jueves, 29 de septiembre de 2011

Sin explicaciones, bienvenido cuarto de siglo.

Después de 25 años hay mucho que contar, pero bueno, sólo esos años bastarían para que ustedes se enteraran.

Son lecciones, cuentos, lágrimas, abrazos, risas, sentimientos… todo eso unido en una mezcla más o menos homogénea. Hoy me determino como soy (aja…)

Pero al final de cuentas, llevo adentro todo un crucigrama de enigmas que aún muchos no logró descubrir.

Me descubro melómana, escritora, poeta chafa, adicta a las tardes frías acompañada. Me declaró indecisa, fuera de control con hambre de devorar todo el conocimiento que se me atraviese frente.

No soy más de lo que conocen, pero tampoco soy menos de lo que esperan.

Soy la vaga ilusión, si me ven aquí no estoy. Soy un paradigma sin resolver, y que siempre que trato de esclarecerlo, me regresa al mismo punto donde inicié.

Soy esa palabra que fue escuchada pero no comprendida. Soy la recopilación de mi magia, en mezcla de aromas: vainilla, lirio, lima y coco.

Me consideró una parte de algo, la cual aún no encontrado a su todo.

Extrañamente, siento que he vivido mucho, he llorado demasiado, he envejecido rápido, y me he roto débilmente. Y no, aún no es tiempo de que esto se detenga, no es tiempo de que esto deje de usarse como tiempo.

Aún estamos aquí.

Gracias a todos aquellos que han venido acompañándome desde un día, hasta 24 años con 11 meses y 29 días.

Gracias a esas risas, hombros mojados por mis lágrimas, por esos berrinches y ‘entripados’ que he provocado. Simplemente por estar ahí.

A lo largo de mis 25 años sólo he aprendido fielmente una cosa: todo esto puede cambiar.

Lo lindo, es que ustedes siguen estando aquí, conmigo, en mi mundo. Eso es lo valioso. Y permítanme invitarlos otros cinco minutos extendidos a todo el tiempo que quieran. Esta es la casa que la loca abrió, y que no piensa cerrar por el momento.

Los quiero, y gracias.

martes, 27 de septiembre de 2011

En memoria…

Lo recuerdo al fondo de esa habitación con mucha luz, entre esas pilas de periódicos viejos y olvidados, con su tasa sobre el escritorio.

También mis ojos lo veían en esa mecedora, con otro “El Universal” en las manos, sus lentes anchos sobre sus ojos, y su chaleco guardándolo de los cambios de temperatura que ya lo hacían frágil.

Aquel hombre que me enseñó a leer los titulares, aquel anciano que me enseñó que el bolillo español es el mejor, cuyo aroma aún no puedo separar de mi nariz, y me alegra cada vez que paso por una panadería de la Roma. Ese señor que me enseñó el significado de “estar bien vivilla”, más cuando caminas en los corredores del Centro Histórico.

Supongo que tu infancia no fue fácil. Tu nacimiento lleno de lagunas de conocimiento, es uno más de los enigmas que guardabas en tus memorias. Tu familia sólo eran tus dos hermanos y tu abuela, a ninguno de los tres conocimos por fotos, o mucho menos por su descendencia. Sé que aprendiste el significado del lenguaje en las calles, en esas calles de la Ciudad de México, de esa ciudad que apenas nacía frente a tus ojos.

Comerciante de primera, médico por consejería, y amigo por convicción.
Me enseñaste que todo se puede, con un “¡aaah cómo chingaos no!”, o con la aún perdurable “no vengo a ver si puedo, ¡sino por qué puedo vengo!”. Ese clásico café hirviendo, el cual tú me enseñaste a tomar sin terminar acabándome mis papilas gustativas. Esa “concha” y “oreja”, que gustabas ver cómo devoraba de cena.

Me acuerdo de esos dulces de menta rojos, una paleta de dulce macizo que siempre me dabas apretando las manos sobre el palillo que la sostenía. Esa tierna sonrisa con la cual me veías presumiendo un “ahora, ¿qué vas a hacer mija?”. Esas manos que siempre me guiaron y me enseñaron a tomar con firmeza y fuerza las cosas (desde pequeña se me veía la maña de tirar todo al suelo).

Aún recuerdo esos tangos de Gardel sonando en los cuartos, tus palabras resonando en el fondo. Algo así como un regaño para mis hermanos, que les enseñabas cómo se debía tratar a una dama (“a la mujer, ni todo el amor ni todo el dinero”).

Puedo remembrar que siempre fuiste celoso de tu espacio –cuidado con los visitantes-. Solías correr con frecuencia a mis amigas que me visitaban, peor les iba a los hombres. Esa cara y ceja alzada, aunada a una sonrisa asesina y ojos ‘ajusticiadores”, acompañado todo con un “qué se vayan a su casa, que no anden de chango cilíndrero’. Mi grito, como niña puberta, le seguía.

Obviamente, tus chistes. Siempre fueron sarcásticos e irónicos. Además, de esas personas que te decían un chiste y ni demostraban su gracia (no sabías si eran anécdotas, chistes, recetas de cocina o qué). Esos ojuelos en las mejillas, esos ojos ‘de regalo’, esa panza vibrante… lo mejor de mis tardes.

Lo que más recuerdo son esos recorridos por la plancha del Centro Histórico. Nunca –y ni lo dudo- podré aprenderme como tú todas y cada una de las calles del primer cuadro de la ciudad. Ese sentido de ubicación únicamente tuyo, no, no me lo heredaste (vaya, me pierdo con facilidad); aunque debo de admitir que tu sentido del olfato si lo tengo: llego por el aroma.

Me acuerdo de tus sutiles caricias, pocas pero en realidad con gran significado. Esa risa irónica que faltaba por decir “aaah, ¡qué pendejos!” (perdonen ustedes lectores). Y cuando escuchabas “A ver mija, déjame…”, sabías que ya estaba desesperado, y mejor corrías, porque después venían sus palabras. Esas palabras que si bien no eran gritos, dolían más porque en tácitas letras te dejaba ver que estabas haciendo las cosas mal.

Tus historias de miedo, de box, de ventas, las históricas; esas leyendas de billares, alcohol, mujeres, y lugares ‘mal habidos’. Todos esos recuerdos que guardo con tu voz. Que sin tu voz son nada.

Extraño eso. Esas lecciones de vida que forman a las personas. Esa gran sabiduría de más de 91 años. Esas lecciones que en tu soledad supiste aprender.

Padre de familia: recto, directo, inexperto, imperfecto. Como mercader, de los mejores, hacías comprar sal a los costeños, y hielo a los esquimales. Platicador empedernido, con memoria invaluable. Abuelo de los mejores, que no sólo fue abuelo, sino se convirtió en padre ideológico de mi vida.

El carácter férreo, la terquedad/ perseverancia, el adelantarse tres cuadras en el pensamiento (provocando que nadie entienda lo que diga), el saber ver por encima del hombro, la lealtad incluso en las peores condiciones, el amor por las largas caminatas, la perseverancia por seguir con la familia a pesar de sus imperfecciones y jaladas… Todo eso me lo enseñó él. Hasta el último momento, durante el cual seguíamos caminando en la calle, tu brazo rodeando el mío para que yo te sirviera de bastón.

Incluso cuando te veía delgado, serio, callado, deprimido hasta las lágrimas (las únicas que vi en toda tu vida compartida con la mía), serio y sin poderte mover. Hasta esos momentos me mostraste tu coraje por seguir aferrándote a la vida.

Y hoy, casi a tres años de tu partida, te sigo llorando porque siento que me quitaron ese bastión de conocimientos y fortaleza única. De los hombres que siempre han estado conmigo, leales en todo momento.

Cada vez que hay un café bien caliente y buen pan sobre la mesa, en cada sonsonete de un tango de Gardel, en cada pulque curado, en cada vía que me lleva al metro, en cada sarcasmo, en cada peso que tengo en mi bolsillo, en cada imagen de La Virgen de Guadalupe, en cada dedo negro por la tinta del periódico… en todos esos momentos te recuerdo, y guardo con más cariño en mi memoria.

viernes, 23 de septiembre de 2011

A tiempos viscerales y con un ritmo pensado

No es en realidad que me ahogue, pero la imperiosa necesidad de escribir bajo los ritmos de Bjork posesiona mis neuronas y mente.
 A decir verdad, me doy cuenta de muchas cosas en este momento: de que seguimos siendo incrédulos con la vida (punto para nosotros), de que nos siguen molestando las perversidades de la gente (punto para la casa), y que por muy definidos que estemos, seguimos teniendo cara de estúpidos mientras nos mantenemos en pie de lucha (punto extra, la casa gana).

Si, a pesar de que siga defendiendo a la humanidad, en ciertos puntos ya me es difícil seguir con la defensa.

La humanidad no es más que un conjunto de vísceras, pensamientos y acordes que un buen día decidieron vivir juntos en ‘armonía’ –fuera lo que esto signifique- y en proceso de aprendizaje –signifique lo que esto implique-. Pero al final de los tiempos, las vísceras se dieron cuenta que no se lleva bien con los pensamientos, en primera porque siempre te arman una serie de problemas que jamás intentará resolver (obvio, las neuronas no se ensucian las manos con la sangre del corazón), y el pensamiento se cree tan importante como para andar por ahí escuchando las lágrimas que tiran ese cúmulo de células.

Evidentemente, los acordes, que van más de la mano con los sentimientos, pues deciden dedicarse a lo suyo y tratar de reflejar la realidad a través de tiempos y sonidos.

¿Por qué no nos podemos poner de acuerdo?

¿Es tan difícil establecer una línea de respeto entre cabeza, extremidades y torso… además del cerebro, corazón y piel?

Y fuera de la ridiculez utópica del negro y del blanco representando el bien y el mal, deberíamos de entender que no podemos ser totalmente buenos, ni totalmente malos. Es ridículo pensarlo.

¿Es acaso que pierdo mi fe en la humanidad?

¿Acaso he visto, olido, oído y sentido demasiado?

No me refiero a que ya nada me deje de sorprender, no… espero que jamás me pase eso la verdad. El problema es que sé que sólo hemos visto una parte del todo, y que me da miedo saber que hay más allá del reflejo de tus ojos, de tu sonrisa y de tu bienestar contigo mismo.

Sí, amanecí existencialista. El problema es que me hicieron pensar demasiado en el tiempo perdido, y en las guerras que deje por luchar por la incapacidad de soñar de terceros.

Deje de creer en mí, para creer en los demás. Y sí, me han empezado a desilusionar.

La magia sigue, porque la llevamos todos en la sonrisa y en los buenos deseos. Pero dejemos que el mundo circule, y simplemente, como todo lo circular, dejar que nos lleve el viento, al fin que la rueda no tiene inicio ni final. Y la tangente nos sirve de tres cosas: de nada, para lo mismo, y para hacernos tontos un rato pensando que llegaremos algún día a algún lado.

Nowhere, somewhere…