lunes, 26 de noviembre de 2012

Michelle, la chica de Liverpool.

A los pocos años empezó todo, más rápido que mis pasos. Recuerdo que era pequeña e indefensa, aún no llegaba ni a los cinco años cuando me hice consciente de gran parte de mi mundo. Claro, no fue fácil asimilar que mi familia no era la convencional pero era la que quería.

La ausencia de una figura paterna era cubierta con el velo representativo de todos a mi alrededor, desconfigurando todo por supuesto. Y aunque no estaba sola, aún no físicamente, me sentía así, incluso un poco abandonada.

Tenía cuatro años, ganas de crecer y no sentirme sola.

En realidad la música cubrió ese espacio, no hubo más que ritmos en mi vida, además de vagos juegos y pláticas cortas. Me acuerdo de las pocas reuniones familiares, las cuales muchas veces me intimidaban ante esas escandalosas personas que compartían las tardes-noches de los domingos. No eran especiales, pero eran tan cálidas esas palabras y risas. Aprendí, con ellas, a sentirme la menor de la casa, más o menos la consentida que merecía una infancia medianamente normal.

Luego, el baile, the Beatles y un poco de twist a los pies (magia supongo).
Esos días eran amarillentos, como esas nostálgicas mañanas de invierno.

Tras el ingreso al kinder, llego mi hambre por crecer, siempre responsable de lo que medianamente sabía que hacia el cuerpo portador. Mis amigos eran curiosos, todos pretendían jugar un rol de adultos, o de esa figura infantil calzando los zapatos de los padres.

Son pocas las anécdotas. Una se remonta a esos pequeños columpios hechos de llantas, eso sí de colores pastel. Me gustaba platicar como sí eso de la vida bastara, aunque en la realidad de cualquier persona mayor, sólo se detectaba ingenuidad con un poco de esperanza.

Recuerdo que traía un vestido rosa pálido, con zapatos blancos de moño y esa clásica batita con líneas rojas y blancas. El otro era un niño, creo que se llamaba Miguel, Mateo o Marco. Supongo que era divertido, porque no recuerdo el ítem de la conversación. Mucho menos recuerdo por qué estábamos solos a mitad del jardín, a pesar de que ya se había terminado el ansiado recreo. Éramos tiernos aún, de esos que gustaban dejar el tiempo pasar, sin saber de la existencia de éste.

Al regreso de casa era más vacío aún, pocas veces mi madre iba por mi, y dejaba esa tarea a mis hermanos mayores. Así fue que me convertí en la carga menor de la familia.

Las ocupaciones de los mayores se multiplicaron, las reuniones se distanciaron y Michelle, la chica de Liverpool, iba quedándose al fondo del cuarto.

Ahí me recuerdo. Tirada en la cama, viendo a través del vidrio, una vida ajena que adopte como la propia. Era gris la imagen, como cuando termina una fuerte lluvia y esperas a que llegue el arcoiris, mi primer arcoiris. Según mi memoria traicionera, ese día estaba llorando aunque los motivos se me alejen de las manos. Pero de repente todo estaba bien, vi hacia los árboles detrás del departamento mientras escuchaba el canto de las ranas y todo se tranquilizo. Presumo que ahí perdí algo, lo cual ignoro hasta hoy.

Me salto hasta la figura de Navarrete mayor, ese señor moreno, de espalda ancha, cabello de plata y ojos rígidos. Siempre me pedía que me agarrara fuerte de su mano para que no me perdiera (lección metafórica que hasta hoy me acompaña).

También era el que me daba dulces mientras lo escuchaba leer ese gran periódico, luego me platicaba algún episodio de sus años gloriosos de boxeo, un señor apodado 'el Polvorilla', ventas, fuerza y aprendizaje, y no terminaba sin pedirme que estuviera "bien vivilla" siempre. Éramos como dos abandonados en el mismo cuarto, una por falta de vida y el otro por ausencia de energía.

Al menos así era hasta que llegaban mis tíos Chalo y Noro, luego era puro grito, alegoría, cocina y aromas. Siempre estuvieron para hacerme reír con un chiste blanco que "le daban a la niña". Ahí eran mis sonrisas, siempre cosquillas y fiesta. Con mi tío Chalo era la pura diversión que me enseño la nobleza y lealtad, así como la riqueza de proteger y la nutrición de la felicidad. Y con mi tío Noro era el amor al conocimiento, a los retos y fronteras del saber, a dudar dónde parecía plano y la importancia del silencio.

Cuando se aparecían mis hermanos, el Chino y el Huevo (luego fue el Flaco de castigo) era juego, groserías y rock, mucho rock. De ahí mi curiosidad por el mundo, porque nunca me dejaban hacer nada.

En una ocasión, haciendo prueba fatal de la gravedad y el fenómeno del péndulo de la mecedora de Navarrete mayor, fui a parar de frente al suelo, sangre, dolor e inconsciencia de dos segundos. Se me quitaron las ganas de columpiarme (por un rato).

La niña siguió así hasta los siete años, tres cambios de escuela, y dos de casa. Cuando conocí que la soledad también se padece en compañía, a que puedes formar una propia familia con extraños y que el abandono llegaba después de llegar a casa.

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