Tengo que reconocer que tengo un imán para personajes raros, fuera de serie, que a veces dan miedo y otras tratas de aceptar que existe la diversidad humana… He aquí el recuerdo de uno de ellos.
Éramos la clásica bolita de chavitos “clases medieros” que tenían ambiciones –y a veces presunciones- de algo mejor. Éramos, más bien, el dolor de cabeza de los vecinos de Villa Coapa. No había persona que no tuviera queja alguna de nuestro comportamiento pre adolescente.
Supongo que esa fue nuestra suerte al acercarse “el Moco”. Obvio, era su ‘alias’. La leyenda contaba que si pasabas por ahí y te veía, no había poder humano que logrará despegártelo. He de ahí el mote.
Algún día posterior descubrí que se llamaba Miguel… Miguel Francisco algo así. Era un chavito de trece años, pero con tremenda carga de casi 30. Era un niño que parecía adulto. Tomaba, fumaba, tenía sexo, se drogaba, casi vivía en la calle, y sí, delinquía.
No es que yo fuera un angelito (¡primero quemada!). Más bien es que fue demasiada la escases de edad como para tantos vicios.
Según me contó algún día (de esos que me cachó ir por un refresco a la tienda), toda su vida iniciaba con el relato de su familia. Unos padres extra trabajadores, y que por cierto nunca estaban en su casa. Al parecer también tenían broncas de dinero, porque él nunca comía –o al menos no guardo un recuerdo de ello-.
Era el clásico ‘chamaco’ vestido a la hip hop: pantalones flojos y rotos, camisas súper holgadas hasta la rodilla, gorra, sudadera igual de enorme. En su mochila –casi de tirones- llevaba casi siempre algo de droga, mariguana, coca, pegamentos… Bueno, era como su “Cajita Feliz”. Todo el conjunto lo hacía ver como una enorme mancha obscura.
De aspecto, tez clara, cabello castaño, manos delgadas, ojos miel, sonrisa inocente pero mirada lasciva.
La mirada lasciva provocó que una joven de 17 años lo ‘desquintara’. El punto era que él ofreció su virginidad, ella lo retó porque no le creía y ahí van el par de babosos. Y así fue de sencillo que empezara su vida sexual, que hasta el momento sólo era con mujeres mayores a él, que no eran muy diferentes a sus días, y quienes parecieran tener menos resistencia.
Cuando “el moco” estaba en el vuelo era totalmente insoportable. Te contaba todo lo que ‘veía’ y la serie de epifanías que tenía a consecuencia de lo que inhalaba, fumaba o aspiraba. Era totalmente asqueroso verlo tirado en las canchas de básquet, ahí sólo platicando con lo etéreo.
Él también me enseñó a fumar… sólo cigarrillo. Para lo demás, nunca me llegó la curiosidad a tiempo, entonces creía que era muy joven para consumir cualquier ‘cosa’. Debo de confesar que era lindo al platicar, por lo menos cuando sólo éramos él y yo. Esto porque se mostraba sincero, sin ganas de protagonizar, sin nada qué presumir. Sólo era “un moco” más.
Cuando el resto de bola de mocosos impertinentes llegaba, él regresaba a su papel de chico rudo que nada lo quebrantaría, ni la soledad de sus padres, la ausencia de verdaderos familiares, el exceso de vida corriente, ni la levedad de su propia falta de amor.
Pasó el tiempo. Los dos cumplimos quince con dos grandes diferencias: yo me cambie de casa, él terminó en un tribunal.
Al parecer su visita tras los barrotes, como él me relató años después, se debió a un asalto a una tiendita de conveniencia. A esa misma tienda donde todos los martes le gustaba pedir un cigarro y fumárselo impetuosamente. Fueron poco más de 500 pesos lo que costó la libertad de tres años de su vida en un centro para menores.
El encuentro al parecer, fue demasiado. Él era más alto, mucho más que yo. Seguía con su rostro claro, pero los labios parecían necróticos, ojos rojos y tristes… sumiso. La temporada había surtido efecto. Con mucho cariño me abrazó, me dijo que andaría por ahí, por los mismos andadores de Coapa, y que me recordaba con aprecio.
Pasaron muchas cosas en medio, pero al parecer el joven se perdió. Algunos me cuentan que se fue a vivir con una tía en algún punto de la provincia, otros que murió atropellado en medio de sus transes, los terceros me han dicho que ya no lo ven tan seguido, pero que nunca ha abandonado la zona. Yo, por supuesto, nunca lo volví a ver.
Guardo el recuerdo de ese niño temeroso que siempre estuvo, nunca se adaptó pero que incluso llego a jugar con nosotros a las escondidas. Una de esas personitas que lograron acercarme con la parte real de la vida abstracta y pobre de este mundo.