sábado, 31 de marzo de 2018

Sí, tú, el que me lee a escondidas


“Bueno, supongo que esta sí es la última vez que te escribo. No me atrevo a hacerlo directamente aún, ¿sabes? Es un problema mío. Además, estoy segura que me leerás de cualquier modo.

Lo cierto es que, también, solo lo hago porque tengo que admitir en algunas cosas. Y sabes que mi orgullo radica ahí, en que también acepto mis fallas (a veces más que mis virtudes).

Para empezar: sí, sé que tengo un problema, una crisis de confianza como le llamaste. No me atrevo a confesar sentimientos, buenos ni malos, pero sobre todo de cariño y amor por alguien que sé que no me puede retribuir (sobre todo por eso). Sé que quedaré lastimada y eso da un poco de miedo (¿a quién no?).

Pero lo cierto también es que he sobrevivido, bien que mal. He evitado enamorarme de quiénes sé no lo harán. He evitado confiar de más en las personas incorrectas. He sido más objetiva. Aunque todo eso, como apuntas hirientemente, me ha alejado de los demás.

Sin embargo, no eres la persona más confiable en este momento. Tú me enseñaste eso. No podría confiar en ti ni que estuviera de broma. Así que un angelito no eres. No lo acepto.

Luego, te quejas de cuando te dejé. Hasta donde recuerdo, tú te fuiste inicialmente. Te alejaste y me dejaste sola. Y gracias por hacerlo, porque en ese momento me enseñaste lo que tendría que sobrevivir constantemente en mi vida futura, con parejas, amantes, amigos, mejores amigos, familia. Es un callo que tiene tu nombre, en tu honor (y sí, es sarcasmo, lo odias ¿verdad?).

Tienes razón en que se me da fácil eso de soltar. Pero ¿por qué debería luchar por alguien que no quiere estar?, ¿que se quiere ir sin pensar en el ‘juntos’ que éramos?, ¿por qué dar sangre por migajas de amor? Por eso me fue fácil, y lo será hasta que haya alguien que no quiera irse, esté y se mantenga en esa misma posición por mí (y prometo hacerlo también por esa persona). Pero ya no por ti.

Tienes esa manía de regresar en los peores momentos de mi vida (le llaman timing algunos), pero entiende que todo eso ya es un capricho de antaño. Que este ciclo se debió cerrar desde el principio, abandonar el juego masoquista entre los dos.

Basta, vaya. Cansada te lo digo.

Y sí, también tienes razón en que soy insoportable, demasiado sensible, lloro y me enojo por todo. Mi error es sentir demasiado. Pero es mi error, y de nadie más. Te quité la responsabilidad de cuidarme hace mucho tiempo, no sé por qué te empeñas en tratar de hacerlo cuando sabes (los dos sabemos) que en el siguiente paso el que me terminará dañando serás tú.

Te libero. Eres libre de mí. Eres libre de mis caprichos, de mis lágrimas, de mis llamadas a media noche, de cubrirme mientras llovía, de hacerme reír en mis peores momentos, de aguantar mis celos ridículos, de mis berrinches, de mi falta de tacto y sentido de humor ácido. No eres dueño más de mis abrazos inesperados y agresivos, de mis besos, de mis sueños y pesadillas.

No eres ya quien se queda dormido en mis piernas, ni quién discuta si es mejor Elton John o David Bowie (nunca entenderé esa discusión); no tendrás que poner ese LP rayado de Led Zeppelin II ni escuchar mis anecdotarios musicalizados, mis (malas) traducciones musicales, mis cantos en la regadera; o soportar mis tardes llenas de humo de cigarro.

Eres libre. Al parecer necesitaba quitármelo de encima para que tú entiendas algo que pasó hace años (¡ya casi una década!).

Se acabaron las rosas rojas de mal gusto, los chistes locales, las coreografías en la sala, las noches estrelladas y sus historias inventadas. Esas lunas comunes. Gracias por compartir aunque fuera solamente tu soledad.

Vete y se feliz. Por siempre. No estaré más aquí. Nunca más.

Buen regreso a casa.”

“There was no sweeter fruit than this
With no taste of bitterness
It was so fresh and sweet before
But I can't taste it anymore”



martes, 6 de marzo de 2018

Absolución entre heridas


Se escucha cómo se quiebra. Uno, dos... tal vez tres pedazos al suelo. ¿Si lo oíste?

Es como si la cáscara de un huevo se estuviera abriendo, solo que duele peor que si te estuvieran sacando un órgano (ya pasé por ahí, y lo sé). Sus esquinas pican, como delgadas agujas. Sus huecos dejan pasar la luz que me lastima y me quema.

Es más frágil de lo que aparenta. Por afuera parecería de mármol, intacto, refulgente, casi impasible; pero no, es solo una ligera capa que lo cubre, un poco de membrana y, adentro, todo es sangre, carreteras, burbujas... vulnerabilidad.

¿Me ves ahí dentro?

Tal vez no me reconozcas, la última vez estaba completa. Ahora solo son rastros de la sombra que fui un día. Solo no te fijes mucho que aún no estoy lista, no para abrirme a todos.

Sí, no soy lo que era. Creo que nunca lo volveré a ser.

¿Me perdonas? Por todo lo que hice y por lo que nunca podré hacer y ser. No estoy lista. Soy débil. No me siento completa. No soy feliz.

¿Me podrías abrazar? Lo necesito, siento frío. Me siento sola. Sé que tu calor me puede aliviar.

Lo último que te pido es que cuanto te vayas me dejes un poco de tu aroma, para que pueda dormir. Tal vez dormir para siempre.