¿Para qué me quedo con esas cartas que nunca te entregue? Si sólo guardan esos atrevimientos que rebasaron mis anhelos.
Es como ese texto amarillento por el paso de los años, donde te decía que con suma pena tenía que abandonarte –sí, una vez más-; sólo por la necesidad de buscar un mejor destino. Un destino fuera de tu sonrisa, de tus besos, caricias y palabras que me dejaban embriagada de tu pasión.
O como esa misiva que con perfume adorne, y que con 35 “te amo” disfrace los bordes del papel. Dicho documento, seriamente acusaba a ese niño interno de haberme conquistado y nunca dejarme ir a pesar de las indiferentes indiferencias que nos mostrábamos sólo cinco minutos al día.
Recuerdo que otra se me marchitó debajo de la lluvia. Eran palabras endemoniadas, en las que cada coma sacaba fuego y en los párrafos, veneno. Era –según- la última (aunque nunca pude decirme la última de qué, de la jornada, de las lágrimas, del coraje o simplemente la última del día).
Era mágico escribir esas líneas donde me desvestía frente a tus ojos. Cada prenda por cada línea. Haciéndome rescatar con las respuestas que pude obtener de las cartas entregadas. Pero esos silencios que dejó la falta de arribo de las misivas, ¿qué guardaban?
¿Te quedaste con algo que decirme?, ¿hubo ausencia de letras que sangraban o que cantaban risas?
Años después las leí. Sí, siempre las leía en tiempo de lluvias, como si fuese un auto flagelo con afán y olor a recuerdos. Me di cuenta de todo eso que por tí, llegue a sentir. De esos arranques de locura que sacaste de mi pecho, de esos amores que transpirábamos por la piel, de todas las lagrimas que se me escaparon del mar.
La última carta que me mandaste, fue esa donde me recriminas toda la ausencia. Esa ausencia que tú me pedías, de esa de la que decías, tu felicidad dependía, sólo para extrañarme y así volver al amor que te evocaba. Y además, me hacías culpable de la lejanía, de esa que tú decidiste poner con un largo viaje lejos de nuestras tierras.
Yo, en cambio, opté por dejar la tinta a un lado y evitar la respuesta que querías. Y fue otra carta que escribí y que nunca conociste. Esas líneas que tú jamás podrás comprender y abrazar entre tus brazos mentales. Luego de escribirte, te borre… Te borre con fuego que llegaron a mis dedos y deshicieron mis ideas como tú deshiciste lo nuestro.
Fueron metáforas de vida, y analogías de vivencias. Todo eso fue lo que dejé ir en un solo disparo novelístico. El sujeto nunca se enteró de su verbo ni de su complemento.
Ahora, la duda es ¿qué hago con estos papeles?, ¿qué hago con todas las preguntas no hechas y cuyas respuestas jamás podré conocer?, ¿te rompo y destruyo como lo tuyo?
No me haría falta más desborde de energía biliar, la verdad es que el hígado lo guardo para los placeres de Baco. Pero ahora, ¿cómo me despojo de esas letras que por ti, decidí guardarme en el pecho, lejos de ti?
Lo que sé, es que mi tinta se acabó. Y yo, te deje sin más significados que indagar.
Es como ese texto amarillento por el paso de los años, donde te decía que con suma pena tenía que abandonarte –sí, una vez más-; sólo por la necesidad de buscar un mejor destino. Un destino fuera de tu sonrisa, de tus besos, caricias y palabras que me dejaban embriagada de tu pasión.
O como esa misiva que con perfume adorne, y que con 35 “te amo” disfrace los bordes del papel. Dicho documento, seriamente acusaba a ese niño interno de haberme conquistado y nunca dejarme ir a pesar de las indiferentes indiferencias que nos mostrábamos sólo cinco minutos al día.
Recuerdo que otra se me marchitó debajo de la lluvia. Eran palabras endemoniadas, en las que cada coma sacaba fuego y en los párrafos, veneno. Era –según- la última (aunque nunca pude decirme la última de qué, de la jornada, de las lágrimas, del coraje o simplemente la última del día).
Era mágico escribir esas líneas donde me desvestía frente a tus ojos. Cada prenda por cada línea. Haciéndome rescatar con las respuestas que pude obtener de las cartas entregadas. Pero esos silencios que dejó la falta de arribo de las misivas, ¿qué guardaban?
¿Te quedaste con algo que decirme?, ¿hubo ausencia de letras que sangraban o que cantaban risas?
Años después las leí. Sí, siempre las leía en tiempo de lluvias, como si fuese un auto flagelo con afán y olor a recuerdos. Me di cuenta de todo eso que por tí, llegue a sentir. De esos arranques de locura que sacaste de mi pecho, de esos amores que transpirábamos por la piel, de todas las lagrimas que se me escaparon del mar.
La última carta que me mandaste, fue esa donde me recriminas toda la ausencia. Esa ausencia que tú me pedías, de esa de la que decías, tu felicidad dependía, sólo para extrañarme y así volver al amor que te evocaba. Y además, me hacías culpable de la lejanía, de esa que tú decidiste poner con un largo viaje lejos de nuestras tierras.
Yo, en cambio, opté por dejar la tinta a un lado y evitar la respuesta que querías. Y fue otra carta que escribí y que nunca conociste. Esas líneas que tú jamás podrás comprender y abrazar entre tus brazos mentales. Luego de escribirte, te borre… Te borre con fuego que llegaron a mis dedos y deshicieron mis ideas como tú deshiciste lo nuestro.
Fueron metáforas de vida, y analogías de vivencias. Todo eso fue lo que dejé ir en un solo disparo novelístico. El sujeto nunca se enteró de su verbo ni de su complemento.
Ahora, la duda es ¿qué hago con estos papeles?, ¿qué hago con todas las preguntas no hechas y cuyas respuestas jamás podré conocer?, ¿te rompo y destruyo como lo tuyo?
No me haría falta más desborde de energía biliar, la verdad es que el hígado lo guardo para los placeres de Baco. Pero ahora, ¿cómo me despojo de esas letras que por ti, decidí guardarme en el pecho, lejos de ti?
Lo que sé, es que mi tinta se acabó. Y yo, te deje sin más significados que indagar.