Si bueno, estoy a un mes de cumplir 32... (¿Se lee tan
terrorífico como lo siento?)
Ya sé, ya sé, estoy dramatizando de nuevo. Y no es novedad.
Pero lo cierto es que hasta este momento me llega la crisis de los 30.
Verán que cuando llegué a los 30, mi vida era más que una
patada de ovarios. Nada fácil, y lo único que me daba energía para vivir fue
que tenía que recuperarme de una cirugía que arrasó como un tornado, ¡se llevó
todo, TODO! No sé si fue una limpia necesaria pero me quedó claro que me rompió,
reparó, volvió a romper, y lo repitió hasta que el destino dijo ‘basta’.
No fue fácil. Dice la leyenda que salí adelante, pero no del
todo bien. Yo decía “sí, claro que ahí voy. Todo a su tiempo. De amor no se
muere nadie”, pero les aseguró que un dolor de amor duele más que un
postoperatorio (y es mucho más largo). De vez en cuando me duele (metafórica y
físicamente) el corazón aun.
El tiempo, pues, no me esperó.
Y tembló, y fuerte. A solo diez días de mis 31.
Lo cierto es que después de ver cómo tu vida cotidiana colapsa,
que casas a tu alrededor ya no existen, las sonrisas de todos se vuelven
gesticulaciones de susto, los gritos de los niños se convierten en exigencias
de silencios, y las manos saludando son puños al aire; tus días siguientes no
pueden ser los mismos. No deben, quiero decir.
Esos diez días no me bastaron para agradecerle a la vida y a
Dios que seguía respirando, que tenía a mi familia y amigos completos, que –por
daños mínimos que tuviese- me quedaba casa y comida incluso para donar. No, no
podía parar de agradecer porque –vaya- sería egoísta de mi parte hacerlo. Tampoco
era un complejo de culpa porque a mí no me fue tan mal como a otros (¿qué onda
con eso?), más bien es un sentimiento humanitario de ser solidario, y de ver lo
afortunado que somos frente a las desgracias de los demás, pero sobre todo, de que
se les puede ayudar.
Mi cumpleaños, entonces, fue solo festejado con tres amigos
(uno de ellos terminó dormido sobre la mesa por el cansancio de la tremenda
cobertura del sismo –you know, journalism way of life-). Y aunque solo fue una
cerveza, me supo a gloria esa noche. ¡Estaba viva, carajo!
Por muy horrible que fuera mi vida sentimental y hogareña en
ese momento, me sentía viva. Mi responsabilidad moral era seguir adelante. (Y
no, no fue tan simplista como podría parecer).
En realidad ha sido un año un poco (bastante, sí, bastante
es la palabra) agridulce. Por un lado me reencontré en muchos niveles, y no fue
solamente conmigo misma sino con personas que extrañaba. Hubo una muy
importante que no regresó, y que aún me duele, sobre todo la parte de que no
está conmigo cuando fue totalmente mi mundo durante años.
Lo extraño, casi todos los días. Pero, ¿para qué atar a una
persona que sabes que no es para ti? Esa fue la lección más importante de
todas: soltar a lo que más has amado, todo para su beneficio. Supongo que algún
día lo podré volver a ver, y le sonreiré como aquella primera vez, y me hará
feliz verlo completo y avanzando.
En esa lección de soltar, también incluí mi comodidad y mi
casa. Ok, fue una decisión muy pensada e imaginada, pero nunca creída... al
menos no hasta que estaba encima de la mudanza dando las indicaciones para
llegar a mi nuevo departamento (en renta, porque así solito sonó muy
millonario, ¡ja!).
Era, ese mismo día, la celebración de cumple de un amigo,
muy buen y querido amigo, y no pude llegar porque aún faltaba mucho por llevar al
departamento; de hecho ni mi cama estaba armada. Llegaron las 4 am, y yo seguía
abriendo cajas y maletas con los ojos medio cerrados, los brazos entumidos y
los pies hechos pedazos. Y le quedé mal a mi amigo. Esta es una de las cosas que
más lamento no haber hecho bien en este último año.
Pero al día siguiente tenía un departamento por el cual
preocuparme hasta que me salieran canas verdes (sí, ya sé, frase de viejito).
Tal vez, no les voy a mentir, fue una decisión apresurada, muy sentida pero que
igual pude haber planificado mejor; pero heme aquí: sobre mi sillón viejo
haciendo juego con un sofá café ajeno en la sala de un departamento que aún me
cuesta creer como mío.
Mi roomie está loco. No por una, sino por diversas razones. Por
ejemplo, decidió que sería buena compañera de departamento (¿Yo, de verás? Ni mi
madre lo cree), además sabe que tengo un carácter de la fregada, que estoy loca
como una cabra echada al monte, que suelo hacer chistes malos y que me enojo
fácilmente. Pero lo cierto es que le estoy tremendamente agradecida por la
confianza y confidencia que me ha brindado y que –aún con mi complejo de súper heroína
y constante terquedad- quiera cuidarme. Es un gran hermano grande (aunque él no
lo quiera admitir).
A pesar de peleas, gritos, pobreza, incertidumbre, aquí
vamos. Supongo que será un año para adaptarnos y no matarnos en el intento. La lección
es que, bueno, tal vez con mi carácter
termine viviendo sola o con mis leales compañeros perrunos a los cuales no
moleste mi presencia. No sé, aún no lo sé (me falta motivación para creer
lo contrario).
La vida no es fácil, en ningún sentido. Pero aquí seguimos,
vivos.
Pero, estoy a un mes de cumplir 32 y por fin, después de dos
años de horrores, errores, canciones, música y caminatas, tengo tiempo para
sentirme vieja. ¡Gracias por eso! No muchas personas tienen la suerte de hacerlo.
Por eso, quiero hacer una lista que terminará el día de mi
cumpleaños en la cual agradezca algo pasado, exprese un deseo para el próximo
año de vida, y algo así como una rolita, pintura, o un libro que se me antoje
compartirles.
Día 31 Antes De:
Agradezco por tener a mi familia que, sin ser perfectos, son
los mejores (aunque a veces hasta yo lo dude) y a Dios por dármelos así como
son.
Deseo que todo aquel que me lea -hombres y mujeres por
igual- se le cumpla su mayor deseo en esta vida.
“Doesn't
matter what you say, I'm still… I'm still gonna floor away for real… In a
minute, y'all, I'll be gone, right or wrong… I'ma just keep rolling on and on… And
on and on”