Se escucha cómo se quiebra. Uno, dos... tal vez tres pedazos
al suelo. ¿Si lo oíste?
Es como si la cáscara de un huevo se estuviera abriendo,
solo que duele peor que si te estuvieran sacando un órgano (ya pasé por ahí, y
lo sé). Sus esquinas pican, como delgadas agujas. Sus huecos dejan pasar la luz
que me lastima y me quema.
Es más frágil de lo que aparenta. Por afuera parecería de mármol,
intacto, refulgente, casi impasible; pero no, es solo una ligera capa que lo
cubre, un poco de membrana y, adentro, todo es sangre, carreteras, burbujas...
vulnerabilidad.
¿Me ves ahí dentro?
Tal vez no me reconozcas, la última vez estaba completa.
Ahora solo son rastros de la sombra que fui un día. Solo no te fijes mucho que
aún no estoy lista, no para abrirme a todos.
Sí, no soy lo que era. Creo que nunca lo volveré a ser.
¿Me perdonas? Por todo lo que hice y por lo que nunca podré
hacer y ser. No estoy lista. Soy débil. No me siento completa. No soy feliz.
¿Me podrías abrazar? Lo necesito, siento frío. Me siento
sola. Sé que tu calor me puede aliviar.
Lo último que te pido es que cuanto te vayas me dejes un
poco de tu aroma, para que pueda dormir. Tal vez dormir para siempre.
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