miércoles, 29 de agosto de 2018

El primero de 31 para llegar a los 32


Si bueno, estoy a un mes de cumplir 32... (¿Se lee tan terrorífico como lo siento?)

Ya sé, ya sé, estoy dramatizando de nuevo. Y no es novedad. Pero lo cierto es que hasta este momento me llega la crisis de los 30.

Verán que cuando llegué a los 30, mi vida era más que una patada de ovarios. Nada fácil, y lo único que me daba energía para vivir fue que tenía que recuperarme de una cirugía que arrasó como un tornado, ¡se llevó todo, TODO! No sé si fue una limpia necesaria pero me quedó claro que me rompió, reparó, volvió a romper, y lo repitió hasta que el destino dijo ‘basta’.

No fue fácil. Dice la leyenda que salí adelante, pero no del todo bien. Yo decía “sí, claro que ahí voy. Todo a su tiempo. De amor no se muere nadie”, pero les aseguró que un dolor de amor duele más que un postoperatorio (y es mucho más largo). De vez en cuando me duele (metafórica y físicamente) el corazón aun.

El tiempo, pues, no me esperó.

Y tembló, y fuerte. A solo diez días de mis 31.

Lo cierto es que después de ver cómo tu vida cotidiana colapsa, que casas a tu alrededor ya no existen, las sonrisas de todos se vuelven gesticulaciones de susto, los gritos de los niños se convierten en exigencias de silencios, y las manos saludando son puños al aire; tus días siguientes no pueden ser los mismos. No deben, quiero decir.

Esos diez días no me bastaron para agradecerle a la vida y a Dios que seguía respirando, que tenía a mi familia y amigos completos, que –por daños mínimos que tuviese- me quedaba casa y comida incluso para donar. No, no podía parar de agradecer porque –vaya- sería egoísta de mi parte hacerlo. Tampoco era un complejo de culpa porque a mí no me fue tan mal como a otros (¿qué onda con eso?), más bien es un sentimiento humanitario de ser solidario, y de ver lo afortunado que somos frente a las desgracias de los demás, pero sobre todo, de que se les puede ayudar.

Mi cumpleaños, entonces, fue solo festejado con tres amigos (uno de ellos terminó dormido sobre la mesa por el cansancio de la tremenda cobertura del sismo –you know, journalism way of life-). Y aunque solo fue una cerveza, me supo a gloria esa noche. ¡Estaba viva, carajo!

Por muy horrible que fuera mi vida sentimental y hogareña en ese momento, me sentía viva. Mi responsabilidad moral era seguir adelante. (Y no, no fue tan simplista como podría parecer).

En realidad ha sido un año un poco (bastante, sí, bastante es la palabra) agridulce. Por un lado me reencontré en muchos niveles, y no fue solamente conmigo misma sino con personas que extrañaba. Hubo una muy importante que no regresó, y que aún me duele, sobre todo la parte de que no está conmigo cuando fue totalmente mi mundo durante años.

Lo extraño, casi todos los días. Pero, ¿para qué atar a una persona que sabes que no es para ti? Esa fue la lección más importante de todas: soltar a lo que más has amado, todo para su beneficio. Supongo que algún día lo podré volver a ver, y le sonreiré como aquella primera vez, y me hará feliz verlo completo y avanzando.

En esa lección de soltar, también incluí mi comodidad y mi casa. Ok, fue una decisión muy pensada e imaginada, pero nunca creída... al menos no hasta que estaba encima de la mudanza dando las indicaciones para llegar a mi nuevo departamento (en renta, porque así solito sonó muy millonario, ¡ja!).

Era, ese mismo día, la celebración de cumple de un amigo, muy buen y querido amigo, y no pude llegar porque aún faltaba mucho por llevar al departamento; de hecho ni mi cama estaba armada. Llegaron las 4 am, y yo seguía abriendo cajas y maletas con los ojos medio cerrados, los brazos entumidos y los pies hechos pedazos. Y le quedé mal a mi amigo. Esta es una de las cosas que más lamento no haber hecho bien en este último año.

Pero al día siguiente tenía un departamento por el cual preocuparme hasta que me salieran canas verdes (sí, ya sé, frase de viejito). Tal vez, no les voy a mentir, fue una decisión apresurada, muy sentida pero que igual pude haber planificado mejor; pero heme aquí: sobre mi sillón viejo haciendo juego con un sofá café ajeno en la sala de un departamento que aún me cuesta creer como mío.

Mi roomie está loco. No por una, sino por diversas razones. Por ejemplo, decidió que sería buena compañera de departamento (¿Yo, de verás? Ni mi madre lo cree), además sabe que tengo un carácter de la fregada, que estoy loca como una cabra echada al monte, que suelo hacer chistes malos y que me enojo fácilmente. Pero lo cierto es que le estoy tremendamente agradecida por la confianza y confidencia que me ha brindado y que –aún con mi complejo de súper heroína y constante terquedad- quiera cuidarme. Es un gran hermano grande (aunque él no lo quiera admitir).

A pesar de peleas, gritos, pobreza, incertidumbre, aquí vamos. Supongo que será un año para adaptarnos y no matarnos en el intento. La lección es que,  bueno, tal vez con mi carácter termine viviendo sola o con mis leales compañeros perrunos a los cuales no moleste mi presencia. No sé, aún no lo sé (me falta motivación para creer lo contrario).

La vida no es fácil, en ningún sentido. Pero aquí seguimos, vivos.

Pero, estoy a un mes de cumplir 32 y por fin, después de dos años de horrores, errores, canciones, música y caminatas, tengo tiempo para sentirme vieja. ¡Gracias por eso! No  muchas personas tienen la suerte de hacerlo.

Por eso, quiero hacer una lista que terminará el día de mi cumpleaños en la cual agradezca algo pasado, exprese un deseo para el próximo año de vida, y algo así como una rolita, pintura, o un libro que se me antoje compartirles.

Día 31 Antes De:
Agradezco por tener a mi familia que, sin ser perfectos, son los mejores (aunque a veces hasta yo lo dude) y a Dios por dármelos así como son.
Deseo que todo aquel que me lea -hombres y mujeres por igual- se le cumpla su mayor deseo en esta vida.

“Doesn't matter what you say, I'm still… I'm still gonna floor away for real… In a minute, y'all, I'll be gone, right or wrong… I'ma just keep rolling on and on… And on and on”


sábado, 31 de marzo de 2018

Sí, tú, el que me lee a escondidas


“Bueno, supongo que esta sí es la última vez que te escribo. No me atrevo a hacerlo directamente aún, ¿sabes? Es un problema mío. Además, estoy segura que me leerás de cualquier modo.

Lo cierto es que, también, solo lo hago porque tengo que admitir en algunas cosas. Y sabes que mi orgullo radica ahí, en que también acepto mis fallas (a veces más que mis virtudes).

Para empezar: sí, sé que tengo un problema, una crisis de confianza como le llamaste. No me atrevo a confesar sentimientos, buenos ni malos, pero sobre todo de cariño y amor por alguien que sé que no me puede retribuir (sobre todo por eso). Sé que quedaré lastimada y eso da un poco de miedo (¿a quién no?).

Pero lo cierto también es que he sobrevivido, bien que mal. He evitado enamorarme de quiénes sé no lo harán. He evitado confiar de más en las personas incorrectas. He sido más objetiva. Aunque todo eso, como apuntas hirientemente, me ha alejado de los demás.

Sin embargo, no eres la persona más confiable en este momento. Tú me enseñaste eso. No podría confiar en ti ni que estuviera de broma. Así que un angelito no eres. No lo acepto.

Luego, te quejas de cuando te dejé. Hasta donde recuerdo, tú te fuiste inicialmente. Te alejaste y me dejaste sola. Y gracias por hacerlo, porque en ese momento me enseñaste lo que tendría que sobrevivir constantemente en mi vida futura, con parejas, amantes, amigos, mejores amigos, familia. Es un callo que tiene tu nombre, en tu honor (y sí, es sarcasmo, lo odias ¿verdad?).

Tienes razón en que se me da fácil eso de soltar. Pero ¿por qué debería luchar por alguien que no quiere estar?, ¿que se quiere ir sin pensar en el ‘juntos’ que éramos?, ¿por qué dar sangre por migajas de amor? Por eso me fue fácil, y lo será hasta que haya alguien que no quiera irse, esté y se mantenga en esa misma posición por mí (y prometo hacerlo también por esa persona). Pero ya no por ti.

Tienes esa manía de regresar en los peores momentos de mi vida (le llaman timing algunos), pero entiende que todo eso ya es un capricho de antaño. Que este ciclo se debió cerrar desde el principio, abandonar el juego masoquista entre los dos.

Basta, vaya. Cansada te lo digo.

Y sí, también tienes razón en que soy insoportable, demasiado sensible, lloro y me enojo por todo. Mi error es sentir demasiado. Pero es mi error, y de nadie más. Te quité la responsabilidad de cuidarme hace mucho tiempo, no sé por qué te empeñas en tratar de hacerlo cuando sabes (los dos sabemos) que en el siguiente paso el que me terminará dañando serás tú.

Te libero. Eres libre de mí. Eres libre de mis caprichos, de mis lágrimas, de mis llamadas a media noche, de cubrirme mientras llovía, de hacerme reír en mis peores momentos, de aguantar mis celos ridículos, de mis berrinches, de mi falta de tacto y sentido de humor ácido. No eres dueño más de mis abrazos inesperados y agresivos, de mis besos, de mis sueños y pesadillas.

No eres ya quien se queda dormido en mis piernas, ni quién discuta si es mejor Elton John o David Bowie (nunca entenderé esa discusión); no tendrás que poner ese LP rayado de Led Zeppelin II ni escuchar mis anecdotarios musicalizados, mis (malas) traducciones musicales, mis cantos en la regadera; o soportar mis tardes llenas de humo de cigarro.

Eres libre. Al parecer necesitaba quitármelo de encima para que tú entiendas algo que pasó hace años (¡ya casi una década!).

Se acabaron las rosas rojas de mal gusto, los chistes locales, las coreografías en la sala, las noches estrelladas y sus historias inventadas. Esas lunas comunes. Gracias por compartir aunque fuera solamente tu soledad.

Vete y se feliz. Por siempre. No estaré más aquí. Nunca más.

Buen regreso a casa.”

“There was no sweeter fruit than this
With no taste of bitterness
It was so fresh and sweet before
But I can't taste it anymore”



martes, 6 de marzo de 2018

Absolución entre heridas


Se escucha cómo se quiebra. Uno, dos... tal vez tres pedazos al suelo. ¿Si lo oíste?

Es como si la cáscara de un huevo se estuviera abriendo, solo que duele peor que si te estuvieran sacando un órgano (ya pasé por ahí, y lo sé). Sus esquinas pican, como delgadas agujas. Sus huecos dejan pasar la luz que me lastima y me quema.

Es más frágil de lo que aparenta. Por afuera parecería de mármol, intacto, refulgente, casi impasible; pero no, es solo una ligera capa que lo cubre, un poco de membrana y, adentro, todo es sangre, carreteras, burbujas... vulnerabilidad.

¿Me ves ahí dentro?

Tal vez no me reconozcas, la última vez estaba completa. Ahora solo son rastros de la sombra que fui un día. Solo no te fijes mucho que aún no estoy lista, no para abrirme a todos.

Sí, no soy lo que era. Creo que nunca lo volveré a ser.

¿Me perdonas? Por todo lo que hice y por lo que nunca podré hacer y ser. No estoy lista. Soy débil. No me siento completa. No soy feliz.

¿Me podrías abrazar? Lo necesito, siento frío. Me siento sola. Sé que tu calor me puede aliviar.

Lo último que te pido es que cuanto te vayas me dejes un poco de tu aroma, para que pueda dormir. Tal vez dormir para siempre.