En realidad no es sólo dejarse caer, es la imposibilidad de salir del hoyo. Es ahogarse en su propia miseria y no reconocer la falta de luz que permita deslumbrar la respuesta más adecuada.
Es negarse la oportunidad de seguir adelante, sin dejar de mirar hacía frente, no olvidar tu tierra pero no dejando el horizonte de vista.
No es que no suela caerme, no es que me permita romperme la cara (entre otras partes), no es que presuma de harta inteligencia y fortaleza. Es que no puedo aceptar que tú no puedas más.
De darte por vencido, caerte en cualquier muro y sólo dejarte perder en la inmensidad de tu nada. De ese mundo que sólo tú conoces, al cual sólo tú tienes acceso… De ese recoveco que tú mismo has construido al tratar de huir de la anterior guarida.
Algo que me enseño Navarrete mayor fue a “no ser pendejos, sino a saber maliciarle”. Y esa era la lección que nos dio a todos sus ‘hijos’. Ganas de abofetearte para que recuerdes esa lección, ganas de abrirte los ojos para que veas en lo que te has convertido. Ganas de romperte y volver a construirte.
Porque las ganas de seguir llorando ya se me acabaron, aunque me dejaste terrible coraje, esa bilis de verte imposibilitada ante tu indolencia a sí mismo.
La verdad es que no puedo, no quiero y no debo hacer más al respecto. Eres mayor que yo, por muchos años, los mismos que ye he visto autodestruirte y querer componer todo la mañana posterior.
¿Qué ganas de seguir así?, ¿qué ganas de hacerte idiota, y no ocultarlo al exterior?
Si no lo resuelves tú, o al menos tener las ganas de quererlo hacer, yo no podré componerlo.
Te recuerdo cuando a mis 7 años, y a tus tres cuartos de etiqueta roja, contándome esa verdad de la cual siempre fui objeto perdido y escondido. Así, sin la menor intención de daño me quitabas la imagen de padre que tenía desde que nací. Te lo agradecí, me fui a mi recamara, tiré dos lágrimas y seguí con mi parte de vida que correspondía.
Recuerdo el sonido de vidrios rotos que me despertó a las tres de la madrugada, esas partes de espejo roto tiradas sin sincronía en el suelo. La orden de salir de la sala y de regreso a mi cuarto. Esa cara impávida resguardada entre tus palmas, sentado en ese viejo sillón. Al día siguiente, tu paradero desconocido.
También logro acordarme de esas tres mismas preguntas hechas en menos de media hora. Ese delirum tremens que te fue invadiendo cuando mis quince otoños me dejaban lecciones de treinta más. Ese regresarte a la casa cuando ofuscado buscabas a tu hermana menor, error del cual yo te regresaba.
Y por supuesto, no olvido el tenerte que levantar del suelo, tras la puerta vencida. Recostarte en tu cama sin tener que ocultar mi malestar ante el reproche maternal. Todo para que dieras la espalda a mi confianza. Todo el cuadro se acabó con un azote de puerta y un ‘nunca más’.
Ese nunca más que hoy se repite. No para abrirlo, sino para hacerte entender que yo ya me canse de todos esos 25 años de estar, aguantarte, soportarte, tratar de entenderte, escucharte y dejarme traicionar. Lo sano, como siempre, será retirarme a cuarto, tirar dos lágrimas y seguir con la parte que a mí me corresponde, no sin antes bendecirte y darte las gracias y el adiós sumergido y oculto en un hasta luego.