domingo, 18 de junio de 2017

Ataque de ansiedad

No te voy a mentir… Me siento al borde del ataque de ansiedad y paranoia extrema… Bueno, ese último punto no tanto, pero sí me siento terriblemente.

No sé en quién confiar. No sé con quién me pueda acobijar en este momento, o quién pueda comprender todo lo que siento. Sigo con la idea de que te estoy rompiendo el corazón cada minuto que pasa.

Estoy loca, lo sé.

Te leo (el amor en tiempos de redes sociales, ¡demonios!), y siento que cada palabra es para y en contra de mí. Es mucho dolor, ¿sabes?

Aún te amo. No terminé lo nuestro por falta de amor, lo hice porque supe que no éramos quienes deberían estar juntos toda su vida aunque en algún momento lo llegue a pensar, e incluso, a anhelar. Eres una persona a quien nunca quiero olvidar.

Tus besos, tus abrazos, tu aroma, tu sonrisa y tus manos, tu forma de hacerme el amor y darme refugio. 

Todo eso.

Todo eso es más de lo que puedo soportar ahora que te quiero dejar de amar. Quiero repararme y tu risa me quema la memoria. Me siento sola, y no puedo estar con la persona con la que quisiera.

Quiero contarle a alguien todo lo que me pasa, lo que siento, lo que extraño. Y me doy cuenta que esa persona que necesitaba como un buen amigo ya no está, porque eras tú.

Y trato de encontrar a alguien para eso y me da miedo. Miedo de que no me entienda, que me juzgue, que se asuste, de que te diga algo que te provoque dolor. O que crea que eres lo peor que me has pasado cuando fuiste lo contrario –por pocas o muchas, por las mejores o peores razones-.

Borré esas fotografías y esos recuerdos tuyos y míos, no los soportaba. Era como un cuchillo cada vez que las veía o los leía. Empezar a recordar por qué lo decía, en qué momento había pasado eso, lo bien que estábamos, cómo me hacías sentir.

Era ácido en mi garganta.

Y ahora te leo, cada dolor en letras, y quiero irte a rescatar como lo hice durante estos cuatro años… Y no puedo ¡carajo!

Quisiera decirte que todo estará bien, que no escuches a los demás y a su venenoso punto de vista; que todo pasará y que volveremos a estar juntos y felices. Pero tampoco puedo.

Porque ni siquiera sé si puedo o lo quiero. No sé si yo sea capaz de seguir adelante.

Te he llorado, sufrido, respirado.

Como buena dramática, estoy tirada en mi cama sin poder salir al mundo real. Me obligo a hacerlo entre amigos, alcohol, ocupaciones, notas, datos duros, sonrisas falsas y maquillaje que borran el estrago de la sal de mis lágrimas.

Y ahí voy. No me dejo caer aunque por dentro esté deshecha. Hay amigos que se han ido en el peor momento de mi historia, otros que están pero que sé que no podrán entender, también están los que me dan miedo hablarles; y otros que sus palabras son huecas y sin sentido.

Pero aun así navego.

Pero tú, ¿y tú? ¿Qué voy a hacer para poder remediar todo? ¿Cómo puedo evitarte el sufrimiento que pasas? Quiero y necesito acobijarte, pero no tengo garantías y no quiero ilusiones falsas que terminen en algo peor.

Es más ácido. Antes y después, es ácido para mí.

Me dueles más tú que yo misma.

Apareces, me mandas mensajes con mi mote cariñoso. Eres lindo. Y no puedo responderte igual porque sé que sería peor fomentarte una idea en un castillo en el aire que a la larga no podré subsidiar.

Me odio un tanto por eso. Y te odio a ti por haberme provocado todo ese amor.

No puedo estar contigo. No puedes estar conmigo.

Fuimos egoístas. Cada quien por su parte. 

Tal vez para sobrevivir, tal vez porque todo el tiempo supimos en el fondo que esto se acabaría y que era preferible recoger pedazos que polvo.

No soy una santa. A veces soy peor, mucho peor de lo que aparento. Hoy, me siento la peor de todas las mujeres en el mundo. Soy horrible -¡te hice llorar, carajo!-.

Ni siquiera puedo pedir que no me odies. Que me perdones. Porque sería injusto. Pero si odio es lo que necesitas para dejar tu tristeza, hazlo. Por favor, ¡hazlo!

Me duele y seguirá doliendo. Pero sí así logras salir y ser feliz, y sonreír como el niño que eres, hazlo. Adelante.

Pégame en tu recuerdo, dime que soy lo peor que le pasó a tu vida, que nunca me amaste, que siempre me deseaste lo peor. Y luego bórrame de tus recuerdos. Déjame ir.

Yo me eliminé de la fórmula, de tu fórmula… Quiero que seas feliz con quien debas serlo. Quiero que encuentres a la mujer que ponga tu mundo “patas pa’rriba”, que le des todo lo que puedas, que sea tu diosa y con ella formes a tu familia. Y que no te guardes nada para ti mismo, que si te pide mariachi se lo des; que si te pide amor, le des a brazos abiertos; que si te demanda compañía, se la des 24/7.

Pero sobre todo, que te guste hacerlo. Y con ello, seas feliz. Que no me recuerdes, o que si lo haces, puedas pensar que fui un eslabón para llegar al extremo donde encontraste todo lo que en verdad querías y necesites.

¡Quiero que seas feliz! Aunque no sea conmigo. Aunque sea lejos de mí. Aunque me tengas que odiar en el proceso. Aunque yo tenga que mentir para que me odies. Aunque tenga que inventar una historia, que te la cuenten y me termines quemando en la profundidad del abismo, donde no merezca un lugar mejor.

Hazlo. Si lo necesitas, hazlo. A pesar del dolor, del machete que tengo clavado en la espalda, de la sangre corriendo por mis brazos, del frío que me consume… ¡Hazlo!

Solo porque sé que seguirás adelante.

Y aunque muera por abrazarte, olerte, seguirte amando, durmiendo contigo… Prefiero tu sonrisa, a pesar del alto costo y de seguir perdiendo.

Hay algo mejor adelante, para los dos. Yo lo sé. Aunque ahora todo sea profundidad y obscuridad, debe existir algo que sea mejor para los dos.

Te amo, lo haré. Te extraño, y lo seguiré haciendo. Pero hoy ya no somos dos, ni estamos dos. 

Eres tú, y soy yo. 

Lejanos. 

domingo, 11 de junio de 2017

Peor la despedida sin adiós

Sí, bueno. Esto de las despedidas… Es evidentemente doloroso, creo.

No es solo decir adiós, es mostrarlo para solo seguir adelante sin esa persona y todo lo que implica. Y puede que ello pase incluso cuando aún la persona está presente físicamente.

Hay sendas maneras de alejar a alguien, detalles que si los vieras desde afuera te darías cuenta que en realidad nunca estuviste totalmente presente. Es como si fuera solo fuera un trámite.

Como la ley del mínimo esfuerzo.

Justo creo que muchas de las personas que más he querido en la vida y que por innombrables razones se han tenido que ir, no se han despedido ‘formalmente’. Tampoco es que sea muy buena con esos momentos.

Lloras, pues, es algo inevitable (no soy de chicle). Luego me dan ganas de pedirles que se queden, porque podemos estar bien. Que no se vayan por el dolor que implica, que me dejarían sola porque no hay nadie más que cubra ese espacio que están dejando vacío. Un abrazo fuerte, y adiós.

Y aunque pudiera ser menos cursi (yo, claro) en esos momentos, nada más no me sale. Pero en sí, ese ya es un problema mío.

Pero pensándolo bien, duelen más aquellas despedidas que no tienen ‘adiós’ de por medio. Son esas lejanías de poco a poco las que terminan rompiendo todo.

Es muy sutil, debo decirlo. Es como si todos los días, durante equis cantidad de años, pasaras por una tela y jalaras uno de sus extremos. Al rato, te darás cuenta que ese lado está todo maltratado, tal vez haya cambiado de forma y de color, en el algunos casos hasta se rompe.

Se rompe.

También está la típica situación pasiva-agresiva, en la que la otra persona dice que se quiere quedar pero mientras te cierra la puerta. Te dice que te quedes, pero te empuja los zapatos. O qué tal que te dice sí pero no cuando (ajam).

Ahuyentar también es una forma de despedir a las personas. Para que alguien se quede, debes de mostrar que es bienvenida y no despedida.

Y ahora... Prefiero llorar frente al aeropuerto o en la estación de camiones, a que me abracen y me rechacen a la vez.

Justo hoy platiqué con una persona a quien le lloré cuando me dijo adiós. Y vaya que se despidió como unas cuatro o cinco veces (aunque me encantaban las bienvenidas y regresos, debo confesar).

Me dijo, “¡Tooonta! No te quedes ahí. Respira, piérdete –eres buena en eso-, sonríe y ya. No tienes que quedarte en donde no te quieren y tampoco donde no se preocupan por demostrar lo contrario”.

No es que me dijera algo que no supiera desde el principio -nunca me ha gustado llegar a una fiesta a la que no he sido invitada previamente-, pero lo cierto es que duele más que te lo diga alguien que también se fue.

Además de unas cuantas groserías, insultos cariñosos, y palabras ignoradas a propósito, me di cuenta que tenía que decirlo porque si se quieren hacer cambios, se debe empezar de inmediato (¿no?). También fue por mi estúpida sensibilidad.

“No te hubieras ido. Te hubieras quedado y nada de esto pasaría. Me estarías abrazando, escuchando música –otra vez de tus discos o los míos, de vinil-, y sonriendo como los tetos que éramos. Los dos desde un departamento obscuro en un segundo piso, mientras yo fumaba adentro y llovía afuera –y no al revés como pasa ahora-“, sí, se lo dije sabiendo que venía una retahíla por delante.

Pero pues él se fue, y yo me quedé. Y luego vinieron más que también se fueron, algunos sin adiós, pero todos con una despedida amarga.

Giré mi cabeza por los dos lados. Observé. Callé. Y solo una lágrima se asomó.

De nuevo, se habían ido y me quedé sola.



Creo que es momento de conseguirme un perro.


Aquí termino para reír de la ironía. 


"I'm a man
Holding the weight of love
But without it my strength just isn't enough
So strike down on me, on me"