sábado, 21 de septiembre de 2019

Hubo un tiempo...

Esta es la última vez que dedico unas líneas. Y sí, es porque lo necesito.

No te mentiré, es a cambio de algo más. Es porque estás en mi pasado aunque siento que te aferras a mi presente. Y no puedo darte ese espacio, ya no.

Estoy a punto de iniciar algo más, algo más especial y permanente. Me gusta la idea, para serte sincera. Pero siento que no me sueltas y necesito volar con menos equipaje.

Tengo que confesar que te tengo en un bonito lugar entre mis recuerdos. Aún puedo identificar todos esos lindos momentos que compartimos un día y que nos hicieron especiales. Te amé como una loca, de verdad que lo hice. Pero todo eso se acabó un día, lo postergué hasta hacerlo mortal y finalmente terminé con todo a pesar de que casi me mata.

Fue una de mis épocas más oscuras: sin amigos, sin metas, sin objetivos, sin ganas de respirar, sin ti.

Hablamos, trataste de regresar. Te dije que no, más de una vez porque sabía que las cosas no iban a cambiar. Lo supe porque nunca me lo dijiste, tú buscabas retomar lo mismo pero no cambiar lo malo. Hubo alguna ocasión en que pensé que llegarías con mariachis cómo te lo pedí en el pasado... Pero no fue así.

Hubo quienes me hablaron de tí, me dijeron de esas veces que supuestamente hablaste mal de mi, que me engañaste más de una vez, que inventaste decisiones que no tomé y que me ocultaste información y mentiste. No sé si lo hiciste, tampoco hizo más fácil mi agonía. A estas alturas solo tú lo sabrás.

Pero todo eso lo pasé. Logré sobrevivir y respiré de nuevo. Me llené de nuevos objetivos, trabajos, amigos, tiempos y cariños. Empecé a sonreír de nuevo todo el tiempo, no por compromiso o por no querer preocupar, sino porque me sentía bien.

Luego me aventuré a salir del nido y encontrar nuevos mundos. Y en el camino me enamoré de nuevo, no más pero sí mejor.

No obstante, no ha sido fácil. Nada. El miedo de que yo no sea la persona adecuada para mi pareja persiste todos los días, el temor de que caiga en la ley del menor esfuerzo me hace temblar. Es algo en lo que tengo que trabajar aún. Me dejaste marcada, con grandes cicatrices y monstruos que aún no puedo controlar.

Pero hoy entiendo que me tienes rencor, no quieres saber de mí y que preferirías que no existiera en tu vida. No te culpo, entiendo que tampoco fue fácil para ti. Veo que has hecho cosas que conmigo nunca quisiste hacer, que has viajado y ampliado tu mundo. Me da gusto que hayas visto que hay más por ver afuera del muro que quisiste construirte y que nunca me dejaste traspasar. Quiero que seas feliz y vuelvas a ser sonreír. Te lo mereces. No tengo más que desearte miles de bendiciones para ti y tu familia. Espero que te vuelvas a enamorar, tal vez no más pero sí mejor.

Pero mientras, necesito dejar de esconderme en las calles, dejar de evitar zonas o temer un encuentro contigo. No puedo más, es desgastante y me siento tan cansada de lo mismo estos más de dos años. No puedo tampoco hacerle eso a mi novio, no es justo.

Por eso te digo adiós y que Dios te bendiga y acompañe.

Algún día te dejaré la bolsa con tus cosas que aún conservo. Y quiero que entiendas que no será cobardía el que no te busque para dártela, sino que entiendo que no me quieras ver.

Mientras, gracias por todo, sonríe y sé feliz.

sábado, 17 de agosto de 2019

Tal vez sea una mala feminista, pero...

Me gusta que las mujeres griten, exijan y busquen lo que por derecho les merece. Porque es cierto: nos están matando, violando, violentando, haciendo sentir vulnerables.

De ahí la necesidad de marchas, movilizaciones o plantones. En esta o en cualquier otra ciudad del mundo. Pero después de lo que vimos este 16 de agosto, durante la marcha feminista contra la violencia contra las mujeres, no creo que sea la respuesta. Porque luego de los destrozos, vidrios rotos, incendios, gritos, golpes (innecesarios); hoy aún me siento insegura de usar vestidos o shorts, tomar taxis o caminar sola por la noche.

No me mal entiendan, también he sido testigo y víctima de esa violencia de género. Una amiga muy cercana y querida fue violada por un vecino mientras regresaba a su casa del CCH; la víctima dejó su casa cuando terminó la condena de ocho años de prisión por miedo a represalias. También en Veracruz una amiga, con siete meses de embarazo, fue asesinada por otra mujer que le debía dinero. 

Cuando tenía 11 años, la primera vez que usaba el transporte público sola, un adulto mayor me manoseó las piernas. Eso sin incluir las veces que he tenido que aguantar los chiflidos, vituperios, albures y malas palabras en la calle; o las ocasiones que tuve que atravesar la calle por miedo a que me hicieran algo más adelante, o la necesidad de buscar un lugar público para que me dejen de seguir. Incluso en el trabajo he soportado comentarios desagradables sobre mi cuerpo, he declinado invitaciones a "cenar" con jefes, o a defender mi trabajo porque "es mujer, qué va a saber". 

Y con todo esto, aún no entiendo en qué esos brotes de violencia nos servirían a terminar con esa triste realidad.

Platicando con varias feministas, desde las académicas hasta las autodenominadas, llego a una conclusión: la respuesta no es excluir sino incluir. Mientras que subrayan que los hombres no son el enemigo ni las mujeres somos superiores a ellos.

Por eso mi falta de empatía con el hecho de que los hombres no son incorporados a estas protestas. Se quejan de que no son comprendidas pero tampoco los invitan a la lucha.

Y eso se debe, también, a que se teme la infiltración de provocadores, esos grupos de choque que manchan y desvirtuan las causas con conatos de violencia. Eso sin contar a los autodenominados anarquistas (que de verdad, nada de eso tienen) y que solo tienen ganas de ver al mundo arder.

Pero, por otro lado, hay hombres que quieren ayudar, son feministas y que respaldan esa lucha. Porque nos quieren ver vivas y plenas. Conozco algunos de estos sujetos.

Y esos 'algunos' también son periodistas y trabajadores de medios de comunicación que, por cierto, fueron agredidos por integrantes de esa movilización bajo el argumento de que "se había pedido que solo mujeres cubrieran la marcha". Eso no justifica sus actos, es más, suena a amenaza. Lo peor del caso es que hubo compañeras que fueron golpeadas y violentadas durante el cumplimiento de su trabajo.

Les explico algo: desde las jefaturas de información se prefiere a reporteros (hombres) por cuestiones de seguridad ya que en las marchas pueden surgir agresiones. O incluso puede ser que el número de reporteras dispuestas a cubrir son pocas. Solo por eso, no es un tema de género.

De cualquier modo, me parece que -igual que las mujeres- nuestros compañeros y compañeras periodistas merecen estar seguros durante su jornada, bajo cualquier circunstancia.

No soy de hule. Y entiendo totalmente que estos destrozos se deben a una furia contenida e impotencia ante tanta falta de seguridad, por esas mujeres que fueron silenciadas y cuya vida fue acortada de la forma más vil y cruel. No, no lo merecían en lo absoluto.

Me siento terriblemente por ese escenario gris en el que crecerá mi hijo o hija, ya que podría cuidarlo pero no garantizar que el gobierno lo proteja y le dé justicia. Temo por su seguridad.

Pero puedo confiar en que la educación que le brindaré es de respeto, no por el hecho de sean mujeres sino porque son seres vivos. Así de simple.

Lo que me queda claro es que necesitamos un marco jurídico que sí nos haga justicia, cero impunidad, y que sea garante de nuestros derechos más básicos. Lo digo como mujer, como madre, esposa, hermana, periodista, trabajadora, mexicana y persona.

Seguiré gritando por aquellas voces que hoy ya no se escuchan, por las víctimas de violencia e inseguridad, por aquellos que han sido echados por menos. Para que no haya gobierno que se haga el desconocido, que sea flojo y ciego, que trabaje por el bienestar de todos, hombres y mujeres.

Por eso el "Así no". No es porque nos duela más una pared, una parada de Metrobús o un monumento histórico, es porque con las pintas, cristalazos e incendios no se garantiza que se resuelva el problema pero sí obstaculiza la solución. Al menos, unos lo usan para justificarse.

Sean más listas que las circunstancias. Seamos. Por el bien de todas.

domingo, 3 de febrero de 2019

Ni una más, ni una menos... Pero somos todos


Hace un tiempo alguien me preguntó que si era tan serio el tema de #NiUnaMás o #NiUnaMenos ... La verdad es que no me molestó su pregunta sino me pareció interesante al reflexionarla mejor.

Y es que es un asunto que se tiene que dimensionar adecuadamente para lograr entenderlo. Por ejemplo, lo hombres jamás imaginarían el problema mental que implica para nosotras el vestirnos; y no en un tema de modas, es más bien saber con qué prenda es menos posible que nos falten al respeto en la calle.

Es por eso que cargamos con un pantalón extra en la bolsa, sobre todo si ese día decidimos usar vestido o falda, y tenemos que subir al Metro o transporte público. La verdad es que yo no uso tacones porque prefiero estar cómoda por si necesito caminar rápido o hasta correr.

Además del miedo de sentirte vulnerable ante un asalto por la noche, tenemos otros por si nos violan, meten mano, secuestran o “desaparecen”. Eso sin contar la incomodidad de andar cerca de una construcción, tienda o fábrica donde hay mayoría masculina (incluso vistiendo pants o ropa floja). Porque seamos sinceras: un “sabrosa”, “mamacita”, “qué rica” o “mi amor” no son piropos o sentencias halagadoras, mucho menos las miradas lascivas.

Es ridículo que nosotras tengamos que sacar las llaves una cuadra antes de llegar a nuestra casa por dos motivos: no perder tiempo al abrir la puerta, y tenerlas para protegernos ante cualquier asalto (¿los hombres lo hacen?).

Hay veces que vestimos ropa floja como suéteres, chamarras, sudaderas a pesar del terrible calor por miedo a que nos digan algo. No es cómodo vestir un short, falda, vestido que quede por arriba de la rodilla, sobre todo si tenemos que cruzar un puente o subir y bajar escaleras.

No se diga si hablamos de horas de salida porque hasta ‘toque de queda’ proponen. Aquí vale la pena señalar que no es una propuesta salida de la nada, tenemos muchos pretextos para validarla equivocadamente.

Me refiero a esos “una niña de casa no sale de noche”, “hay que darse a respetar”, “es que se lo gana por la hora en la que sale”, “también ve cómo va vestida”. No me imagino a un hombre bajo estos señalamientos.

“Ve qué playera tan corta viste”, “si no quería que le hicieran nada por qué se puso esos pantalones”, “es que iba solo por la acera”. ¿Les han dicho, mis queridos amigos?

Yo sé que suenan tontas esas preguntas, pero existen (al menos para nosotras). No tendríamos porqué cargar con un gas pimienta en la bolsa, saber defensa personal, ni esperar a que salga un compañero del trabajo para no tomar el bus sola, cuidar qué vestimos para que no nos hagan daño, ir por el extremo de los asientos en los camiones para salir disparada corriendo, pegarse a las puertas en el Metro o ir recargada en la pared con la bolsa/mochila por enfrente, cerrar nuestros dormitorios con llave, o someternos a las órdenes "amorosas" de alguien más.

Si a ustedes (hombres) les nace cuidarnos porque nos pueden hacer algo, imagínense el miedo que sufrimos al saber que podemos padecer ese “algo”.

No es una cuestión de cifras (podrían ser una o miles de mujeres violentadas), es una cuestión de humanidad.

Y lo digo porque he sido víctima de estos abusos. Cuando tenía entre 10 y 11 años, un adulto mayor me tocaba la pierna constantemente cuando íbamos en el mismo asiento del transporte público. Vestía yo mi uniforme de primaria, y era la primera semana que me regresaba sola de la escuela a mi hogar. Hasta la fecha no considero irresponsable a mi madre o a mis hermanos por no llevarme, ni me autocondeno por no saber defenderme (¡era una niña!); soy consciente del reprochable comportamiento del tipo que se le hizo fácil (y bueno) tocarme de esa manera. 

Poco después, caminando cerca de mi casa, una amiga y yo nos encontramos de frente con un joven que se venía masturbando. “Perdón, pero era necesario”, fue lo que nos dijo. Y a los meses, otro sujeto también se daba mano al interior de su auto mientras observaba a mis amigas y a mí (de entonces, 13 años).

Desde entonces hubo comentarios morbosos en la escuela, trabajo, taxis, camiones, en mi vecindario, calles. Y el consejo presente “es que no te vistas con escotes”, “deberías de usar una sudadera larga”, “no andes sola por la calle”, “para que andas a esa hora afuera”. Todo, al parecer, apuntaba a que yo era la responsable del morbo de los demás. Siempre me pareció una reverenda estupidez.

Es lo mismo para mí que para todas. No deberíamos tener miedo de subir a un taxi, salir de la escuela, dirigirse al trabajo, visitar a los familiares, estar de fiesta, tampoco tendríamos que pedirle a un amigo que se haga pasar por nuestro novio, ni que te acompañen después de las 9 de la noche a la casa, o que te defienda de "un mano larga". No. de verdad es que no.

Podemos hacernos responsables de nuestras actitudes, pero no de las ajenas. Me parece injusto que nos lo encarguen.

En sus términos, ¿sería su culpa que los asaltaran si salen de trabajar a las 10pm?, ¿que los violen por lo ceñido de su camisa?, ¿que los maten solo porque no quieren testigos de su propia violación?, ¿o que los toquen sin su autorización?

Lo cierto es que no es una cuestión de género. Ustedes, hombres, también son víctimas de abusos sexuales. E igual los defenderé como a las mujeres, con la misma demencia que hoy me lleva a escribir esto que –espero- sirva para aclarar el punto.

No es exageración, créeme no lo es. Pero igual vale la pena que sea explicado.

Solo por si las dudas (o por si se les olvida).  

Hey, what have I got?
Why am I alive , anyway?
Yeah, what have I got
Nobody can take away?


domingo, 20 de enero de 2019

Amor y sentimientos (a tener en cuenta)


Nunca he sido esa chica por la que otro chico pierde la cabeza, ¿saben?

Sí, de esas a las que les llevan serenata, les leen de noche o les dedican una carta verdaderamente melosa. O de las que vuelven loco a un hombre. No, simplemente he sido yo, una mortal más.

Cuando era niña solía pensar que el amor era algo con los que todos nacen, y que por eso había que ayudar a los demás. Era algo más fraternal. Pensaba que los grandes arreglos florales eran solo para “otras”, no para mí (porque tampoco era de las cuidaba las plantas en maceta, incluso se me secaban cuando tenía alguna); o que esas peticiones de rodillas estaba muy alejado del futuro.

Tal vez por eso nunca me visualice con alguien, casada o con hijos. Muy pequeña deje de pensar en los nombres de los hijos que tendría (o cuántos serían), en el color de la casa en la que habitaría, incluso en la raza de perro que cuidaríamos todos. Me imaginaba en un departamento en Reforma o Insurgentes, llegando muy de noche y cansada del trabajo en alguna estación de radio. Sola.

Y no es que me faltara un ejemplo de amor. Pero simplemente ese chip no se desarrolló. Tampoco era de las que creía en el príncipe azul que me rescataba de una gran torre o que luchaba contra dragones para luego vivir un “por siempre feliz”. Nunca me gustó (y hasta la fecha) idealizar a personas, creo que porque he sido consciente de que todos tenemos defectos y virtudes, las cuales se podrían sufrir o disfrutar, pero nunca nada es perfecto. Era solo lo que era: realidad.

Quizá eso me ha ayudado a perdonar, a veces en demasía. Pero también me hace pensar que no todo tiene un final feliz, y no lo espero.

Cuando adolescente, en ese primer amor que inevitablemente te rompe el corazón, pensaba que tal vez estaba equivocada y que todo podría estar bien. Sin embargo, la razón me llegó. Pero tras el paso de los años, solo creo que era lo que necesitaba; se trataba de un baño de agua fría. Además era todo dramatismo, rompíamos y regresábamos, nos gritábamos y luego todo quedaba en el olvido. Al final de cuentas, creo, que no era verdadero amor sino la necesidad de sentirse amado, bien o mal pero amado.

Luego vienen y van personas, importantes o no tanto, pero pasan. Seamos sinceros, nunca una relación es totalmente buena, pero te permite aprender y a formar ese imaginario sobre lo que quieres o no en tu próximo enamoramiento.

Y en esa última ocasión, todo el inicio superó tanto mis expectativas que en verdad creí que podría pasar, que podría congeniar con alguien y vivir con esa persona hasta el final de mis días. Envejecer contando chistes y de la mano caminar por algún supermercado un domingo por la tarde.

Pero pues no. No pasó. Se acabó todo tan rápido que tardé muchísimo en darme cuenta que solo yo creí en eso. No, corrijo. Que solo yo luchaba por eso, porque el otro cayó en el error de darme por segura, y que pasara lo que pasara ahí estaría yo. Lo cierto es que eso no pasa, una relación nunca es sencilla, es más complicada de lo que se podría pensar porque son dos universos totalmente diferentes haciendo colisión. Por eso supongo es importante creer que son dos contra el mundo, y entenderlo bien.

Total, ya pasó. Ya perdoné, aunque eso no significa que podría regresar a lo mismo. Porque sé que pasaría lo mismo. Honestamente no tengo tanta fuerza ya.

Y esos remanentes de fuerza me dan para construir algo más modesto y pensado. Que tal vez dure más, o poco pero mejor. Ese “siempre” se hizo flaco de nuevo.

Pero, no puedo dejar de pensar que no soy esa chica por la que un hombre pierde la cabeza, por amor. Y sigo pensando, muy en el fondo, que tal vez es lo que necesito: un amor que quema. Pero la razón, muy creciente, me dice que es mejor reservar esos anhelos.

No me malinterpreten, no es que sea negativa o atraiga ese tipo de vibras. Más bien es un deseo que veladamente guardo en el espejo de mi realidad. Porque en realidad lo quiero más de lo que me gusta admitir, pero el percibir lo contrario hace que me desmorone por adentro.

Tal vez solo espero demasiado.
  
And now you've got me here, aware. I see through the innocence.
I know the way is getting hard but it's sold away for losing crib.
Music keeps me spirited, but nothing can compare the way