jueves, 29 de septiembre de 2016

De mis treinta años y días para acá


Día 30 rumbo a los 30

Recuerdo el día que conocí la soledad. Habré tenido unos siete años, y era la primera vez que yacía sola en un departamento sin nada qué hacer (bueno, lo normal de un niño).

Teníamos una semana de habernos cambiado de casa –la primera mudanza que recuerdo y la cuarta en mi vida-; ya no estaban mis tíos y mi abuelo conmigo, mis hermanos estudiaban y trabajaban, y mi madre todo el día empleándose.

¿Cómo se puede remediar eso? Según recuerdo, lloré un poco mientras estaba con las luces apagadas y tirada boca arriba en el sillón. Me di cuenta de la inmensidad de un departamento de 70 metros cuadrados, de lo silencioso que pueden ser las tardes de primavera y de lo ansioso que me resultaba.

Luego me levante, prendí la grabadora/estéreo de la casa y puse algo en la radio para llenar el hueco (interno y exterior). Una vieja costumbre desde que recuerdo.

Eran casi las cinco de la tarde cuando me desesperé un poco y me puse a investigar (por puro ocio) en la casa. En el cuarto de mis hermanos encontré un librero en el que no había hecho gran reparo: dos puertas de madera obscura, vieja y húmeda.

Ahí guardaban sus libros, unos anchos, otros como folletos, pero libros finalmente. Tomé uno morado, con una ilustración a blanco y negro de una pareja dándose un beso.

“Romeo y Julieta” decía la portada. Pero la niña de entonces se dejó llevar por los dibujos y abrió su primera página.

Así abandoné el silbido de la soledad en mi cabeza, y lo llené con letras que me llevaban a lugares coloridos y concurridos que me acompañaba todos los días de esos solitarios días, hasta ahora.


Día 25 rumbo a los 30

Siempre anduve trepando a todos lados, incluso cuando era solo una niña de 5-6 años. Mi madre escondía los dulces en la parte superior de un gran ropero, esa parte donde todas guardan las cobijas (¿por qué lo hacen?). Era un mueble de casi dos metros de alto, con pesadas puertas de madera.

Pero ahí me tienen, trepando entre sábanas, ganchos, ropa, bolsas, cinturones y lo que pudiera para alcanzar la caja de galletas/chocolates/dulces/chicles/caramelos que sus pacientes le regalaban y que de mí escondía.

Era normal considerando que nadie me vigilaba y que era muy pequeña para entender que la vida no se acababa si no me devoraba todo el azúcar del planeta.

Una vez que lo conseguía, bajaba mi premio y entre mis juguetes me ponía a comer algunos, siempre cuidando que no fueran demasiados para despertar la sospecha del ‘hurto en operación hormiga’.

Después venía el segundo reto: regresar el paquete a su lugar.

Esa era la parte más difícil por dos hechos: 1) siempre me quería quedar con el paquete, claro; 2) ya había desarreglado todos mis puntos de apoyo cuando subía por primera vez. Con todas las maromas posibles, lo hacía, incluso aprendí a esconder algunos tesoros en esa misma parte del ropero para tener mi ‘guardadito’.

Pero en esos dulces e inocentes años aprendí –con mucho orgullo infantil- que no había ropero tan grande como para alejarme de mi meta (o algo así de filosófico), y que tenía que arreglar los desperfectos que había ocasionado con mis pasos.

A estas alturas me sigo preguntando cómo demonios es que le hacía para subir, es más, cómo es que sabía dónde estaban. Nunca supe si mi madre se enteró de mis operaciones encubiertas; pero lo único en lo que concluí es que fueron los dulces más deliciosos que haya probado en mi vida.



Día 20 rumbo a los 30

Mi vida romántica siempre ha sido un caos total, patas pa’rriba y toda la cosa. El primer niño que me gustó se llamaba Pepe, estábamos en el mismo salón de primer año de primaria. Recuerdo que tenía los ojos grandes, tez clara y no más alto que yo. Y por más que le pegaba –como dictaban las normas de los primeros años de vida- nunca jugó conmigo.

De ahí, lo más extraordinario llegó hasta los ocho años: mi primer rosa y mi primer beso.

El primer beso fue como muchos en este planeta: jugando botella. Me lo dio el amigo de mi amiga que habrá tenido –yo creo- 15 años. Supongo que más que otra cosa fue un impulso de ternura hacia mí, digo… ¿qué adolescente en su sano juicio le iba a dar un beso ‘de piquito’ a una mocosa? Esa misma mocosa que se puso coloradacoloradacolorada… La cosa más ridícula de esta vida les digo.

Y el detalle más lindo que me han hecho en toda mi vida fue mi primera rosa. Era un 14 de febrero (sísisi, ya los escuché con todo y sus quejas): yo estaba en mi casa haciendo alguna monada como pintar o yo qué sé, lo que recuerdo es que estaba ahí mi madre.

Luego tocaron a la puerta, ¿quién? Mi vecino. Era Nabor (ajam, así la cosa) de un año más chico que yo, con cabello castaño claro, ojos pequeños y de voz chillona; él vivía en el departamento de arriba y era mi mejor amigo.

No sé qué buen impulso samaritano y romántico lo llevó a comprarme una flor, una rosa, e incluso conseguirse inspiración para dármela. Con toda la cara llena de vergüenza –teñida de un color rojo muy familiar en medio de sus pecas- me dio la flor y me dijo algo que no logro recordar muy bien. Pero lo que me llamó la atención es que después de darme su regalo, me dio un beso en la mejilla y se echó a correr para su casa.

¡Vaya atrevimiento! Ja…

La cosa es que me dejó un poco perpleja –as always - y solo alcance a alzar los hombros y cerrar la puerta. Giré y mi madre –como buena y tradicional madre mexicana- soltó un “aaawww”.

Tardé como dos horas para salir de mi cuarto y enfrentar la cara de mi madre, peor con mis hermanos que a esa altura ya se habían enterado de todo el espectáculo.

¿Qué se hace entonces? Creo que me guardé en mis cobijas hasta que la rosa se secó y recuperé a mi mejor amigo, ya con un tono más natural en su rostro.


Día 15 rumbo a los 30

Soy susceptible –en exceso- a la gravedad y a la fuerza de atracción. Es decir, suelo caerme muy seguido y tengo un imán para los balones.

Es verdad. Toda mi infancia está llena de moretones, raspones en las rodillas, en los codos, golpes en la cara y piernas, y el inolvidable –por desgracia- aroma y ardor del Merthiolate… Casi como un niño.

Y vaya que tengo muuuchas anécdotas al respecto: una vez preferí salirme de plena misa (cuando aún era católica) para ponerme a jugar con otros niños. Mi castigo fue atravesarme con la rama de un árbol para terminar con el rostro en la banqueta, y luego con el speech seudoreligioso de mi madre; eso sí con mi abuelo agarrándome para que no soltara una patada con el alcohol directo a la herida.

En otra, mi madre y yo íbamos volando (bueno, yo iba volando por su jalón para que me apurara) rumbo a la escuela y trabajo. Para ello, teníamos que subir una gran escalera de roca volcánica. Solo que mi habilidad y yo nos fuimos a estampar con el filo de un escalón; ahí quedó uno de mis dientes, casi la mitad de otro, y una muela que ya estaba floja.

Minutos más tarde en la clínica con mi madre, el dentista y su tremendo sermón sobre la importancia de poner las manos para evitar mayores desgracias al caer.

Poco tiempo después mi brazo izquierdo sufrió las consecuencias y una fractura en el radio. Todo porque los reyes magos me dejaron unos patines sin instrucciones (uno no nace sabiendo, ahí les encargo). Yo, muy valiente y tan terca como puedo ser, me salí a estrenar mi par. Ahí fue un sentón que me dejó un yeso durante un mes y medio o dos hasta que mi hueso sanó.

Pero de todas, la más vergonzosa fue en pleno trabajo, con mis tacones súper elegantes en medio de la cabina de transmisión en pleno programa en vivo.

¡Un aplauso para mí!

Resulta que la punta de mi tacón se atoró con el borde un pequeño escalón en el que quedó mi vanidad –y un poco de mi ego, la verdad-. El productor Juanito y el operador Memo llamaron al doctor de la empresa, quien me notificó del esguince de segundo grado en el tobillo derecho. Ya en el suelo con una almohada aguantando mi pie, el conductor León sale –con toda la percha y galanura que sólo él podía tener- y pregunta qué pasó.


Eso sí, con o sin tacones, aprendí a levantarme con tal elegancia que ni parece que tengo algo roto. Un aprendizaje que hasta estos días me permite aparentar normalidad después de una noche de tormenta o de caídas constantes.


Día 10 rumbo a los 30

Tengo un año perdido. De verdad. Todo se lo debo a la vida de alzheimer que tengo y, claro, a mis amigos.

Va como de mis 24 a los 26 años –ok, poco más de un año-, pero lo cierto es que no logro hacer formar la cronología de hechos. Supongo que eso es la vida: saber que lo disfrutaste aunque no ubiques bien cuando.

Fue uno de mis años más difíciles. Primero, me despidieron de mi primer empleo y de la peor forma posible y enfrente de todos; luego, en mi casa las cosas se veían venir abajo por cuestiones económicas y de salud, la tensión entre mis hermanos y esta servidora estaban en su máximo nivel ya que ellos querían darme el buen ejemplo que nunca fueron (no me vengas con…); y bueno, la situación del corazón roto tras el paso de un patanazo que espero no se vuelva a parecer en mi vida.

Todo eso fermentó (sí, así como las buenas bebidas) en un tipo de rebeldía compensatoria a todos los años de ‘buena niña’ que fui. Y sí, floreció lo que era yo en su más pura esencia.
No es que ahora no lo sea, pero entonces podía dejarme fluir sin pensar en la gravedad de mis actos, en la premura del tiempo, en el qué dirán o en las consecuencias inmediatas. Era un periodo de aprendizaje y diversión que –presiento lastimosamente- no se volverá a repetir.

Sexo, drogas y rock and roll. Sí, así lo fue.

Fue época de conciertos, viernes de reunión con los amigos, salidas a Cuernavaca de improviso, soledades acompañadas de otras soledades, música, alcohol, besos inesperados, caminatas en la calle a las 5 am. Todo, con grandes personas que siempre querré sin importar qué. 

Recuperé mi habilidad de coqueteo (y con ello la gran lección de nunca dejarse echar atrás), conocí el lado oscuro de algunos que en realidad no era tan oscuro, me brindaron compañía y su casa personas desconocidas; supe de qué color es la traición y cómo las envidias sí existen.

Es ahí cuando aprendí lo valioso de querer estar. Aprendes que igual el problema no es estar acompañada, sino que no te hagan sentir sola.

Aprendí a querer y no salir lastimada, a dar lo mejor de mi compañía al otro, pero no malgastar mi tiempo en personas que van de pasada; pero sobre todo a estar con quien realmente quería estar y no por compromiso.

Recuperé mi papel de hija, y solté el de mamá y/o pareja.

Aprendí a llorar en silencio con otra persona en la misma cama.


Día 9 rumbo a los 30

Las personas cercanas saben que no he tenido una vida resuelta… como todos, vaya. Desde muy pequeña tuve que enfrentar los demonios sobre la ausencia de mi padre, los motivos de su fallecimiento, y sobre todo a lidiar con el fantasma de ‘la figura paterna’.

Luego, vino la realidad del alcoholismo de mis hermanos.

Tenía como ocho o nueve años, casi era día de reyes, según yo era entre el 2 y 3 de enero. Esa noche deje a mis hermanos disfrutando como cualquier otra, estaban platicando y creo que con otro amigo suyo de la prepa; mi madre había salido a cenar con su pretendiente (o pareja sentimental, o novio, o lo que ella quería que fuera). De un momento a otro me fui a dormir y los dejé.

A las horas, un sonido de vidrios rotos me despertó. Salí de mi cama y de mi cuarto. Ahí estaban todos, cara pálida, mi madre en medio de la sala aun con su saco puesto, uno de mis hermanos junto a la ventana, y el otro hincado en el sillón. La música se había detenido.

Como todo padre que cree que un niño no entendería las cosas de adulto, me regresaron a mi cuarto a dormir tras asegurarme que todo estaba bien. Obvio, no podía renegar –porque no les creí mucho que digamos-, así que regresé a mi cuarto.

Ya en la mañana salí para averiguar qué se había roto, si la puerta de la cocina, el espejo del baño, las ventanas de la sala. Fue entonces cuando gire a ver el nacimiento… entonces se me cayó el corazón a pedazos.

El espejo que había durado más de 70 años en mi familia todo quebrado, solo faltaban las orillas por caer. En el nacimiento estaban los restos, y noté la ausencia del toro/buey de la escena bíblica. Uno de los ángeles tenía un ala rota.

Al parecer, tras las copas de la noche anterior y del regaño de mi madre al llegar y notar su evidente estado etílico, uno de mis hermanos decidió plasmar su furia con el buey en el espejo (podría llamarse así la obra).

Trate de entender qué había pasado, porque todo estaba bien solo unas horas antes. De repente entró mi otro hermano con la cara desencajada, pálido, más delgado y ojeroso de lo normal. Ya con mi madre de pie, me contaron que habían ‘engrajado’ a mi hermano en un AA.

Ese fue el inicio de todo, de que mis diciembres y eneros se volvieran insoportables en mi casa. Se acabó un poco el calor de mi sonrisa, además de la confianza en el porvenir de mi familia.

Por desgracia no fue el único suceso de similares condiciones y con mis dos hermanos. El patrón se repite de tiempo en tiempo, y hace las cosas cada vez más difíciles de tolerar.

Casi 22 o 21 años después de eso, ya no lloró, me enoja verlo así. No puedo, me causa una frustración enorme: por no poderlo ayudar y porque él no quiere la ayuda.
Porque ahora mis fiestas decembrinas son grises, y no llenas de colores como hasta entonces lo fueron. Aún les huyo con muchos fantasmas en mi cabeza.

Intentos de suicidios, gritos, despedidas, corridas de casa, desapariciones, sangre y golpes, robos, asaltos, casi secuestros, lágrimas, noches sin dormir… Desde entonces, cada diciembre y enero es mi peor momento. Todo gris.



Día 8 rumbo a los 30

La música siempre llenó mis huecos. Desde muy pequeña la aprendí a disfrutar, a odiar, a contemplar y aprender. Es de mis grandes amores y mi mejor amiga.

De niña (4-5 años) me dejaban en mi cuarto jugando, con una grabadora cerca y algunos casetes (si les dije que cumplo 30, ¿no? Jaja) de mi madre. Evidentemente, la selección musical no podía ser muy apta para una mocosa de kínder; pero eso no evitó que me aprendiera las canciones de Laureano Brizuela, Pandora, Flans, Mecano, de repente Dulce y Amanda Miguel (lo que explica mi carácter siempre tan dramático).

En la otra habitación estaban mis hermanos, que por aquellos años disfrutaban de cosas poperas o progresivas. De repente una cosa extraña pasaba, y por las mañanas escuchaba a Wham!, Culture Club, Tears for fears, The Police, Madonna, Sade, Pet Shop Boys, entre otras monadas de colores fluorescentes; y en la tarde se oía a través de la puerta cosas como Metallica, Guns N’ Roses, Rush, Pink Floyd, Alan Parsons Project, y otros amigos.

Luego, en la sala estaban mis tíos. Ellos me enseñaron qué es un disco de vinil, cómo colocar la aguja para que no se rayara el disco (con la enseñanza de qué es rayar el disco incluida), y de cómo podías ecualizar tu consola (obvio, sin entender ni pio). Con ellos aprendí a escuchar a The Beatles –hasta la fecha creo que mi tío Manuel era como George Harrison pero en mexicano-. Ellos decidieron que mi canción fuera “Michelle”, siempre sonreía cuando me la cantaba mi tío Gonzalo. Pero también traían otras cosas coquetas como The Doors, Rolling Stones, Led Zeppelin, The Monkeys, y otras cosas psicodélicas muy acorde con la herencia de los 70’: ¡música a go go!

Cuando estaba mi madre, además del repertorio ya conocido, también escuchaba mucho bolero con Los Panchos, Los tres ases, Trio Gema, Los Tres Reyes, Víctor Iturbe, Roberto Cantoral. Eso me echó a perder y me volvió una romántica y cursi de lo peor.

Pero si iba a casa de mi tío Antonio, la cosa se volvía como más… aburrida para una niña de mi edad. Esto porque a mi tío le gusta el jazz y blues, además de las grandes bandas. Es evidente que a tan corta edad –y con todo lo que escuchaba en mi casa- ese tipo de música era lenta y un poco depresiva. Hasta la secundaria/prepa fui aprendiendo a valorarla de verdad; y a sentirme abrazada y comprendida por ella. Nostalgia, vaya.

Y muy tarde –a mis nueve años- conocí el amor de mi abuelo hacia los tangos y boleros. Aunque no es muy difícil entender por qué admiraba este tipo de música: el señor Navarrete siempre fue tremendamente apasionado, arrancado, echado pa’delante e impulsivo. Hasta sus setentaytantos tenía sus ‘dos-tres (o más) canitas al aire’. Además le tocó una vida dura, llena de hambre, pobreza, desapego, soledad y traición. Todavía escucho algo de Carlos Gardel (Por una cabeza, principalmente, o Mano a mano) y no puedo detener mi lágrima por él.

Con todo esto debo confesar que mi primera compra musical fue todo un espectáculo difícil de entender (sí, ya sé lo qué dirán ante tremenda confesión): todo en vinil, uno de Luis Miguel (Romance), otro de Alejandra Guzmán (Bella bella) y Xuxa.

A modo de justificación: A) tenía seis años, por favor… B) solo me los llevé por los colores o ilustraciones de la portada… C) solo quería comprar algo mío, que me pudiera acompañar todas las tardes de ocio y juego encerrada en mi habitación para sentirme grande como todos a mi alrededor, y no tan sola como la niña que era.


Día 5 rumbo a los 30

Desde hace varios años no puedo tener sueños tranquilos. En realidad es nefasto, ya que me encanta dormir.

Resulta que soy víctima de sumas pesadillas. La más recurrente es que se me caen los dientes. De un momento a otro, siento los dientes flojos, el sabor de la sangre en mis dientes, y luego el miedo me invade.

Luego, cae el primero… Y luego poco a poco los demás, y no sé –de verdad- de dónde salen tantos pero todos se me caen. Lo único que puedo hacer es detenerlos en mis manos, manchadas de rojo y baba.

Siempre es el mismo pensamiento cruzado: “y esta vez no es un sueño”.

Si no es ese sueño, son otros. Persecuciones, violaciones, asesinatos, caídas desde pisos altos, golpes, peleas, guerras… Deben ser muchos temas para tantos años, tantas noches, tantos sueños interrumpidos.

Lo peor es que en muchas ocasiones las uñas se quedan clavadas en mis palmas. Algunas veces, la sangre es verdadera pero no proviene de mi boca.

Creo que mi destino es nunca dormir. Y quedarme con el dolor y vacío en la cabeza.

Como si todo fuera tan real. Como siempre.


Día 1 rumbo a los 30

Creo que solo hay dos cosas de las cuales podría arrepentirme en toda mi vida: 1) no haberme preocupado por mejorar mi coordinación (sí, así de terrible es) y, 2) haber conocido y relacionarme con cierta persona que en lugar de mejorarme solo vino a sacar todo lo terrible y triste que llevo adentro.

Aunque esto segundo, supongo, es parte de mi aprendizaje. Tal vez si no hubiera pasado tan joven, estaría ahorita peor o repitiendo ese ciclo mil y un veces de forma autodestructiva.

Pero, pensando bien las cosas, creo que he tenido una buena vida con trazas de querer mejorar.

No podría ser la mujer que ahora soy sin todas esas caídas, sin mis errores, lágrimas o golpes que me he dado en mis casi 30 vueltas al Sol. Hoy, me reconozco como esa joven/mediana adulta que soy.

Aun tengo muchos miedos. Por ejemplo, no soporto estar a más de un metro –sí, así de ridículo- de alto; todavía me llega algo de ansiedad conocer nuevos retos, o incluso me resisto un poco a crecer y envejecer. Pero poco a poco los iré venciendo, supongo, porque quiero ser mejor de lo que fui ayer.

Todo lo que me ha pasado, bueno o malo, me llevó aquí: enfrente de esta computadora escribiendo noblemente –y en algunos casos, aceptando- todas estas vivencias.

Me encanta haberme hecho a la paz con mi soledad, poderme salir a empapar bajo la lluvia; el aprender a que no siempre las cosas son como deben ser; y sobre todo, abrazar las cosas que nunca cambiarán.

Recuerdo con cierta nostalgia a mis viejos amigos y a la inocencia que me envolvían esos juveniles años. Tomo los recuerdos de la mano y les deseo las mejores de las suertes mientras sigo adelante.

Todavía quiero a aquellas manos que algún día me recorrieron con lujuria, cariño, lástima incluso, o con el afán de cuidarle y tranquilizarme. Me sigo viendo en el reflejo de esos ojos que un día tuvieron una palabra amable para mí; y guardo el calor de sus cuerpos.

Añoro los vientos y aromas de todos los lugares que he visitado, los colores nuevos que descubrí en cada nueva parada; en el sentimiento que me evocaron.

Creo que la parte interesante de cualquier cambio o salto de tiempo, es saber cómo lo usarás, qué podrías hacer con ellos y la forma que les darás a todas esas futuras vivencias que de un momento a otro se convertirán en pasado.

En un pasado que me seguirá forjando.

Ya en los 30

Me da gusto saber que mi cumpleaños coincide con el día internacional del café, cumple también Mafalda y el Palacio de Bellas Artes. Me da la esperanza de que algo bueno pueda salir de mi persona.

Han sido treinta años de seguir mis sueños, pelear con mis frustraciones, derribar miedos y hacerme amiga de mis fantasmas.

Hoy llevo más que solo recuerdos, son emociones y sonidos que enriquecen mi apreciación del mundo. Son amores hacia todas y cada una de las personas que he conocido a lo largo de estos 10 mil 965 días de respiraciones habituales (unas más apresuradas que otras).

No ha sido fácil, pero tampoco he muerto en mi intento. Doy gracias a esos ángeles que me cuidan y que no me han abandonado (a pesar de todas las estupideces que me esfuerzo por hacer).

La vida no es una cosa que se lleva a la ligera, pero es algo que se puede disfrutar tanto como tú lo quieras.

Y aunque me falté mucho por vivir, muchos dragones disfrazados de molinos por derrotar, muchos espejos rotos por arreglar, y otros labios que besar, aquí seguiré… No hay más que solo seguir adelante.

Bienvenida a mi tercer piso.