Uno no sale de los momentos sin lastimarse, sangrar y sacar
lo mejor de lo peor. De lo contrario, solo viviríamos tres meses y –luego-
gracias por participar.
Somos sobrevivientes.
Tenemos la habilidad de rompernos y rearmarnos. Ser una
nueva versión de nosotros mismos. No de esas que mencionan los que gustan de
cobrarte por la obviedad, sino de verdaderas etapas y ciclos que se cierran
conforme vamos adaptándonos a nuestro entorno.
Pasamos por una serie de brotes de metamorfosis donde solo
lo esencial queda.
Me he roto tantas veces como he crecido. He cambiado tanto
que la mujer que soy ya no soy la niña de ayer. A veces no la puedo reconocer
en el espejo.
Y estoy pasando por ese duelo. Por desear el pasado sin
soltar el futuro.
He estado ahí. En este momento. Mil y un veces. Y lo volveré
a estar. Lo prometo.
Hace unos años me rompí. Totalmente. No hubo más que cenizas
con aroma a cigarro, cerveza y sal. Y me quedé sola. Mi círculo de seguridad se
me cayó, desapareció. No supe bien por qué, incluso hoy lo desconozco.
El hecho de que “te portes bien” o “seas buena gente”, no
siempre será pagado de la misma manera. Y está bien.
Así es la vida. Y, en serio, está bien.
“When you try your best, but you don't succeed
When you get what you want, but not what you
need
When you feel so tired, but you can't sleep”
En ese momento, en un ejercicio de auto-abrazo, un
auto-apapacho (no encuentro otra forma de explicarlo) pensé en todas esas veces
que estuve sola en mi vida. Y topé con el hecho de que salí adelante, llorando
pero lo logré.
Sangrando pero lo logré.
Aprendiendo pero lo logré.
En ese momento, supe que saldría adelante a pesar de toda
esa nube de pesimismo, de dolor, de melancolía y de soledad.
No pasa nada. (Claro que pasa, pero vamos... ¿es tan grave,
de verdad?).
“Tears stream down your face
When you lose something you cannot replace”
Hace un año mi niño se rompió. Entre mis brazos, con los
ojos vendados, supe que algo no estaba bien. No, no lo estaba.
Lo vi sufrir. Lo vi llorar. Lo vi sintiéndose solo,
vulnerable. Ignorado.
Y no, no estaba solo. (¡Maldita sea, no lo estaba!) Pero sé
que así se sintió.
Abandonado.
Mi labor desde entonces fue desarmar, limpiar, sanar,
recuperar y avanzar. Con coraje, con lágrimas, con malos pensamientos y deseos,
con llagas, con ternura, pasión y entrega. Amor.
Me toca reparar. Sobre todo, a enseñarle cómo repararse él
mismo, de poco a poco, paso a paso. Sin estar solo, sin sentirse solo. Enseñarle
a no estar solo porque no lo está. Pero que si necesita estarlo un momento,
también está bien.
“Lights will guide you home
And ignite your bones
And I will try to fix you”
Ahí vamos. Ahí él va aprendiendo a crecer y a que el mundo,
en realidad, no es tan malo como él cree. Que, a pesar de toda la mierda que
vio y sufrió en su corta vida, puede sacar lo mejor y disfrutar sus días sin
miedo, con alegría, agradeciendo.
Que no todo es blanco y negro. Y que eso, también está bien.
Y que él está en su derecho de cambiar. Cambiar para
sobrevivir. Sin dejar de ser. Sin dejar de sonreír.
***Es sabido que Chris compuso Fix you para su esposa, Gwen,
después que ésta última perdió a su papá y atravesó por una fuerte depresión
debido a ello. Como apoyo, una expresión de amor. Y sí, puedo entenderlo
totalmente.
A veces la lluvia crece y se convierte en tormenta. Y
después en huracán.
Cansancio. Culpa. Dolor.
Todo eso y más.
Las imágenes vuelven a mi cabeza todo el tiempo. Me pregunto
por qué pasó, cómo es que no lo pude detectar, por qué sucedió todo. Si fui yo
la responsable…
Culpable no. El culpable de una violación es el violador, no
la víctima; el culpable de un abuso es el abusador, no la víctima.
Entonces, ¿por qué siento que fallé? Aún quema la pregunta
meses después. Aún lloro por las noches cuando todo se apaga y no se escuchan
los gritos.
Mi tío en el hospital sin caminar.
Mi madre en una ambulancia inconsciente.
Mi tío sangrando.
Mi tía perdida sin memoria.
Yo sola. Mi marido solo. Los dos en el mismo auto, de noche,
viendo a los ojos de nuestra pesadilla.
Puedo entender por propia experiencia por qué la cultura de
la denuncia en nuestro país está perdida. La abogacía es cara, dudosa. Las
autoridades van a tiempos terriblemente cuestionables.
La corrupción. Los malos tratos. La falta de empatía, de
sentido proactivo, de las ganas de ayudar. La ausente comprensión hacia las
víctimas y el acceso a la impartición de justicia.
Siento que estoy diciendo algo que todos saben, que todos
denuncian, pero que poco se resuelve.
Se siente el agotamiento de luchar contra la corriente, de
ser un pez ingenuo que va nadando rumbo a la boca del tiburón. Esa impotencia
de imaginar que no saldré completa de esto. Que fuimos heridos y que la
cicatriz nunca se borrará.
Me carcome pensar que podría no alcanzar a la justicia. Que
el monstruo sería liberado, que atacará a más inocentes, que se repetirá la
pesadilla otra vez, en otros escenarios, en otros lugares. Que habrá más
víctimas.
Y poco eso importa a quienes lo pueden resolver. O al menos ayudar
a resolverlo.
Porque solo hacen caso a las bajas múltiples, a los bloqueos,
al escándalos, a lo sucio, al dinero, a los favores, a la política, al voto, a
la limpieza de imagen, a los intereses ocultos. A seguir siendo sin que nadie
los vea, pero demostrando que ya no lo son o que nunca lo fueron.
No vamos de la mano, son solo pasos dirigidos a rumbos egoístas. Que no saben el daño que han dejado hacer, que indirectamente han permitido, que han dado espacio a que hoy tengamos a nuestros hijos en terapia sin poder ser los que eran hace un año. Lastimaron lo más sagrado que puede existir en este planeta. Porque son responsables también
Porque se pudo evitar.
Maldita impotencia. Maldita frustración. Malditos quienes le hicieron
daño a los corazones inocentes.
Tenemos la manía de expresar nuestras emociones a través de la música. Y si bien no sabemos más que tocar la puerta, si nos gusta agarrar nuestros discos, viniles, cds, cassettes, MP3 o cualquier dispositivo, subir el volumen a todo y perdernos durante horas.
También, por eso, a muchos de los Nieto Rodríguez nos gusta bailar.
No era la excepción mi prima Laura, quien de pasión tomó al flamenco entre sus brazos y lo hizo suyo hasta que su esclerosis múltiple se lo permitió. Ayer justamente cumplió un año lejos de nosotros. Ahora está donde no podemos alcanzarla físicamente pero si dónde algún día terminaremos todos.
A ratos, las preocupaciones de la vida diaria, y que últimamente han sido muchas y graves, me distraen de su memoria. Me alejo un poco del vacío que dejó, de lo que representa su memoria en mí. Pero de un momento a otro, su distancia me cae como balde de agua fría sobre la espalda.
Hoy fue gracias a la radio, mi fiel compañera en los mejores y peores momentos de mi vida. Con música.
Cuando era muy pequeña (soy la última de los primos), solíamos festejar las fiestas decembrinas en casa de mi Tío Toño, en la hermana república de Aragón. Allá, todo tenía un sonido alto y fiel gracias al complicado pero hermoso equipo de sonido que con años de trabajo, mi tío fue armando de poco en poco. Había aparatos traídos desde Japón, y LP comprados en La Merced.
Un conjunto de contradicciones ideológicas como solo nosotros podríamos serlo. María Conchita Alonso, Big Bands, The Doors, Ray Charles, Enrique Guzmán, todo en una sola tarde.
Pero conforme el día iba cayendo, la música se iba renovando hasta detenerse en los fosforescentes ochentas. Lo cierto es que aunque me gusten muchos de sus one hit wonders, hay muchas piezas que ubico y otras no tanto. Pero sí les aseguro que hay un grupo, dúo más bien, que taladra y llena de sabores mi cabeza: Wham!
George Michael es -por su puesto- una de las grandes figuras de esa época, no sin menos mérito aunque gran discreción de Andrew Ridgeley. En mis primeros años de vida, recuerdo que mis hermanos pegaron en su cuarto un póster del Make it big, e imaginaba que ese par eran Óscar y Eduardo (uno lacio, flaco y de facciones finas; y el otro de cara cuadrada, pelo chino y largo).
Con mis primas -contemporaneas de los gemelos- era lo mismo en cuanto a gustos melonamos se refería, aunque al final terminaban por escuchar Culture Club.
Un recuerdo de aquellos tiempos me pegó mientras esperaba a que mi cría despertara del sueño que lo asaltó en un viaje en auto. Eran aquellos dulces años de paz, todos en familia hablando, gritando, riendo, discutiendo, cómo éramos llenos de vida y amor. Mis primas y hermanos se habían apoderado del aparato y oían su música justo antes de agarrar la batería y hacer pantomima de un grupo que nunca llegó a concretarse.
Laura cantaba a la par que George. Tan claro como sus años de enseñanza lingüística se lo permitían.
La escuché tan fuerte como en aquellos y lejanos minutos. Luego recordé su risa y el cerdito que se le salía en los ataques de carcajadas.
Después de más de 30 años de ese día, hoy la extraño, toda completa, como una de las mujeres de mi casa. A esa luchadora incansable y sonriente. A esa hija que cuido a su mamá hasta los últimos días que el cáncer de mama le dio. A ese frágil ser humano que cuide a veces en el hospital.
A ese pilar que hace un año nos dejó pero no así sus recuerdos ni su amor.
Hoy, en medio de problemas, litigios, miedos, luchas, enfermedades, en ella recuerdo quiénes somos como familia. Como luchadores, como hijos y nietos de Navarrete y de Rodríguez.
Mientras tanto, la canción finaliza. Y yo me pierdo un segundo en el vacío.
De esas con las que creces y maduras. Con las que juegas y descubres; luego tomas, bailas y te desvelas.
De las que quieren algo diferente, un sentido de la vida aparte.
De repente, ella dejó todo y cambió.
De repente, se alejó y se ocultó para que yo no la viera crecer y envejecer más.
Alguna vez tuve a un amigo
De esos que te dan la mano en los momentos difíciles. De esos que están ahí cuando menos te lo esperas. De los que tomas un café para redescubrir el mundo y sus tonalidades.
Con los que retomas la vida y una cerveza.
De repente, le tocó irse sin siquiera despedirse.
Alguna vez tuve a una amiga.
De las que confías desde siempre, que te enseñan y con las que platicas.
Con las que avanzas.
De repente, creyó en esas cosas en las que únicamente las personas solas creen. En esas tonterías que malinterpretan solo por no querer ver lo que había enfrente.
Idas y venidas. Hasta que nunca más fue.
Alguna vez tuve un amigo.
De esos que te hacen reír, llorar, platicar y debatir. Con los que te gusta salir. Con los que te sientes en hermandad. Protegida.
De los que no quieres perder.
De repente la conoció y la vivió. Tiempo, distancias, ausencias.
Y así se fue, lo perdí como se pierden a los grandes amigos, con y por un gran amor.
Alguna vez tuve a un amigo.
De esos con los que te diviertes, tomas y sales. Con el que caminaba kilómetros y kilómetros hasta no querer separarnos.
Era mi amigo y pasó algo. Que ya solo no es mi amigo sino que ya no nos separamos.
Y ahí siguen los kilómetros sonriendo bajo nuestros pies.
Alguna vez fui una amiga.
De esas en las que confían ciegamente, de las que acompañan a cualquier hora y lugar, de las que pueden eliminarse de la ecuación.
De las que escuchan y que gustan preguntar, de las que están incluso en la ausencia.
De repente, se miró al espejo y notó soledad en sus ojos, lágrimas en las mejillas y palidez en sus labios.
Dejó de llamar, de buscar, de nombrar y de caminar. De creer.
¿Así se sienten todos? ¿O solo soy yo que me flagelo cada vez que cometo un error?
Pasan los días, las semanas, los meses, los años… y aún pesa cada uno (y todos) de los errores cometidos.
En el trabajo, en la casa, con los amigos, con el hijo, consigo mismo. Todos. De una vez.
No solo es un pensamiento recurrente, es un sentimiento permanente. No lo dejo ir.
Hago escenarios, unos imposibles y otros no tanto. Me creo la historia y personajes de las consecuencias de mis actos. Los "hubiera" de mis lados b. Todo me bombardea.
"Tranquila Pamela, eso ya pasó… Y así tenía que pasar". Ajá, sí, ¿Segura?
No hay mayor juez que uno mismo. Siempre ha sido así.
"¿Segura que fue lo mejor?" Pues… tal vez, pero nunca lo sabrás.
Desde hace muchos años he sido así. Mis errores en la oscuridad, los analizo hasta el cansancio.
Pero hay otros que parecieran serlo y, hasta hoy, no encuentro el por qué. En realidad no lo fueron, lo hice bien, como pude en ese instante, como me demandaba la situación y consciencia.
Y en el acto, así fue. "Cálmate, estuvo bien".
El error es subjetivo, ¿entonces? Pues bien, así se leerá.