Escribo
desde la computadora de mi trabajo, sólo después de sentirme rehén de las
circunstancias (políticas-económicas-sociales) de nuestro país.
Tras
laaargas semanas, aún nuestros profesores siguen con sus movilizaciones y
plantones, los cuales principalmente vuelven locos a los que viven o
trabajamos, como su servidora, en el Centro Histórico (ahora Histérico) de
nuestra Ciudad de México. El saldo definitivamente no podría ser más positivo a
sólo dejarme a la imaginación cuando las calles eran de automovilistas, cafres,
peatones y alguno que otro despistado turista.
Lo
peor de enfrentarse contra las masas es ese miedo en el paladar, mismos que
bajo el instinto de supervivencia, te invita a no enfrentarte. Pero, ¿cómo
demonios evitarlos si están afuera de mi empleo? Y vaya que son bastantes como
para aplicar la de “si yo no te veo, tú no me ves”.
No,
no es que tenga algo contra los profes o sus demandas –muchas de ellas, de
privilegios-, lo que sí me revienta es el argumento subestimado del derecho a
la libertad de expresión y a manifestarse (espero que recuerden el caso de
Cananea). Esto porque bueno, como una ciudadana más de esta poco ortodoxa
capital, tengo que hacer respetar mi libertad de tránsito y de trabajar.
No,
tampoco los condeno (bueno, a veces, más cuando llego a mi trabajo), me refiero
a que se hacen las cosas sólo por presionar sin pensar que se vuelven objeto de
sus propios odios ya que se convierten en la injusticia que nos reduce
los sueldos, nos retrasa el tránsito y en ocasiones nos violenta.
Es
como cuando decimos “pinche (*upps*) GDF que no trabaja en reparar baches”, u “odio a
los impuestos”. Sí señores, sus manifestaciones provocan que muchos
trabajadores lleguen tarde a sus empleos, y por ende, su respectivo descuento
quincenal. También hacen insufribles nuestras –ya de por sí agonizantes- 2
horas de tiempo invertido en transportarnos a nuestros destinos. Por si fuera
poco, afectan a los ‘mini changarritos’ que pretenden sobrevivir con sus ventas
diarias, mismas que no han tenido porque ahuyentan a la clientela tipo marabunta en tiempos de
lluvias.
Es
decir, esto se convierte en un desastre. Yo, ciudadana responsable
que cada mes paga sus respectivos impuestos, pido que se igualen las cosas. ¿Por
qué no hacer una manifestación directamente al Zócalo, al plantón de los
maestros disidentes, para exigirles que liberen mis avenidas y, con ello, hacer
valer mis derechos?
Ok,
para todos mis queridos “odio al prójimo y a su existencia capitalista” debo
aclarar que la lucha de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la
Educación es respetable (cada quien defiende lo que cree prudente, yo por
causas perdidas por ejemplo). Sin embargo, así como no voy y los molesto cuando
tengo un problema, pido de la forma más atenta que me respeten.
Primero,
tengo una familia de puros maestros, unos que trabajan en universidades
públicas, otras privadas, incluso una en escuela de nivel primaria. Entiendo lo
que es estar ahí, defiendo su lucha por los derechos que su sindicato ha conseguido
a lo largo de años (aunque con muchos no comulgue), pero no puedo dejar de lado que en su defensa me pisoteen,
cierren calles y no me dejen pasar.
Tampoco
pido tanquetas, policías reprimiendo, o los caballos (salvajes) encima de
ellos. Pido que sean justos y equitativos en darme mi espacio, que liberen un
carril de la artería, sin plantones o bloqueos en áreas que ni la deben ni la
temen (AICM coff coff). ¿Será tan difícil acaso?
También
pueden ir a manifestarse afuera de la recamara del 'preciso', o en las casas de
los HH legisladores. ¡Yo qué sé! Solo respeten a aquellos que quieren trabajar
para poder mantener un hogar, que tienen deudas y que son tan luchadores como
ustedes.
Pffff…
Bueno, una vez desahogada (porque además, en este momento, su contingente aún
está debajo de mi trabajo) termino el texto.
Fin
del Comunicado.