viernes, 23 de septiembre de 2011

A tiempos viscerales y con un ritmo pensado

No es en realidad que me ahogue, pero la imperiosa necesidad de escribir bajo los ritmos de Bjork posesiona mis neuronas y mente.
 A decir verdad, me doy cuenta de muchas cosas en este momento: de que seguimos siendo incrédulos con la vida (punto para nosotros), de que nos siguen molestando las perversidades de la gente (punto para la casa), y que por muy definidos que estemos, seguimos teniendo cara de estúpidos mientras nos mantenemos en pie de lucha (punto extra, la casa gana).

Si, a pesar de que siga defendiendo a la humanidad, en ciertos puntos ya me es difícil seguir con la defensa.

La humanidad no es más que un conjunto de vísceras, pensamientos y acordes que un buen día decidieron vivir juntos en ‘armonía’ –fuera lo que esto signifique- y en proceso de aprendizaje –signifique lo que esto implique-. Pero al final de los tiempos, las vísceras se dieron cuenta que no se lleva bien con los pensamientos, en primera porque siempre te arman una serie de problemas que jamás intentará resolver (obvio, las neuronas no se ensucian las manos con la sangre del corazón), y el pensamiento se cree tan importante como para andar por ahí escuchando las lágrimas que tiran ese cúmulo de células.

Evidentemente, los acordes, que van más de la mano con los sentimientos, pues deciden dedicarse a lo suyo y tratar de reflejar la realidad a través de tiempos y sonidos.

¿Por qué no nos podemos poner de acuerdo?

¿Es tan difícil establecer una línea de respeto entre cabeza, extremidades y torso… además del cerebro, corazón y piel?

Y fuera de la ridiculez utópica del negro y del blanco representando el bien y el mal, deberíamos de entender que no podemos ser totalmente buenos, ni totalmente malos. Es ridículo pensarlo.

¿Es acaso que pierdo mi fe en la humanidad?

¿Acaso he visto, olido, oído y sentido demasiado?

No me refiero a que ya nada me deje de sorprender, no… espero que jamás me pase eso la verdad. El problema es que sé que sólo hemos visto una parte del todo, y que me da miedo saber que hay más allá del reflejo de tus ojos, de tu sonrisa y de tu bienestar contigo mismo.

Sí, amanecí existencialista. El problema es que me hicieron pensar demasiado en el tiempo perdido, y en las guerras que deje por luchar por la incapacidad de soñar de terceros.

Deje de creer en mí, para creer en los demás. Y sí, me han empezado a desilusionar.

La magia sigue, porque la llevamos todos en la sonrisa y en los buenos deseos. Pero dejemos que el mundo circule, y simplemente, como todo lo circular, dejar que nos lleve el viento, al fin que la rueda no tiene inicio ni final. Y la tangente nos sirve de tres cosas: de nada, para lo mismo, y para hacernos tontos un rato pensando que llegaremos algún día a algún lado.

Nowhere, somewhere…

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