jueves, 5 de mayo de 2011

Una vez más.

Dos veces timbró el teléfono, y a los segundos tu voz me alcanzó.


Y aunque todo es pasado, tenía poco más de un año de no oirte y martirizarme. El problema no fueron los recuerdos o los sentimientos guardados. Más bien -y como siempre- fueron las palabras.


Muchas veces afecta más un "te quiero" y un "te extraño" que mil bofetadas. Esta veces, dos frases que deberían se ayudar el alma, pulverizaron a mi corazón, más que frágil en este momento, he de admitir.


Hace un par de días, renuncie a tratar con criaturas masculinas que sean demasiado complicadas para mí; digo, no es sano para mi. Y justo ahora se te ocurre re-aparecerte en mi vida, tan tranquilo, tan libre de culpas, tan tú.


El punto de tu llamada, como siempre, es saber de mí. Saber si ya te he olvidado, o por qué te he descuidado tanto. Preguntas por mi madre, por mis hermanos, incluso por mis amigos, te muestras celoso de las personas con las cuales salgo, incluso me reprochas que si te he guardado "por fin" en el baúl de los recuerdos. Mi respuesta, como siempre desde hace cuatro años, "es de ahí de donde nunca debiste salir".


Me empiezas a bombardear con preguntas indiscretas, luego cuestionas mi voz distante, el por qué no estoy contigo... Viene tu primer extrañamiento, te contesto con una pregunta evasiva. Luego reinician las preguntas, ahora sobre nuestro mundo, nuestros amigos, nuestras risas...


¿Qué no sabes el daño que me causas?, ¿no imaginas que entre más trato, no puedo librarme de tí? Eres molesto, y lo sabes, y por eso es que me buscas. No sé quién pierde más su tiempo, si tú en marcarme, o yo en iniciar mi carrera de respuestas furiosas y pasionales.


"Tan sólo olvidame", te digo, enseguida quiero colgar y terminar el martirio, pero rematas con un simple "te quiero"... Ahora es silencio, te ríes del otro lado de la línea y del país. Cuestiono tu risa, ahora mi voz está nerviosa y se quiebra. "Tú siempre usando los silencios como una forma más de interpretación", la bocina superior réplica. Te quiero odiar, pero lo único que logras es que te insulte entre risas que llenan mi habitación y mi corazón.


Acto seguido, empiezas a cantar. Al parecer, te sienta bien eso de los idiomas. En francés empiezas a repetir la melodía del fondo, por lo que me asegura estás solo en tu casa. "A duras penas entiendo los números, y tú me empiezas a recitar en francés!", te ríes y me aseguras que el día que te acompañe, me dirás qué significa la canción. El silencio nos invade a los dos, y esta vez sin risa.


Sabemos que jamás pasará. Nuestro pasado ha sido guardado en donde es imposible alcanzarlo. Somos un mal necesario, nos faltamos y nos extrañamos, siempre seremos nuestras respectivas almas gemelas, pero que por malas decisiones nunca podremos estar juntos. Sabemos que es lo mejor, y que a miles de kilómetos, seguiremos juntos para endulzarnos y helarnos el alma, tan sólo, una vez más. Nos amamos y odiamos a distancia, aún no podemos controlarnos. Me queda claro que no te puedo ver, porque cuando lo haga no haré más que correr a tus brazos y dejarme perder en tí, como en muchas ocasiones lo hice.


Pregunto qué hora es ahí, en ese lugar frío. Evitas mi pregunta, como quien se sabe descubierto ante una actividad indebida, esto me dice que es de madrugada. Me es imposible guardarme un "te quiero", en tanto que cae una lágrima. Tú guardas silencio, sé que te he roto y sangras, tanto o más que yo. Reinicias el canto, esta vez, es una melodía conocida. Es aquella que gustabas cantarme al oído, esa canción de cuatro ingleses... Que al final de todo, era mi canción.


No puedo evitarlo, mi piel se eriza por los recuerdos, tu voz de nuevo en mi oído con los mismos acordes. "¿Mi amor, recuerdas esas tardes?, después de que terminabas tu drama, te consolaba con musica". Odio en lo particular éstas memorias, y es porque realmente mi "drama", no era más que la respuesta ante su exceso de egoísmo. También logro recapitular que aunque muy grande fuera mi enojo, no podía salir de tu departamento, por miedo a perderte en ese momento. Tonta, porque en realidad nunca nos pertenecimos del todo.


Suspiro. "Si, lo recuerdo, era horrible...". El hombre que está del lado contrario de la línea contesta "No, no era horrible, me gustaba besarte mientras tocaba tu mejillas llenas de lágrimas". "Ahora entiendo por qué siempre me provocabas el llanto...", resuelvo en forma de llaga. Sigues cantando, seguro te quedaste pensando en la acusación, que por supuesto, te dolió.


Termina la canción. "Nunca fue mi intención hacerte daño, siempre te quise, desde que te conocí", regresas el ataque de la única forma que sabes, aplicando el chantaje emocional, y rematas, "si te lastime tanto, ¿por qué te quedaste todos esos años?".


-"Aún no lo sé, era demasiada mi inocencia, mi lealtad, mi nobleza... mi estúpidez por ti..."


-"Y lo nuestro..."


Los dos lo sabemos, fue demasiada pasión vertida en tantos años. Demasiadas lecciones, así como demasiado amor. También nos conocemos lo bastante, identificamos nuestros "talones de Aquiles".


-"Y lo nuestro", repito.


Nuestra conversación sigue así. Entre mimos, palabras dulces, coqueteos telefónicos, alguna canción, y preguntas sobre nuestro presente. Llegan los 30 minutos, o más, el tiempo siempre ha sido relativo y corto para los dos, con nosotros dos. Me eres tan familiar, y a la vez lejano, que no quiero que cuelgues, no esta vez, quiero que regreses a mi lado, y dejar que el mundo se nos escurra entre los dedos.


-"Mi amor, te dejo, que el salario será sólo para volverte a marcar"


Mi risa provoca la tuya, y con mi humor sarcástico-irónico, te pido que no me mientas más, que ya sé que tiene que dormir, seguro tiene trabajo mañana, y hay que descansar, sino ocurre así, está de malas toda la mañana hasta su primer taza de cafe. Les mando a todos en tu casa un saludo, besos y bendiciones, tú repites la operación, por cortesía...


No lo podemos evitar, y suena idéntico un "te quiero mucho". Después del silencio que provoca la frase que falta ("y te amo"), nos despedimos. Tiro una lágrima silenciosa, y cómo siempre, me pides no llorar, porque no me puedes abrazar.


Cuelgo, y lo único que queda es tu vacio. Seco mis lágrimas, y simplemente sigo, yo sola.. Sin ti.