miércoles, 4 de septiembre de 2013

Así como ellos, yo...

Escribo desde la computadora de mi trabajo, sólo después de sentirme rehén de las circunstancias (políticas-económicas-sociales) de nuestro país.

Tras laaargas semanas, aún nuestros profesores siguen con sus movilizaciones y plantones, los cuales principalmente vuelven locos a los que viven o trabajamos, como su servidora, en el Centro Histórico (ahora Histérico) de nuestra Ciudad de México. El saldo definitivamente no podría ser más positivo a sólo dejarme a la imaginación cuando las calles eran de automovilistas, cafres, peatones y alguno que otro despistado turista.

Lo peor de enfrentarse contra las masas es ese miedo en el paladar, mismos que bajo el instinto de supervivencia, te invita a no enfrentarte. Pero, ¿cómo demonios evitarlos si están afuera de mi empleo? Y vaya que son bastantes como para aplicar la de “si yo no te veo, tú no me ves”.

No, no es que tenga algo contra los profes o sus demandas –muchas de ellas, de privilegios-, lo que sí me revienta es el argumento subestimado del derecho a la libertad de expresión y a manifestarse (espero que recuerden el caso de Cananea). Esto porque bueno, como una ciudadana más de esta poco ortodoxa capital, tengo que hacer respetar mi libertad de tránsito y de trabajar.

No, tampoco los condeno (bueno, a veces, más cuando llego a mi trabajo), me refiero a que se hacen las cosas sólo por presionar sin pensar que se vuelven objeto de sus propios odios ya que se convierten en la injusticia que nos reduce los sueldos, nos retrasa el tránsito y en ocasiones nos violenta.

Es como cuando decimos “pinche (*upps*) GDF que no trabaja en reparar baches”, u “odio a los impuestos”. Sí señores, sus manifestaciones provocan que muchos trabajadores lleguen tarde a sus empleos, y por ende, su respectivo descuento quincenal. También hacen insufribles nuestras –ya de por sí agonizantes- 2 horas de tiempo invertido en transportarnos a nuestros destinos. Por si fuera poco, afectan a los ‘mini changarritos’ que pretenden sobrevivir con sus ventas diarias, mismas que no han tenido porque ahuyentan a la clientela tipo marabunta en tiempos de lluvias.

Es decir, esto se convierte en un desastre. Yo, ciudadana responsable que cada mes paga sus respectivos impuestos, pido que se igualen las cosas. ¿Por qué no hacer una manifestación directamente al Zócalo, al plantón de los maestros disidentes, para exigirles que liberen mis avenidas y, con ello, hacer valer mis derechos?

Ok, para todos mis queridos “odio al prójimo y a su existencia capitalista” debo aclarar que la lucha de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación es respetable (cada quien defiende lo que cree prudente, yo por causas perdidas por ejemplo). Sin embargo, así como no voy y los molesto cuando tengo un problema, pido de la forma más atenta que me respeten.

Primero, tengo una familia de puros maestros, unos que trabajan en universidades públicas, otras privadas, incluso una en escuela de nivel primaria. Entiendo lo que es estar ahí, defiendo su lucha por los derechos que su sindicato ha conseguido a lo largo de años (aunque con muchos no comulgue), pero no puedo dejar de lado que en su defensa me pisoteen, cierren calles y no me dejen pasar.

Tampoco pido tanquetas, policías reprimiendo, o los caballos (salvajes) encima de ellos. Pido que sean justos y equitativos en darme mi espacio, que liberen un carril de la artería, sin plantones o bloqueos en áreas que ni la deben ni la temen (AICM coff coff). ¿Será tan difícil acaso?

También pueden ir a manifestarse afuera de la recamara del 'preciso', o en las casas de los HH legisladores. ¡Yo qué sé! Solo respeten a aquellos que quieren trabajar para poder mantener un hogar, que tienen deudas y que son tan luchadores como ustedes.

Pffff… Bueno, una vez desahogada (porque además, en este momento, su contingente aún está debajo de mi trabajo) termino el texto.


Fin del Comunicado.