miércoles, 26 de diciembre de 2012

Otros 365 días.. (maso)


¡Oh querido 2012! Tantas cosas que me dejaste, quitaste, cambiaste, mejoraste y dejaste de la fregada. Un año más de experiencias que compartir y que aprender con sus pros y contras, como todo con su gama de tonalidades.

Hablo de un año que me dejo miles de lecciones (como la de no exagerar jejeje). Me enseñó a que las cosas siempre pueden estar mal –incluso peor-, pero que no se quedarán así para siempre. Me mostró a que la fortaleza no implica dejar de llorar, sino aprenderlo a hacer bajo las circunstancias correctas. También me hizo responsable de lo que pienso de mí misma, y dejar que los demás corran con sus propias apreciaciones de mi persona.

Aprendí que debo dejar mi pasión, irreverencia y sentido de común en los lugares necesarios; a que la “seriedad tiene un precio”, y a que ése no necesariamente se paga pero si se goza. A que a veces es mejor abandonar a lo que se ama, a aferrarse a algo sólo para terminar por dañarlo; y a que las personas que te quieren, siempre estarán contigo a pesar de la distancia.

A que la madurez no implica ser amargado, pero si responsable de los propios pensamientos; y a que puedes soñar aún con la cabeza agachada. A que todo esto es tan efímero que vale la pena aprovecharlo, a caer y levantarse, y ver lo recorrido para saber cuál es el destino.

A que los amigos permanecen, la familia parte y las mascotas ceden. Aprendí la lección de que toda vida es un lujo que sólo pocos aprenden a valorar. A que todos necesitamos aferrarnos de algo, incluso de las cosas malas para poder salir; y a que la esperanza no es ilusa, sólo es esperanza.

Me di cuenta que el cielo de diciembre, puede ser el de cualquier mes, y a que todos los días pueden pasar por malas rachas para dejarte algo bueno. Noté esa sonrisa entre la sombra, y ese chiste siniestro entre tus mejillas.

Me reté a enamorarme de un falso espejo, y a abandonar las ilusiones vagas e insulsas. Me gustó el políticamente correcto de la vida de los inocentes. A que algo debo de aprender a pesar de que las cosas estén muy de la fregada; y que sí, si se puede aprender del mal ejemplo. Reconocí que más vale darle la vuelta a un idiota, a confrontarlo y perder valiosos segundos en terquedades. Pero sobretodo, a que a pesar de lo mal que estén, a veces es mejor no corregir un error; a que se tiene que dar razón a la estupidez, y que no siempre tienes que arriesgarte para demostrar lo que tienes.

A que no para saber, siempre se tiene que estar presente. Y que los detalles más valiosos, casi siempre escapan de los ojos. Aprendí a no dejar seducirme por la cáscara, pero tampoco a dejarme llevar por mi traducción. A que las afirmaciones mienten; las sonrisas ocultan sentimientos, y el amor es tan versátil como la persona que lo profesa.

Me enfrente a las mismas piedras pero en otros lugares. Abandoné mis miedos para dejar otros instalados, le di forma de perversión al último cuarto de la casa, cuya propietaria es la loca que me habita.  A que todos los excesos se pueden vivir, pero siempre hay un precio.

Tantas cosas que empecé y terminé. Tantos senderos que arme y que ahora caminaré. Pero, sobre todas las cosas, crecí, me endurecí, aumente mi seguridad, y mande al coño a todo eso me permeaba y me hacía sentir mal (literal, me gana la gravedad).

Ahora sueño con más colores, con más personas, con más romance pero sin tanto relleno. Enfrentémoslo, la magia no sólo está en la ilusión y el amor no sólo corre por las venas. Así pues, demos inicio al 2013, y dejemos lo aprendido en la hoja que de tanto escribir, corre el riesgo de romperse el papel. Ahora, simplemente andemos sobre nuestros pies, cuyos dedos disfrutan la textura de la arena.  

viernes, 14 de diciembre de 2012

Encuentros extraños del primer tipo...

Raras cosas pasan en las noches de la ciudad. Y ante la sorpresa mejor seguir.
Eran más de las diez de la noche, tras un día largo y de discusiones; lo que perturbaba mi cabeza y pensamientos.

Mi música, cigarro y yo andando por Acoxpa. "Eyes wide open" de Goyte en mi oído izquierdo me despertaba y distraía del frío característico de diciembre. Tan abstraída que iba yo.

Unos pasos apresuraron los míos, sin darme cuenta.

Apareció aquel joven no muy alto y con sonrisa ingenua. Me llamó desde atrás y me dijo guapa.

Luego me acompañó sobre la banqueta. Mis nervios jugaban a creerte y a salir corriendo para evitarte.

Me contó que se llamaba Sergio, tenía 23 y trabajaba. Lo demás lo ignoro tremendamente. Me preguntaste dos cosas más y al grano, "¿saldrías conmigo?" Sí, la verdad es que te dije que no (y que evidentemente no lo haría con alguien que no conociera o que lo hiciera con un sujeto que me abordó en la calle).

Tampoco hubo intercambio de teléfonos (menos cuando he sido víctima de varias bromistas por ese medio). Todo te lo negué.

Aún así insiste en lo guapa.

A los pocos minutos te dejé en la calle, lo siento no era la ocasión mucho menos la pertinencia.

Me asustaste debo confesar, esos encuentros no pasan por la simplicidad de la casualidad. Aunque admiro el valor que mostraste sin dejar de sonreír, corriste el riesgo aunque no tuviste suerte.

Para mejorar el final, Bunbury me canta al oído "Sácame de aquí", lo que provocó el inicio de mi risa nerviosa de toda la noche.

Te dije que era frecuente visitadora de la zona, que igual cabía la fortuna de un eventual encuentro. Y aunque no estoy a la espera de ello, si pasa puedo decirte que podríamos ser amigos, sólo por la casualidad de vida que se nos ofreció.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Michelle, la chica de Liverpool.

A los pocos años empezó todo, más rápido que mis pasos. Recuerdo que era pequeña e indefensa, aún no llegaba ni a los cinco años cuando me hice consciente de gran parte de mi mundo. Claro, no fue fácil asimilar que mi familia no era la convencional pero era la que quería.

La ausencia de una figura paterna era cubierta con el velo representativo de todos a mi alrededor, desconfigurando todo por supuesto. Y aunque no estaba sola, aún no físicamente, me sentía así, incluso un poco abandonada.

Tenía cuatro años, ganas de crecer y no sentirme sola.

En realidad la música cubrió ese espacio, no hubo más que ritmos en mi vida, además de vagos juegos y pláticas cortas. Me acuerdo de las pocas reuniones familiares, las cuales muchas veces me intimidaban ante esas escandalosas personas que compartían las tardes-noches de los domingos. No eran especiales, pero eran tan cálidas esas palabras y risas. Aprendí, con ellas, a sentirme la menor de la casa, más o menos la consentida que merecía una infancia medianamente normal.

Luego, el baile, the Beatles y un poco de twist a los pies (magia supongo).
Esos días eran amarillentos, como esas nostálgicas mañanas de invierno.

Tras el ingreso al kinder, llego mi hambre por crecer, siempre responsable de lo que medianamente sabía que hacia el cuerpo portador. Mis amigos eran curiosos, todos pretendían jugar un rol de adultos, o de esa figura infantil calzando los zapatos de los padres.

Son pocas las anécdotas. Una se remonta a esos pequeños columpios hechos de llantas, eso sí de colores pastel. Me gustaba platicar como sí eso de la vida bastara, aunque en la realidad de cualquier persona mayor, sólo se detectaba ingenuidad con un poco de esperanza.

Recuerdo que traía un vestido rosa pálido, con zapatos blancos de moño y esa clásica batita con líneas rojas y blancas. El otro era un niño, creo que se llamaba Miguel, Mateo o Marco. Supongo que era divertido, porque no recuerdo el ítem de la conversación. Mucho menos recuerdo por qué estábamos solos a mitad del jardín, a pesar de que ya se había terminado el ansiado recreo. Éramos tiernos aún, de esos que gustaban dejar el tiempo pasar, sin saber de la existencia de éste.

Al regreso de casa era más vacío aún, pocas veces mi madre iba por mi, y dejaba esa tarea a mis hermanos mayores. Así fue que me convertí en la carga menor de la familia.

Las ocupaciones de los mayores se multiplicaron, las reuniones se distanciaron y Michelle, la chica de Liverpool, iba quedándose al fondo del cuarto.

Ahí me recuerdo. Tirada en la cama, viendo a través del vidrio, una vida ajena que adopte como la propia. Era gris la imagen, como cuando termina una fuerte lluvia y esperas a que llegue el arcoiris, mi primer arcoiris. Según mi memoria traicionera, ese día estaba llorando aunque los motivos se me alejen de las manos. Pero de repente todo estaba bien, vi hacia los árboles detrás del departamento mientras escuchaba el canto de las ranas y todo se tranquilizo. Presumo que ahí perdí algo, lo cual ignoro hasta hoy.

Me salto hasta la figura de Navarrete mayor, ese señor moreno, de espalda ancha, cabello de plata y ojos rígidos. Siempre me pedía que me agarrara fuerte de su mano para que no me perdiera (lección metafórica que hasta hoy me acompaña).

También era el que me daba dulces mientras lo escuchaba leer ese gran periódico, luego me platicaba algún episodio de sus años gloriosos de boxeo, un señor apodado 'el Polvorilla', ventas, fuerza y aprendizaje, y no terminaba sin pedirme que estuviera "bien vivilla" siempre. Éramos como dos abandonados en el mismo cuarto, una por falta de vida y el otro por ausencia de energía.

Al menos así era hasta que llegaban mis tíos Chalo y Noro, luego era puro grito, alegoría, cocina y aromas. Siempre estuvieron para hacerme reír con un chiste blanco que "le daban a la niña". Ahí eran mis sonrisas, siempre cosquillas y fiesta. Con mi tío Chalo era la pura diversión que me enseño la nobleza y lealtad, así como la riqueza de proteger y la nutrición de la felicidad. Y con mi tío Noro era el amor al conocimiento, a los retos y fronteras del saber, a dudar dónde parecía plano y la importancia del silencio.

Cuando se aparecían mis hermanos, el Chino y el Huevo (luego fue el Flaco de castigo) era juego, groserías y rock, mucho rock. De ahí mi curiosidad por el mundo, porque nunca me dejaban hacer nada.

En una ocasión, haciendo prueba fatal de la gravedad y el fenómeno del péndulo de la mecedora de Navarrete mayor, fui a parar de frente al suelo, sangre, dolor e inconsciencia de dos segundos. Se me quitaron las ganas de columpiarme (por un rato).

La niña siguió así hasta los siete años, tres cambios de escuela, y dos de casa. Cuando conocí que la soledad también se padece en compañía, a que puedes formar una propia familia con extraños y que el abandono llegaba después de llegar a casa.

lunes, 1 de octubre de 2012

Heme aquí...

A lo largo de mis 26 años he recolectado miles de historias, anécdotas, chistes y olvidos. He tenido más sueños que minutos de vida, y más puestas de sol que noches muertas.

También he recorrido miles de kilómetros elaborados de letras romances, de algunas novelas y de textos periodísticos. Me he disfrazado de todos mis personajes, y adopte algunos fantasmas en mi cabeza. He luchado con mis dragones, con mis molinos de viento y con mis peores pesadillas en donde matan a mi unicornio.

Tengo hermanos contados con los dedos de las manos, y muchos conocidos que me muestran el camino. También malas experiencias con falaces mascaras que no quiero olvidar, para recordar que como ellos, vienen más. Deje mis huellas profundas en donde he querido, y me deje olvidar donde la nada es rescatable.

Trace rutas para llegar a mis metas, caminos donde la senda es larga y ancha, con bellos paisajes obtenidos de los viajes (a pie y mentales) que he realizado. Deje que mi mente volara hasta donde mis manos tratarán de alcanzar.

Deje que tocarás parte de mi sombra, quitaras la ropa y besaras mis ojos. Me permití errar, claudicar, reparar y acariciar. Me volví a enamorar y dejar que todo lo borrará el tiempo. También me deje engañar, mil y un relatos en cuentos, que hoy siguen siendo parte de mis miedos.

Otras manos me tocaron, me dieron fortaleza mientras otras me abandonaron al ritmo que sus pasos le imprimieron. Deje de escuchar la melodía para notar las letras y la intención de la escritura, cuyo viaje me ayudó a aclarar las nubes. Me deje abandonar, evitarme y propicie que me dejaras de ver, y me mentí sobre la importancia de ello.

En mi cabeza sentaron vivienda siete traumas, de los cuales deshabite a cuatro y dos hicieron su penthouse. La loca de la casa jugó con su nuevo parque de diversiones y deje que aumentará su cauce. Mis miedos siguen encerrados, y algunas veces los deje salir para recordarme lo sensible de mi piel, y lo pálido de mis piernas.

Deje de creer en lo imposible, y le di fuerza a lo que me dejaron ver. Perdí fe en la humanidad, y la recuperé para mí. Me perdí muchas veces, me acobardé, y recordé que del otro lado alguien me esperaba. Seguí con mis pesares en las maletas y recuperé el mapa para seguir.

Creí que podía olvidar, lo hice y se me olvidó cómo hacerlo. Mis pies adelante y mis manos atrás me acompañaron. Por 9 mil 499 días respiré, estornude mucho y aspiré el perfume de las flores, el aroma de la tierra mojada y el olor de mis lágrimas.

Yo hoy, a mis 26 años recuerdo lo bello que es vivir.

lunes, 10 de septiembre de 2012

En medio de la despedida...

La verdad es que no te he querido encontrar. No es que me falte corazón, no tanto como la falta de hierro, más bien es mi ausente ilusión por verte.

Pasan los años, y percibo esa falta de interés, ese que podría sacarme de mi embrujamiento. Es la falta de ilusión sobre las expectativas que hoy ya no te impongo.

Esa figura de acompañante galante que debería de ser un tipo de resguardo. Esa fuga tipo B, ante esa fuerza que a veces me dobla las rodillas –y entre ellas, mi corazón-. No eres más que sólo la cáscara de huevo, que a los extremos se hace fuerte, mientras que en su médula se puede romper al primer toque.

Me mientes cada vez que me afirmas una sentencia. Eres tan débil como la peor de tus fortalezas. Eres más pequeños que tus propios pasos, y el peor de tus miedos nocturnos, esos que osas perseguir. Y aunque te quiera, no puedo más que retirarme para que tu vista siga perdida en los límites de tu horizonte.

Te veo y sé que no eres. Que te escondes en algún rincón de tu propia guardia. Que en realidad, me has mentido sobre tu propia mentira. No eres lo que quieres ser, ni siquiera lo que ocultas. No eres más que una vaga ilusión del fantasma que ayer se fue.

Me rindo. No es necesario decir más. Eres menos de lo que puede ofrecer, y estoy cansada de recolectar migajas para completar amorfamente un ente.

No me queda nada más que guardarme otra vez, oscurecerme y hacer como que no pasa nada desde mi barrera, a tres metros de tus propios límites. No puedo luchar contra miedos que no me dejas ver, contra fantasmas que tú defiendes, y contra esa falta de cariño y ambiciones.

Supongo que algún día me reiré de todo esto, y lo recordaré como otra de mis travesías sanguíneas. Supongo que un día de estos pasará. Mientras, como siempre, seguiré caminando y observando lo que en mi camino deberé encontrar.

martes, 31 de julio de 2012

Palabras muertas.

¿Para qué me quedo con esas cartas que nunca te entregue? Si sólo guardan esos atrevimientos que rebasaron mis anhelos.

Es como ese texto amarillento por el paso de los años, donde te decía que con suma pena tenía que abandonarte –sí, una vez más-; sólo por la necesidad de buscar un mejor destino. Un destino fuera de tu sonrisa, de tus besos, caricias y palabras que me dejaban embriagada de tu pasión.

O como esa misiva que con perfume adorne, y que con 35 “te amo” disfrace los bordes del papel. Dicho documento, seriamente acusaba a ese niño interno de haberme conquistado y nunca dejarme ir a pesar de las indiferentes indiferencias que nos mostrábamos sólo cinco minutos al día.

Recuerdo que otra se me marchitó debajo de la lluvia. Eran palabras endemoniadas, en las que cada coma sacaba fuego y en los párrafos, veneno. Era –según- la última (aunque nunca pude decirme la última de qué, de la jornada, de las lágrimas, del coraje o simplemente la última del día).

Era mágico escribir esas líneas donde me desvestía frente a tus ojos. Cada prenda por cada línea. Haciéndome rescatar con las respuestas que pude obtener de las cartas entregadas. Pero esos silencios que dejó la falta de arribo de las misivas, ¿qué guardaban?

¿Te quedaste con algo que decirme?, ¿hubo ausencia de letras que sangraban o que cantaban risas?

Años después las leí. Sí, siempre las leía en tiempo de lluvias, como si fuese un auto flagelo con afán y olor a recuerdos. Me di cuenta de todo eso que por tí, llegue a sentir. De esos arranques de locura que sacaste de mi pecho, de esos amores que transpirábamos por la piel, de todas las lagrimas que se me escaparon del mar.

La última carta que me mandaste, fue esa donde me recriminas toda la ausencia. Esa ausencia que tú me pedías, de esa de la que decías, tu felicidad dependía, sólo para extrañarme y así volver al amor que te evocaba. Y además, me hacías culpable de la lejanía, de esa que tú decidiste poner con un largo viaje lejos de nuestras tierras.

Yo, en cambio, opté por dejar la tinta a un lado y evitar la respuesta que querías. Y fue otra carta que escribí y que nunca conociste. Esas líneas que tú jamás podrás comprender y abrazar entre tus brazos mentales. Luego de escribirte, te borre… Te borre con fuego que llegaron a mis dedos y deshicieron mis ideas como tú deshiciste lo nuestro.

Fueron metáforas de vida, y analogías de vivencias. Todo eso fue lo que dejé ir en un solo disparo novelístico. El sujeto nunca se enteró de su verbo ni de su complemento.

Ahora, la duda es ¿qué hago con estos papeles?, ¿qué hago con todas las preguntas no hechas y cuyas respuestas jamás podré conocer?, ¿te rompo y destruyo como lo tuyo?

No me haría falta más desborde de energía biliar, la verdad es que el hígado lo guardo para los placeres de Baco. Pero ahora, ¿cómo me despojo de esas letras que por ti, decidí guardarme en el pecho, lejos de ti?

Lo que sé, es que mi tinta se acabó. Y yo, te deje sin más significados que indagar.

domingo, 29 de julio de 2012

Mis cinco minutos.

Sí, claro que me gusta respirar, vivir y soñar.

Algunos tantos dirán que es de locos, que es dd mártires o de unos tantos 'sin qué hacer'; pero así me asumo.

Vivo rápido y a veces lento, pero disfruto eso. Esa sensación del viento en la cara encima de una moto a 100 km/hr; el beso a media noche bajo la lluvia en medio de una calle de mi ciudad; ese aroma del primer café de la mañana; esos cálidos brazos protegiéndome... Todo eso me hace sentir viva y latente.

Disfruto cada cosa que sucede, para las malas, sus lecciones; y para las buenas, sus sensaciones.

Soy romántica, cursi, defensora y amante de las causas perdidas, una más del masoquismo way of life; pero en realidad que disfruto mi trabajo, mis amigos, mis pasiones, mis errores y mis triunfos.

Quien se asuma como responsable de su vida, adelante siga respirando. Quien no lo haga, pobre experiencia que tendrá y mísera existencia de vacío y ausencia.

La ignorancia sólo tiene algo bueno: una sensación de felicidad inagotable. Pero el atreverse a retar los limites del conocimiento, nunca dejará que su corazón deje de latir.

domingo, 15 de julio de 2012

Contrastes...

Definitivamente es cosa de amor. Pero no siempre lo que brilla es oro.

La soledad tiene el efecto terrible de ahorcarnos con nuestros propios miedos e ilusiones. Tememos estar solos, incluso rodeados de las mayores suertes.

Tenemos miedo a nunca encontrar a esa persona que se adueñe de nuestras percepciones, anhelos, suspiros y pasiones. Nos sentimos abandonados, incomprendidos, lejanos de nuestra realidad y falsos a las percepciones.

La mejor de las caricias se convierte en la lejana brisa de un día de agosto. No sabemos ni apreciamos la vida que tenemos, fresca y clara.

Mientras que el amor... Bueno, nos vuelve locos y fuera de sí, pensamos que nada nos puede afectar en el día, que volamos y sólo vivimos para ese momento.

Somos tiernos, caprichosos, ligeros y hasta ridículos. Pero nos encanta. Esa parte de dejarse abrazar por la cintura, mientras que tus brazos se cuelgan de su cuello y el par de ojos se funden en un mismo mensaje silencioso.

Pareciera que todo trabaja como debe... Lo más dulce, y eso es lo exquisito de la experiencia. Hoy me di cuenta de ello.

Sigamos trabajando en ello, hasta que el corazón siga latiendo y la vida nos ofrezca un nuevo suspiro por el cual vivir...

domingo, 24 de junio de 2012

Anecdotario P.1

Tengo que reconocer que tengo un imán para personajes raros, fuera de serie, que a veces dan miedo y otras tratas de aceptar que existe la diversidad humana… He aquí el recuerdo de uno de ellos.

Éramos la clásica bolita de chavitos “clases medieros” que tenían ambiciones –y a veces presunciones- de algo mejor. Éramos, más bien, el dolor de cabeza de los vecinos de Villa Coapa. No había persona que no tuviera queja alguna de nuestro comportamiento pre adolescente.

Supongo que esa fue nuestra suerte al acercarse “el Moco”. Obvio, era su ‘alias’. La leyenda contaba que si pasabas por ahí y te veía, no había poder humano que logrará despegártelo. He de ahí el mote.

Algún día posterior descubrí que se llamaba Miguel… Miguel Francisco algo así. Era un chavito de trece años, pero con tremenda carga de casi 30. Era un niño que parecía adulto. Tomaba, fumaba, tenía sexo, se drogaba, casi vivía en la calle, y sí, delinquía.

No es que yo fuera un angelito (¡primero quemada!). Más bien es que fue demasiada la escases de edad como para tantos vicios.

Según me contó algún día (de esos que me cachó ir por un refresco a la tienda), toda su vida iniciaba con el relato de su familia. Unos padres extra trabajadores, y que por cierto nunca estaban en su casa. Al parecer también tenían broncas de dinero, porque él nunca comía –o al menos no guardo un recuerdo de ello-.

Era el clásico ‘chamaco’ vestido a la hip hop: pantalones flojos y rotos, camisas súper holgadas hasta la rodilla, gorra, sudadera igual de enorme. En su mochila –casi de tirones- llevaba casi siempre algo de droga, mariguana, coca, pegamentos… Bueno, era como su “Cajita Feliz”. Todo el conjunto lo hacía ver como una enorme mancha obscura.

De aspecto, tez clara, cabello castaño, manos delgadas, ojos miel, sonrisa inocente pero mirada lasciva.

La mirada lasciva provocó que una joven de 17 años lo ‘desquintara’. El punto era que él ofreció su virginidad, ella lo retó porque no le creía y ahí van el par de babosos. Y así fue de sencillo que empezara su vida sexual, que hasta el momento sólo era con mujeres mayores a él, que no eran muy diferentes a sus días, y quienes parecieran tener menos resistencia.

Cuando “el moco” estaba en el vuelo era totalmente insoportable. Te contaba todo lo que ‘veía’ y la serie de epifanías que tenía a consecuencia de lo que inhalaba, fumaba o aspiraba. Era totalmente asqueroso verlo tirado en las canchas de básquet, ahí sólo platicando con lo etéreo.

Él también me enseñó a fumar… sólo cigarrillo. Para lo demás, nunca me llegó la curiosidad a tiempo, entonces creía que era muy joven para consumir cualquier ‘cosa’. Debo de confesar que era lindo al platicar, por lo menos cuando sólo éramos él y yo. Esto porque se mostraba sincero, sin ganas de protagonizar, sin nada qué presumir. Sólo era “un moco” más.

Cuando el resto de bola de mocosos impertinentes llegaba, él regresaba a su papel de chico rudo que nada lo quebrantaría, ni la soledad de sus padres, la ausencia de verdaderos familiares, el exceso de vida corriente, ni la levedad de su propia falta de amor.

Pasó el tiempo. Los dos cumplimos quince con dos grandes diferencias: yo me cambie de casa, él terminó en un tribunal.

Al parecer su visita tras los barrotes, como él me relató años después, se debió a un asalto a una tiendita de conveniencia. A esa misma tienda donde todos los martes le gustaba pedir un cigarro y fumárselo impetuosamente. Fueron poco más de 500 pesos lo que costó la libertad de tres años de su vida en un centro para menores.

El encuentro al parecer, fue demasiado. Él era más alto, mucho más que yo. Seguía con su rostro claro, pero los labios parecían necróticos, ojos rojos y tristes… sumiso. La temporada había surtido efecto. Con mucho cariño me abrazó, me dijo que andaría por ahí, por los mismos andadores de Coapa, y que me recordaba con aprecio.

Pasaron muchas cosas en medio, pero al parecer el joven se perdió. Algunos me cuentan que se fue a vivir con una tía en algún punto de la provincia, otros que murió atropellado en medio de sus transes, los terceros me han dicho que ya no lo ven tan seguido, pero que nunca ha abandonado la zona. Yo, por supuesto, nunca lo volví a ver.

Guardo el recuerdo de ese niño temeroso que siempre estuvo, nunca se adaptó pero que incluso llego a jugar con nosotros a las escondidas. Una de esas personitas que lograron acercarme con la parte real de la vida abstracta y pobre de este mundo.

jueves, 26 de abril de 2012

Sin seguir...

En realidad no es sólo dejarse caer, es la imposibilidad de salir del hoyo. Es ahogarse en su propia miseria y no reconocer la falta de luz que permita deslumbrar la respuesta más adecuada.

Es negarse la oportunidad de seguir adelante, sin dejar de mirar hacía frente, no olvidar tu tierra pero no dejando el horizonte de vista.

No es que no suela caerme, no es que me permita romperme la cara (entre otras partes), no es que presuma de harta inteligencia y fortaleza. Es que no puedo aceptar que tú no puedas más.

De darte por vencido, caerte en cualquier muro y sólo dejarte perder en la inmensidad de tu nada. De ese mundo que sólo tú conoces, al cual sólo tú tienes acceso… De ese recoveco que tú mismo has construido al tratar de huir de la anterior guarida.

Algo que me enseño Navarrete mayor fue a “no ser pendejos, sino a saber maliciarle”. Y esa era la lección que nos dio a todos sus ‘hijos’. Ganas de abofetearte para que recuerdes esa lección, ganas de abrirte los ojos para que veas en lo que te has convertido. Ganas de romperte y volver a construirte.

Porque las ganas de seguir llorando ya se me acabaron, aunque me dejaste terrible coraje, esa bilis de verte imposibilitada ante tu indolencia a sí mismo.

La verdad es que no puedo, no quiero y no debo hacer más al respecto. Eres mayor que yo, por muchos años, los mismos que ye he visto autodestruirte y querer componer todo la mañana posterior.

¿Qué ganas de seguir así?, ¿qué ganas de hacerte idiota, y no ocultarlo al exterior?

Si no lo resuelves tú, o al menos tener las ganas de quererlo hacer, yo no podré componerlo.

Te recuerdo cuando a mis 7 años, y a tus tres cuartos de etiqueta roja, contándome esa verdad de la cual siempre fui objeto perdido y escondido. Así, sin la menor intención de daño me quitabas la imagen de padre que tenía desde que nací. Te lo agradecí, me fui a mi recamara, tiré dos lágrimas y seguí con mi parte de vida que correspondía.

Recuerdo el sonido de vidrios rotos que me despertó a las tres de la madrugada, esas partes de espejo roto tiradas sin sincronía en el suelo. La orden de salir de la sala y de regreso a mi cuarto. Esa cara impávida resguardada entre tus palmas, sentado en ese viejo sillón. Al día siguiente, tu paradero desconocido.

También logro acordarme de esas tres mismas preguntas hechas en menos de media hora. Ese delirum tremens que te fue invadiendo cuando mis quince otoños me dejaban lecciones de treinta más. Ese regresarte a la casa cuando ofuscado buscabas a tu hermana menor, error del cual yo te regresaba.

Y por supuesto, no olvido el tenerte que levantar del suelo, tras la puerta vencida. Recostarte en tu cama sin tener que ocultar mi malestar ante el reproche maternal. Todo para que dieras la espalda a mi confianza. Todo el cuadro se acabó con un azote de puerta y un ‘nunca más’.

Ese nunca más que hoy se repite. No para abrirlo, sino para hacerte entender que yo ya me canse de todos esos 25 años de estar, aguantarte, soportarte, tratar de entenderte, escucharte y dejarme traicionar. Lo sano, como siempre, será retirarme a cuarto, tirar dos lágrimas y seguir con la parte que a mí me corresponde, no sin antes bendecirte y darte las gracias y el adiós sumergido y oculto en un hasta luego.

viernes, 9 de marzo de 2012

Ironías nuestras...

En realidad, siempre que me mirabas, te dabas cuenta de que no soy una persona sencilla de comprender. No, en lo absoluto.

Siempre fui esa mujer que siempre deseaste, y que nunca te atreviste a pedir. Me fije en ti, como un mal recuerdo en una noche de lluvia.

Te represente tus mejores besos, después de las más amargas lágrimas. Me convertí en tus sueños de noche, tus deseos al despertar, tus besos al llegar, y los golpes al irte.

Fui esa violencia que te azotaba contra la mar. Todos esos malos sueños que te dejaban noctámbulo, pero que siempre te hacían disfrutar el café de la mañana.

Tu primer libro del mes, ese trago de vino, el trozo de queso, la plática por la madrugada, los besos al despertar; la miel de tus días y la hiel de los anocheceres, a los cuales, jamás supiste llegar sin mí.

No más que esa miel obscura que siempre te protegía, incluso, en las peores tragedias de tu vida.

Siempre te lleve a ese camino, esa ruta en donde mi risa nerviosa te perdía. Esas mejillas sonrojadas, y esas manos que me tocaban, se dejaban llevar por mis miradas furtivas.

Me acompañaste al rincón donde me abandonaste, donde te grité, donde me perdí en tu ausencia. Donde tus labios se distanciaron de mi frente, y ocuparon el mismo lugar que tus ojos.

Fue ahí donde el amor se extinguió. Donde me convertí conflictiva, donde me guardaba mientras tú me buscabas a gritos. Donde yo te deje para que te encontraras, para que luego yo te reafirmara… Sin pensar que era exactamente lo mismo que tú me hacías.

Lealtad, amor, sexo, besos, cariño, nostalgia, rosas, café, cerveza, manos, caricias, risas, bochornos, peleas, lágrimas, golpes, sonrisas, platicas, chistes,… Todo eso y más…

Todo eso y más te perdiste… Hoy, tú sin mí… y hoy, yo con alguien más.

domingo, 4 de marzo de 2012

Espejos...

>Hay veces que me encantaría ser tan mala persona como muchos creen. Me gustaría tener el valor de convertirme en ese ente negro, egoísta, cascarrabias, ruda, y hasta grosera.

Me encantaría ser todo lo que ustedes pueden llegar a pensar que soy: una cualquiera, una golfa, irresponsable, poca cosa, intransigente, ególatra, inconsciente, drogadicta… vaya, todo lo malo que puede ser una mujer.

También me gustaría saber qué tengo que hacer para terminar con todas tus expectativas hacía mí. Son de esas cosas que me causan morbo, me fascinaría saber cómo decepcionarte, y así, hacerte entender que soy humano y me seguiré equivocando.

Podría apostar que todo lo malo que crees que soy, sólo es falta de conocimiento. Sí, de ese conocimiento sobre la persona, que sólo adquieres conforme el trato de dos o más personas. Me encantaría saber, qué impresión te di, para saber en qué circo voy a jugar.

De esos circos que sólo tú te crees, me rompes, quiebras, haces pedazos, tiras desde el trampolín, y todavía esperas que caiga de pie. ¿Qué cómo?.. Pues eso supongo que yo debo de saber, ¿no?

Son de esas cargas que un día te cargaste, para ayudar al dueño del montón, y que hoy, tú te cansaste. Y al soltarla, te reclama el dueño, preguntándote por qué dejas esa responsabilidad, así como así…

Algo se rompió… Creo que fueron mis ganas de seguir, mi tolerancia o algo que me fortalecía… Ni modo, tendré que volverme a quebrar, a dejar que todo se desvanezca…

Hay veces que sólo me gustaría perderme… Entre esas voces, rumores, críticas, angustias, regaños y falsas emociones, de las cuales, siempre termino siendo víctima.

domingo, 5 de febrero de 2012

La niña del desierto empieza a caminar...

De repente, cuando miro a esa niña solitaria en medio del desierto, puedo comprender por qué de su ruptura. El por qué está sola, del por qué se quedó varada, y por qué tiene sus ojos tristes.

Empecemos por saber que tiene un fuerte problema con su intención. (Léase como “es demasiado intensa”). “Y sí, lo admito. Me encanta sufrir por pasiones perdidas, por relaciones desastrosas que te dejan sangrando por dentro, tan sólo con una parte para recuperarse”.

“Esa parte masoquista de mi ser es inevitable e inherente de mi naturaleza”.

Luego, comprendemos que confía poco. Sí, aunque no se pueda entender mucho, la niña dejo de confiar en su mundo. Esto porque valúa en lo alto a lo que le rodea. Puede ser demasiado exigente, rígida, dura, cruel, determinante… fría. No puede confiarse del todo por sí misma, mucho menos en un segundo individuo, y ha aprendido a desconfiar de sus cercanos y seres amados (todos ellos).

Y aunque tenga fe en la humanidad (vana en ocasiones), puedo asegurar que le cuesta tirar toda esa rigidez, para dar paso a un extraño a su mundo. “Lo siento, no puedo si no me aseguras que no romperás lo estructurado, y aunque dejes tus huellas en mi, sólo quiero garantizar que no me destruirás desde adentro”.

Tiene graves problemas de idealización. “Todo lo idealizo –bueno, casi todo-. Tiendo a subir todo en un pedestal, y de ahí no lo bajo (aunque me cueste las lágrimas tratar de alcanzarlo)”.

Es demasiado severa consigo misma. “Tengo ese clásico complejo de superman, tirándole a madre protectora, con un toque de fragilidad de ‘diente de león’. Porque aunque usted -lector- no lo crea, sufro primero, de una máscara, luego doy paso a mi fortaleza y, por último, a mi debilidad para, eventualmente, repararme”.

Tiene problemas, miles de ellos. Es complicada hasta llegar a lo complejo. Incluso, a ella misma le cuesta internarse en su propio laberinto, el cual está lleno de trampas… “Las cuales, hasta yo desconozco”.

Le gusta pensar que vive en un cuento o historia con tintes dramáticos (como toda buena actriz frustrada), el cual aborda la vida alguien perdido (como toda buena psicóloga frustrada) la cual trata de buscar algo que perdió hace tanto, tanto que se le olvidó dónde lo dejo. Pero que en ese camino, el destino le tiene preparadas muchas sorpresas, las cuales hacen de su vida única (como toda romántica, cursi, masoquista que es).

Pero no, en realidad no es así. “No estoy viviendo una realidad alterna. Y creo que en el fondo no me gustaría que fuera así. Me gusta sentirme viva, me gusta sentir mi corazón latir cuando alguien me besa, me gusta disfrutar esa guitarra flamenca que me espera en los días especiales, me gusta la risa que me arrancan de los labios mis amigos… Me encanta sentirme viva, y apasionada por la vida.

Y aunque todo tenga contraluz, aunque persistan las malas rachas a mi camino, aunque me cueste cada respiración… Me gusta el olor de cada mañana, y de la tierra húmeda después de una torrencial lluvia.

Esas lágrimas que me saca mi pasión por la vida, son las únicas que tengo. Pero las que más agradezco. No hay luz, sin obscuridad; ni presente sin lecciones del pasado. Ahora, sólo tengo que seguir, hasta donde me alcancen los pasos, y el suspiro me de aire.

Soy vida, soy vida hiriente que lastima con sus espinas. Soy frágil ráfaga de viento que roza tu mejilla al despertar, y te cala los huesos por la noche. Ese primer rayo de luz en la mañana, que te deja ciego, para luego, dejarte ver los colores de tu andar. Ese suspiro de agonía que arranco en cada queja, esos pocos segundos de temperatura en el hielo. Soy tus mejores anhelos y deseos en una noche de pesadilla, y la mejor opción de tus males.

Tan sólo una vida más, por la cual moriré algún día, hasta que la pasión seque mis huesos”.