Un hueco en el estómago, sin poder tocar el piso y ardor en la cara. Son las peores sensaciones posibles y que sentí en ese momento. Obvio, me preocupé, es mi marido, mi pareja, el amor de mi vida y el padre de mi Emilio.
Mierda.
Tuve que respirar porque me tocaba dar la mala noticia. Colgué con mi cuñada que ya estaba haciendo planes para llevarse a Ernesto a casa de su mamá, moviendo a sus tíos para que fueran por él.
Demasiado rápido. Carajo.
Saqué a mi marido de la cama. Lo llevé a la sala y lo senté. Le dije que era positivo Covid y de los planes de su hermana. Y que, por otro lado, era muy probable que Emi y yo también tuviéramos el virus.
Verán, es un bebé que duerme con nosotros. Nos ve diario y jugamos todo el tiempo con él. Nuestro departamento mide 75 metros cuadrados, no hay mucho por donde aislarse.
Ernesto le marcó a su hermana por aquello de que no se quería mover, no me quería dejar sola.
Lo cierto es que puedo ser muy fuerte a veces pero en ese momento de incertidumbre no me salía muy bien. Además estaba perdiendo el control con los planes de los otros, no me gusta dejar mi destino en manos ajenas, no estaba en mi elemento.
Diana en ese momento fue víctima del miedo y empezó a hacer planes, que por si yo no tenía nada, que si Emilio, que si los riesgos, que si yo estaba enferma tendrían que alejar a mi bebé de mí…
Ese fue el límite. Exploté en lágrimas.
¿Por qué mierdas le dicen algo así a una madre primeriza asustada? No saben el dolor que atravesó mi pecho.
Mi estúpida empatía me hizo sentir el miedo de Emilio rodeado de gente que no conoce bien, sin poder tomar mamila (porque lactancia materna exclusiva), extrañando a sus papás… Mi desconsuelo al no tenerlo cerca. Una yaga rompiéndome en dos el pecho.
Ernesto tuvo que colgar y calmarme. Me dijo que no se iba a ir a ningún lado, también por el hecho de que Emi no había estado bien todo el día y no sabíamos qué hacer. Solo se quedaría a dormir en la sala y yo en la recámara con el bebé.
Entonces su decisión fue anunciada a su hermana que aceptó de mala gana. Sus tíos la tomaron mejor. Diana entonces le dijo a mi pediatra el positivo del papá, él solo nos dijo que tuviéramos al bebé en observación.
Armado de cama en la sala en cinco minutos. Eran casi las dos de la mañana cuando nos despedimos para "dormir". Quería abrazarlo tan fuerte...
Ni modo, a la cama. Emilio estaba respirando muy mal, inquieto, pedía teta muy seguido. Se sentía mal. Yo sin dormir. El papá igual.
Nos dieron las seis de la mañana. Le dije a mi marido y concluimos en decirle al pediatra. Y él nos mandó a urgencias.
Eso hicimos.
Mi marido todavía no sabe cómo no chocó en el camino, yo no recuerdo el trayecto muy bien. Mi cabeza se aclara hasta que entré a Urgencias de Médica Sur con mi hijo en brazos.
Me recibió la encargada de los seguros y un grupo de enfermeras. Siempre son conmigo las mejores, en todos los lugares a donde he ido. Le doy gracias a Dios por ponerme a buenas personas en mi camino.
Entonces llegó el pediatra, un joven treintañero (creo) de mata larga y acento norteño. Me cae bien en cuanto me saluda. Me recuerda a mi mejor amigo de la carrera, creo que eso me tranquiliza un poco.
Le explico que mi marido es positivo Covid y que justo en la noche Emi empezó a ponerse mal aunque ya llevaba días medio chillón y con algo de mucosidad en el pañal, como si fuera diarrea.
El doctor me dice que es casi un hecho que Emi y yo también seamos positivos, pero que no debería de asustarme ya que a los niños pequeños les da como una gripe fuerte, que sí hay que atender de forma correcta pero que no causa mayores complicaciones.
Mi bebé llorando en un mesa de urgencias. Para mí eso ya era terrible.
Seguía el doctor. Emi traía la garganta roja e inflamada, la respiración agitada además de mocos. Todo eso, según el especialista, nos daba un diagnóstico de faringitis viral por Covid.
Por la prueba, me dijo, no deberíamos preocuparnos ya que el tratamiento entre Covid 19 y otros virus es el mismo; además que, por cómo estaba su garganta, no era muy recomendable tallarla.
Paracetamol y Flumil. Cinco días. Medir oxígeno y cuidar su respiración. Lo mismo para mí.
Listo.
Aún no recuerdo mucho de cómo salimos de ahí, ni cómo llegamos a la casa. Estaba todavía muy afectada por las últimas horas.
Lo cierto es que nosotros tuvimos los medios para correr y atendernos así de fácil y rápido. ¿Qué pasa con las familias que no tienen esas facilidades?
Es ahí cuando entiendo tanto fallecimiento y sufrimiento. Ya no hay camas en los hospitales del IMSS o ISSSTE, aquellos particulares son demasiado caros o difíciles de pagar para algunos. Más los tratamientos y medicinas que, en muchos casos, son caros.
¿En qué horrible realidad estamos?
Cuando estuvimos en casa, lo único que pude hacer fue apapachar a mi Emilio, darle sus medicinas y cuidarlo, tanto a él como a mi marido. Aunque hablando de este último, fue complicado.
Mientras que nosotros sabíamos que no hacía falta el aislamiento de cada uno de nosotros (dicho por el doctor), los demás insistían en que sí. Entiendo su nervio pero no venía mucho al caso.
Verán: mi esposo estaba contagiado así como mi hijo, a quien le doy pecho, en consecuencia yo sería la siguiente enferma ya sea por mi pareja o por el bebé. Me suena muy lógico, ¿no?
En tanto, nosotros teníamos los nervios de punta porque no sabíamos a quién acudir: los médicos de Carso no se comunicaban con Ernesto, yo no le podía decir a mi madre porque podría ocasionarle una crisis nerviosa, y así de pronto no podíamos salir a buscar a un especialista. Además todavía no tenía los resultados de mi prueba, por ende solo era sospechosa.
Carla, mi amiga, me dijo que buscara a su bestie, Chokis, anestesióloga que había tenido dos negativos pero con síntomas de Covid. Cuando lo hice, me contó su experiencia y que apenas iba terminando su cuarentena, me recomendó a su neumóloga Jessica.
Se nos acabó el domingo. Para el lunes ya tenía mis resultados: negativos.
¿¡Qué!?
Claro, fuí sin síntomas. Significa que el primer infectado fue mi marido. Y yo seguiré siendo un misterio de la historia…
Bueno, no. Es muy probable que el virus ni haya incubado aún cuando fuí a mi prueba pero ya lo traía. Además tengo entendido que es muy común que estos exámenes fallen incluso con síntomas evidentes. En fin...
"La prueba no importa, tienes Covid. ¿Qué síntomas has tenido?". Fue muy clara la neumóloga en su primer acercamiento y tras una breve explicación vía WhatsApp (¡oooh querida tecnología!).
Lo siguiente fue acordar una cita para el día siguiente, martes, y mientras cuidar nuestra oxigenación, presión, temperatura y ritmo cardíaco. Con todo y tabla de excel por si las fallas.
Y en medio de toda esta turbulencia, entre jaloneos, opiniones externas e incertidumbre, hubo alguien que agradeció el hecho de que los tres estuviéramos enfermos. Nunca he visto tan contento a Emilio por tener a sus dos papás durmiendo en la misma cama, con él en medio para apapacharlo claro.
De cierto modo el que fuéramos tres contra el mundo me hizo sentir menos abandonada a mi suerte. Claro, también las tareas del hogar se comparten, pero al menos podía abrazar a mi marido -sin miedo aunque con resignación- una vez más.
Además, el saberte enferma y que lo sepan los demás te crea una nube de "pestilencia" en tu entorno. Nadie te quiere demasiado cerca pero no pueden estar lejos. Es horrible la sensación.
Esa noche volví a llorar en silencio en mi almohada. Tenía miedo de que se complicaran las cosas, Emi solo tenía cinco meses y ya había pasado por tanto. Asimismo, las cosas con mi suegro seguían delicadas ahora por toxicidad metabólica (o eso decían los médicos en sus reportes).
El martes en videollamada, la doctora nos explicó que un gran porcentaje de las pruebas de Covid fallan o dan falsos negativos ("¿entonces para qué sirven?", preguntó mi neurótica interna), por lo que TODOS debemos poner atención a los síntomas que podamos tener.
¿Entienden el riesgo que suponen aquellos falsos negativos que andan felices de la vida en la calle, a pesar de los síntomas? ¿O qué tal los asintomáticos?
Mi marido explicó su dolor de piernas y espalda, mocos, sudor excesivo, ardor de garganta, malestar generalizado e irritabilidad. Yo presentaba dolor de garganta, cuerpo, cabeza, tos y sensación de calor (by so far).
Nuestra doctora muy tranquila nos dice que en efecto, es Covid y que se viene lo bueno. Y es que resulta que mi marido y yo estábamos justo en los días pico de la enfermedad (entre el 9 y 14), por ende los síntomas serían más fuertes.
También nos explicó que el cuadro inicia como una tos ligera que así como llega se va, y que hasta después vienen los síntomas más fuertes. (Claro… ahora todo tiene sentido).
De receta paracetamol (tan sabios en el IMSS y nosotros despreciando su joya medicinal…) para ambos, algunos spray, otras medicinas para quitar molestias particulares, y listo.
"No salgan, aíslense, utilicen cubrebocas si salen y cuídense". Es todo. Mientras que se mantengan los niveles de oxigenación bien (<91) no hay de qué alarmarse. También teníamos que cuidar si hay temperatura, pero pues es un signo normal de cualquier virus.
Para Emilio nos recomendó una neumóloga pediatra que nos atendió al pequeño solo una vez ese mismo día. No cambió mucho la cosa, solo dos medicinas más y ya.
Ahí quedó todo. Con mi confirmación de Covid por síntomas.
Juro que tenía la intención de decirle a mi madre de mi contagio. Pese a que no era fácil por los nervios y angustia que el tema
implica, sí quería no mentirle a mi mamá. Son tiempos delicados para ser ingratos.
Pero no se pudo.
El miércoles me contó mi hermano que la madrina de mi mamá había fallecido la noche anterior, al parecer de causas naturales. También Arturo, el mejor y único amigo constante de Óscar, murió durante la madrugada de -al parecer- un cuadro de Covid mal cuidado.
"¿Cómo es que se lo iba a decir?.. Mejor ahí luego".
No les voy a contar que fue fácil porque sería una gran mentira. Fue doloroso en diversos tiempos, es sentirse enfermo de gripe pero una totalmente desconocida. Para tu cuerpo es extraño, sabe que está enfermo pero no sabe de qué ni sabe cómo actuar, mucho menos defenderse.
Te haces humilde y vulnerable a la vez. Así lo entiende tu cuerpo y empieza a conocer al enemigo de cerca para que no vuelva a pasar (o tan fuerte la próxima ocasión).
Además te sientes irritable, parece que todo te enoja o te hace llorar -a veces, las dos al mismo tiempo-. El dolor de cuerpo viene acompañado de un cansancio terrible, el menor esfuerzo te agota. La comida es insípida, te sientes vencida anímicamente, y perdida, mucho, ya que no sabes qué esperar: si irte al hospital de una vez o quedarte en tu casa con el miedo latente de complicarse tu caso.
Es desgastante. El virus observa y busca tus puntos débiles, ahí escarba hasta que tú ya no puedas más. Y luego se va.
Conforme pasan los días los síntomas son diferentes y van en mayor o menor grado. Por ejemplo, cuando se me quitó la molestia en la garganta empecé a sudar a lo bárbaro por la noche, y cuando terminé de sudar, perdí el olfato.
Desde niña pensaba cuál era el sentido que menos me dolería perder. Pensaba, curiosamente, que el olfato ya que no era tan indispensable en mi vida. ¡Ja!
Me quiebra el corazón no poder oler a mi bebé, su cuellito, sus pies o todo él después del baño.
Me perdí el aroma de la primer flor de mi gardenia, las primeras popos de Emi ya con papilla (eso aún no sé si agradecerlo o no), las primeras lluvias de junio, el olor de mi marido.
Pero eso no es lo peor...
Ya teníamos el tratamiento y empezábamos a entender todo. Fue la tarde del 3 de junio, estaba terminando de cambiar a Emi sobre la cama cuando escuché el grito desesperado de mi marido desde el estudio, algo desgarrador que espero no volver a escuchar jamás:
"¡Mi papá se murió!"
Unas horas antes habían llamado a casa de las tías de mi marido para pedir urgentemente la identificación, acta de nacimiento y carnet del señor. Lo cierto es que pensé de todo, pero del lado optimista ya que había tenido pequeños avances: la infección fue vencida, la toxicidad disminuyó, se controló la presión y la neumonía cedió, incluso el porcentaje de oxígeno dado por máquina era menor.
No me lo esperaba.
Mi marido me enseñó su celular, un mensaje de su tía -quien quedó de responsable y llevó los papeles solicitados- diciendo que lamentablemente don Ernesto no aguantó, su vida fue apagada por un paro cardiorespiratorio.
Fueron tres semanas y media de lucha que dio mi suegro en el hospital.
Su hijo se desmoronaba en un sillón mal acomodado dentro del estudio. Lloraba como niño, aunque eso finalmente era: un niño que perdió a su héroe.
No sé si debo escribirlo o no, pero es terriblemente penosa una muerte así. Espero ser sensible al tema: los enfermos fallecen lejos de sus familias, alejados de ellos por días, sin escuchar sus voces de apoyo o el calor de sus manos, solos; mientras que los de afuera no pueden despedirse o verlos, asegurarse que se hizo todo lo posible (no dudo de la capacidad de nuestros valientes doctores, pero el dolor de duelo hace que se piensen ese tipo de cosas), tan impotentes. Por mucho que se analice la situación, es de las peores pérdidas que hay y no se la deseo a nadie.
Te hace sentir perdido e indefenso, con las manos perdidas y solo, muy solo.
Así estaba mi marido en ese momento, en ese ácido que te corroe y no hay forma de huir. Casi se me desmaya de la impresión. Yo hubiera estado igual o peor.
Es un dolor que no te deja. No nos ha dejado desde entonces.
No hay día que no lo recordemos, era quien le cantaba Cielito Lindo a mi hijo, el que platicaba conmigo cuando estaba en su casa, nos apoyaba cuando necesitábamos ayuda, abrazaba y consolaba a mi marido cuando se perdía.
Un ser humano de naturaleza generosa, preocupón, de carácter serio pero de sonrisa sincera, hombre de familia y que luchaba por su unión, de esos que lloran solos y alejados, que les cuesta abrirse pero que es cálido cuando lo hace. Hacía chistes bobos y simplones para alegrar a todos, e incendiaba edificios sí era necesario.
Lo conocí poco, pero lo suficiente para dejar un gran hueco. Tanto a mí como a mi hijo que se ha quedado sin abuelo, uno que es tan necesario e importante para cualquier infante.
Todavía nos duele, seguiremos llorando hasta que se haga chiquita la herida. Seguiré abrazando a mi marido cuando lo requiera, todo el tiempo.
De entonces han pasado varios días. Los tres ya estamos dados de alta aunque con algunos daños: Ernesto trae una neuropatía derivada de una opresión por desviación de discos cervicales, Emi sigue de repente chipil pero al menos descubrimos que es alérgico a la proteína de la leche de vaca por los que se mantiene en tratamiento constante, y yo pues estoy a dieta de lácteos y sus derivados, aún sigo un poco cansada y no percibo aromas del todo… aún no puedo oler a mi hijo (o a su popó).
He aprendido que sería muy fácil ser indolente y salir a la calle sin protección. Claro, no lo hago porque pese a mi poca inmunidad puedo contagiar a alguien. No quiero hacerle eso a alguien. Por favor, no lo sean ustedes.
Respecto a la confirmación: hace unos días (pasando nuestro día 21) decidimos hacernos pruebas: mi marido la PCR y todos la de anticuerpos.
Para mi marido y yo todo normal. Pobre de mi Emi, fue su primera sacada de sangre. No, no tuve corazón (ni ovarios) para verlo, fue su papá el fuerte. Cuando salió, mi bebé era todo lágrimas y sudor; como pude lo consolé.
"¡Fuck! Un bebé, mi bebé, no debería pasar por esto". Y ahí van de nuevo, mis lágrimas al suelo del hospital. Tan pequeño él y ya ha tenido que pasar por tanto… me he llegado a sentir la peor madre del mundo. Tal vez lo sea.
Emi y yo tuvimos el virus y -ahora- anticuerpos. Está confirmado. Doy gracias a Dios por tenernos aquí, con vida, sin más complicaciones. Los tres hemos salido adelante.
Mi marido todavía salió positivo en la prueba, faltarán unos días más para repetirla y consiga su negativo necesario para regresar a trabajar.
Estúpido Covid.
Se trata de un virus que te toma de la parte más frágil, de tus debilidades, ahí se encaja. Es horrible y, sí, es mortal.
Hemos perdido padres, madres, amigos, conocidos, cercanos y no tan queridos. Se hace esto cada vez más denso.
Por eso da tanta tristeza ver a cantidad de personas en la calle sin protección, sin respetar su distancia, llamando a la desobediencia por no creer en el virus. Si supieran qué triste es aceptar la muerte de un familiar del cual no pudieron despedirse o abrazarlo por última vez, ni siquiera un "te quiero" de lejos. Nada.
Aún no estamos recuperados, y nos falta mucho por saber de la enfermedad. Nos sentimos cansados, a veces demasiado.
Pero tenemos que seguir. Vamos a extrañar mucho a mi suegro, cómo le cantaba a mi hijo y consolaba a mi esposo quien, a un mes después de su muerte, le sigue llorando diario.
Sé que esto terminará, del cuando no estoy segura. Pero tengo que agradecer a Dios y a mis doctores por salvar a mi familia.
Solo me queda rogar porque no haya más pérdidas. Por favor.