porque tienen otros destinos los fondos de la empresa (y quién sabe cuales sean éstos, porque incluso querían cortar el suministro eléctrico desde la semana pasada en la estación), pero creo que los recursos humanos deben de ser la prioridad para cualquier industria, empresa, comercio, etc etc. Sin embargo, vemos con claridad que esto no se aplica con mucha frecuencia.

En Radio 13, conocí personas sumamente profesionales y de alta calidad humana. No cabe duda que saben su negocio, y que por supuesto, a diario, se encargaban de perfeccionarlo, o por lo menos, de sacar más de lo necesario, con un plus que podría enriquecer a la radio mexicana con altos grados de calidad. Pero, a muchos de estos amantes del periodismo se les debían más de 3 meses de sueldo, además de su aguinaldo, e incluso, vacaciones. No, por supuesto que no es justo.

Hace un mes y medio aproximadamente, la información de los reporteros se frenó. Era el primer "hasta aquí" de todo. Primero los brazos caídos de los reporteros, y conociendo sus motivos, seguimos los demás.

Después, la mayoría de los reporteros, gente de la redacción (y me incluyo si me lo permiten), las personitas trabajadoras de la página de internet, y hasta productores nos reunimos para tomar una decisión al respecto. ¿Cómo o qué hacer para dar a entender que esa situación no podía seguir? Esto porque a pesar de sonar absurda la interrogativa, pues parecía más bien como una explicación a un niño que se aferra a decir que no.

Ante dicha decisión, cabe recordar que bueno, estamos en un medio de comunicación que aunque no le paguen, sigue con su escencia. La verdad es que aún desconosco cómo, por qué, dónde, cuándo de la fuga de información. Facebook y Twitter fue la plataforma para hacerle entender a Don Quiñones que esto ya era del dominio público. Obvio, como buen "dueño y jefe", pues se molestó.

Posteriormente, vinieron las pláticas con los representantes legales de la empresa. Quiñones tuvo sus motivos para no asistir, aunque sus socios nos "aseguraron" que estaba al pendiente de la situación y que estaba preocupado por todo. (Evidentemente, después de salir al escrutinio público, ¿a quién no le preocuparía su imagen?... ah! perdón, hablabamos de nuestros pagos, ¿verdad?)

Tal cual regateo en un tianguis domiguero, inició todo. Que si se nos paga todo en una exhibición, que sí en cómodas mensualidades, que la empresa no tenía dinero, que si ninguno de nosotros tenía contrato -en papel-, que sí estábamos "contratados" bajo diversas empresas. Nunca supimos en realidad quién era el responsable de nuestros salarios, y debo de explicar por qué. De acuerdo con la representación jurídica de Radio 13, se tienen empresas diversas bajo las cuales se contrataron a toda la planilla; por ejemplo, yo podría estar contratada bajo Radio SA, pero otro reportero podría estar como Prestadora de Servicios de Radiosa, y así con todos... esos pequeños detalles complicaban todo.

El punto es que de cualquier modo, el pago iba retrasándose cada vez más.

Perdón, pero debo destacar que todos somos personas que mínimo, la carrera, la tenemos. Y por ello, decidimos acudir con un abogado (bueno, fueron dos, pero al final terminamos sólo con uno). Se nos plantearon diversos escenarios, como el de crear un síndicato, demandarlos, ir a la Junta de Conciliación y Arbitraje, o directamente con la Secretaría del Trabajo... Lo único que se concluyó es armar un convenio, en el cual se establecía el pago de lo adeudado, la seguridad de seguir trabajando en la estación, y por supuesto, que se regularizarán nuestros pagos, de forma que estuvieran al corriente con ellos.

Después del regateo, se quedó de la siguiente manera: el adeudo se tendría que pagar en 6 quincenas, aunado al pago de la quincena respectiva, y asegurando nuestra plaza. Esa fue la cabida para el Comunicado o Boletín 2, que algunos habrán visto. Para acordar lo anterior, el licenciado Roberto Sánchez Corral redactó un convenio, el cual venía con muchas lagunas, las cuales en el futuro podrían afectarnos y dar espacio a malas interpretaciones, o dicho más coloquialmente, para joder a los trabajadores.

En está parte, debo hacer un paréntesis. El equipo jurídico nos dejo en claro algo: teníamos que aceptar el acuerdo si queríamos, y para quienes no, pues las puertas estaban "bien abiertas", pero no habría dinero para liquidar, ya que preferían pagar a aquellos que se quedaban laborando.

Regresando, nuestro abogado nos explicó las deficiencias del documento, y nos redactó uno nuevo donde se destacaba la parte de que Don Quiñones se hacía responsable PERSONALMENTE de los pagos, como desde un inicio él mismo aseguró. Además, de que se pedían prestaciones como el IMSS, INFONAVIT y SAR. Evidentemente, ante la muestra del documento final, nos dieron que Don Quiñones no nos podía firmar nada a titulo personal, porque él sólo era otro trabajador de la empresa, y que firmáramos o no SU convenio, pues se nos pagaría como ya se había establecido antes. Pero que con mucho gusto, revisaban nuestras propuestas de forma individual.

Sin embargo, llegaron esa semana las malas y cruentas noticias.

La reunión para que todos los trabajadores entregáramos el documento era el miércoles 9 de marzo a las 5:30 de la tarde. Alma Italia Mendoza, representante de todos los trabajadores e impuesta por Don Quiñones, fue despedida pasadas las 13 horas. Llegaron a la redacción la licenciada Verónica Cruz con un compañero de Recursos Humanos, esperaron a que llegara Alma, y en cuanto arribó, pues... vino lo feo. Después de hacerle saber de su "término de relación laboral", la sacaron de las instalaciones tal cual PF agarra a un criminal. No quiero caer en exageraciones, pero todo el tiempo le estuvieron siguiendo, vigilaban cómo pasaba los archivos a un compañero, le prohibierón el uso de Word para pasar información a otra computadora, la apresuraron, y por si fuera poco, la acompañaron como escolta hasta la puerta. ¿Creen que hubo algo de discreción ante hecho tan penoso?, pues de una vez, descártenlo.

A partir de ese momento, iniciaron los despidos.

"Como es de su conocimiento, la empresa a la que represento en estos momentos está atravesando por una situación financiera muy complicada que no nos permite seguir manteniendo ni cumpliendo con las obligaciones que adquirimos por virtud de los contratos de prestación servicios profesionales que celebramos con diversas personas." Esa fue la explicación.

A muchos no les quisieron pagar totalmente lo adeudado, a otros se les pagó sólo lo justo, pero nadie recibió el finiquito que por ley corresponde. Carolina Rivera, reportera, casi no le permiten reingresar a la estación a despedirse de sus compañeros; a Irving Rojano, reportero, redactor y conductor, además de no pagarle todo lo acordado, se le prohibió la salida de las instalaciones hasta que no pasara a jurídico y firmara su "renuncia"; en tanto que a Ulises Basáñez se le chascarón los dedos para apresurar su salida de las instalaciones.

Por eso, es esta carta, larga, pero creo que vale la pena.

No hay cabida par dar explicación a estos hechos, que bien dejan mucho que desear de la parte administrativa de Radio 13. No se vale un trato así para las personas que han dado mucho de sí, para que siga la máquina dando. Hay personas que están ahí por más de 8 años, y que diario dan lo mejor de su trabajo. No es forma de agradecer. Menos en el periodismo, donde sabemos que de por sí la situación está difícil, el medio es pequeño.

La verdad es que no me interesa si Don Quiñones tiene decenas de autos de colección, desde un BMW hasta un Mazeratti, la verdad es que no. Pero lo único que me gustaría preguntar es ¿dónde quedó la importancia que le da sus trabajadores?, y si no la hay, por lo menos el respeto que nos merecemos cada uno de nosotros. Así no se puede trabajar, no con hambre, no con deudas, no con presiones de un posible despido, no con el estrés de saber que por pedir tu salario devengado te van a despedir, porque ahora sí, se dieron cuenta que la empresa no tiene dinero para pagarle a todos sus trabajadores.

Es hipócrita mencionar que se hace lo mejor por nosotros, porque sí así fuera, desde el inicio no abres una estación, la cual sabes, no podrás sufragar. Se habla derecho. Por eso mi frase de la semana -con todo respeto- fue "ya ni la chingan". Fueron tres días de saber que todo se desmoronaba, ante nuestros ojos. Era la crónica de una muerte anunciada, que sólo dependendía de horas, minutos o sólo momentos. Vi a muchos llorar por la injusticia cometida, y la impotencia de saber que todo esto sucedía, sin que nosotros pudiéramos ayudar en algo.

Ayer, viernes 11 de marzo, el terremoto histórico de 8.9 grados Richter en Japón, no era totalmente cubierto porque no teníamos reporteros, redactores, encargados en página... No se hacía lo nuestro, periodismo, no laborábamos como siempre, pero deberíamos de rendir el doble a falta de personal. Mi gastritis regresó, junto con un bajón de presión que casi me provoca vómito y un desmayo. Las lágrimas se salían de mis ojos de forma inconsciente. Ese era nuestro nivel de estrés. Así se vivió el terremoto de Japón en las instalaciones de Radio 13.

Mi jefe, Julián Andrade, me anunció de su "renuncia", así como la de Jaime Morales, coordinador de Internet; y poco antes me enteraba del despido de Sergio Bañuelos, director del área de Deportes, tras más de 8 años de trabajo radifónico para la empresa. Por mi parte, pensaba renunciar después del programa de Néstor Ojeda, pero antes de que pudiera acabar el teasser del programa, recibí esa llamada la cual la mayoría de mis compañeros recibieron antes.

Es enorme la impotencia que se siente ante este hecho injusto, porque sólo se estaba pidiendo lo que por derecho conviene, es decir, nuestro salario quincenal. Porque creo que de la misma forma estábamos laborando, diario y cabalmente. No debería de existir una respuesta tal. Fueron muchas las decepciones, en primera la de saber que uno de nuestros compañeros nos traicionó, ya que sabía con anterioridad quiénes nos íbamos porque él ayudo en la elaboración de la lista negra, y ni siquiera fue para avisarnos. Otra que algunos conductores nos dieron la espalda, y que pensaron que esta decisión no les afectaría. Esperen a que llegue el lunes, y verán cómo es que les afecta.

Ya los documentos por firmar, ya no importan más de cinco centavos. Ya no tienen validez porque el acto cobarde ya está hecho. Les falto humildad para aceptar que las cosas se les salieron de las manos, les falto carácter para defender a su mano de obra, les falto conocimiento para darse cuenta de lo valioso que es tener a todo el personal y a un medio masivo de comunicación, y sobretodo, les falto tacto humano para tratarnos a todos.

Es injusto que en nuestro país, donde la gente es cálida, bonachona y bien hecha, se den estos casos, donde se maltrata al trabajador, al pensar que seguro llegarán más personas que hagan el mismo trabajo por menos salario. Espero que los valientes que acudan a Radio 13 para pedir trabajo, la piensen, y la piensen bien, porque lo lindo que yo tuve en dos meses de labor, no creo que regrese, no con ese tipo de jefes, que les importa más la imagen social, que el darles de comer a sus trabajadores y a sus familias.

Bien vale la pena ponerse a pensar, si es que vale todo esto, y saber -más bien- si son conscientes de todo lo que han afectado con sus malas decisiones. Porque además de dejar sin sueldo a todos sus trabajadores, ahora no tienen ni empleo. Con esa falta de palabra, queda mucho qué desear de estos directivos.

Pero también me llevo a muchas personas que valen la pena y que les tengo un gran aprecio por todo el apoyo y las enseñanzas que me dieron, ahí va la lista de la gente bonita de Radio 13: Nayelli González, Irving Rojano, Rosalinda Olvera, Ulises Básañez, Paulina Távares, Alma Italia Mendoza, Leyda Martínez, Daniel Cuapio, Sergio Bañuelos, Marí, Erick y Paty-todos de internet-, Deyanira Morán, Paco Cigarroa, Jorge Santacruz; a mis operadores Jan, Ángel, Hugo; Pepé Nuñez, Mónica Licea, Marú de Aragón.

Por supuesto, van mis estimadísimos reporteros: Bogdan Castillo, Carolina Rivera, Marco Antonio Sánchez, César Rodríguez, Rossi Ahuactzin, Vicente Hernández y Agustín Vargas.

A Jaime Morales por su sinceridad y apoyo desde que llegue hasta el final, pocas personas tan francas y derechas se pueden encontrar.

Y por supuesto, a mi súper jefe Julián Andrade, quién admirare porque además de darme entrada, demostró que bajo estas circunstancias, puede ver a la cara a sus trabajadores, como él mismo asegura.

lunes, 7 de febrero de 2011

Viaje en el metro (primera parte)

Son las nueve de la mañana con diez minutos. Taxqueña frente a mí, con algunos cuantos amigos vendedores en su entorno, la música, los olores, los gritos y chiflidos son cosas habituales. Es el comportamiento humano en plena ebullición.

Creo que llegaré con media hora de anticipación, la verdad es que para mi puntualidad es toda una odisea, me siento orgullosa de ello.

La bienvenida formal nos la ofrece la señorita (así dejémoslo por respeto) de la ventanilla. Dos boletos son el intercambio de 6 pesos, el saludo mejor olvidarlo puesto que las diez personas que tienes atrás te podrían invitar un café, encima de ti por supuesto.

Caminas sobre un piso más que riesgoso en temporada de lluvias. Unos corren como si fuera una maratón, otros simplemente se ocupan de su ritmo, cosas, bolsas, incluso zapatos de tacón. Hay una mujer indígena sentada a la mitad del pasillo que conduce a los torniquetes, sólo extiende su mano mientras que en el brazo izquierdo mantiene la cabeza de su hijo recién nacido.

Hoy no tienes monedas que regalar, no en la mitad de la quincena.

Pasas el torniquete con la acostumbrada dificultad, es decir, siempre se atora tu mochila, tus manos, y tu termo. Te ríes en tus adentros, mientras que tratas de guardar el equilibrio, y repites como en cada mañana lo mismo: “pero a mí que me gusta guardar hasta la cocina”.

Sigues. Tu vagón aún no llega, mientras sigues hacía el frente del pasillo. No es que seas paranoica, pero tu abuelo, ese viejo andante de las calles, siempre te dijo que para una mujer es mejor viajar en los extremos del metro, y “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

A tu lado derecho esta esa mujer que seguro trabaja en oficina. Vestida con falda, saco, tacones altos, medias al tono natural, bolso rígido y peinado anti techos bajos. Pegada a su celular parece el mundo írsele de las manos sin que ella pudiera intentar frenarlo.

Luego ves por el rabillo del ojo a un adolescente, parece ser un estereotipo de tribu urbana. Es decir, viste de forma uniformada al resto de los adolescentes. Pantalón de mezclilla desgastada y en tonos obscuros, tennis de plataformas y toscos (debo aclarar que están gastados de tantas huellas que han dejado a su paso), una camiseta negra con una sudadera del mismo tono. Lo que puede identificarlo a tres metros es el peinado a base de una mica de gel, y el cabello hacía arriba, abajo, al frente en el fleco, y de picos en ciertas zonas. Me da curiosidad saber qué es lo que escucha en su reproductor de mp3, porque suena demasiado rítmico, lo ves en su pie tamborilear

Llega tu convoy. Un ruido a timbre, aunque no has tocado nada, te vibra en el oído. Te metes como zarigüeya buscando alimento en el túnel, es decir, buscas tu asiento favorito, será largo tu trayecto.

Te metes en el lugar junto al barandal, o bien, de donde te puedes agarrar cuando frene de golpe el conductor. Frente a ti, se presenta una chica de aspecto intelectual. Pantalón gris de pana, una camisa blanca, con suéter verde olivo, trae lentes y un libro en la mano, parece algo desgastado, bien podrías asegurar que es su favorito.

Ella al parecer ni se inmuta de tu presencia, porque en cuanto se sienta abre el libro y sigue su pasar continúo de letras.

Tú das un sorbo a tu café, hirviendo por cierto que lo has notado en ese momento. Para la próxima lo dejarás enfriar un poco.

Avanzas. Bueno, no tú, el metro sí. Pero al parecer como tus ojos no se separan de la ventana parece que te mueves al ritmo de 45 kilómetros por hora.

Por tu descuido, o tu autismo momentáneo, no te percatas de que se llena tu fila de asientos. No lo haces hasta que alguien te comprime el brazo. Lo dejas pasar tan bien como el que se acurruca a tu lado, y es que en la Ciudad de México estamos hechos para el hacinamiento.

Tu primera estación, General “ca”Anaya. (o también “gAndalla”). Te das cuenta que el mayor flujo de personas no estaban sobre Miramontes, sino en Tlalpan. Suben más de los que te encontraste al inicio del recorrido.

Ahora si es medio de hacinamiento esto.

Continuará…