martes, 27 de septiembre de 2011

En memoria…

Lo recuerdo al fondo de esa habitación con mucha luz, entre esas pilas de periódicos viejos y olvidados, con su tasa sobre el escritorio.

También mis ojos lo veían en esa mecedora, con otro “El Universal” en las manos, sus lentes anchos sobre sus ojos, y su chaleco guardándolo de los cambios de temperatura que ya lo hacían frágil.

Aquel hombre que me enseñó a leer los titulares, aquel anciano que me enseñó que el bolillo español es el mejor, cuyo aroma aún no puedo separar de mi nariz, y me alegra cada vez que paso por una panadería de la Roma. Ese señor que me enseñó el significado de “estar bien vivilla”, más cuando caminas en los corredores del Centro Histórico.

Supongo que tu infancia no fue fácil. Tu nacimiento lleno de lagunas de conocimiento, es uno más de los enigmas que guardabas en tus memorias. Tu familia sólo eran tus dos hermanos y tu abuela, a ninguno de los tres conocimos por fotos, o mucho menos por su descendencia. Sé que aprendiste el significado del lenguaje en las calles, en esas calles de la Ciudad de México, de esa ciudad que apenas nacía frente a tus ojos.

Comerciante de primera, médico por consejería, y amigo por convicción.
Me enseñaste que todo se puede, con un “¡aaah cómo chingaos no!”, o con la aún perdurable “no vengo a ver si puedo, ¡sino por qué puedo vengo!”. Ese clásico café hirviendo, el cual tú me enseñaste a tomar sin terminar acabándome mis papilas gustativas. Esa “concha” y “oreja”, que gustabas ver cómo devoraba de cena.

Me acuerdo de esos dulces de menta rojos, una paleta de dulce macizo que siempre me dabas apretando las manos sobre el palillo que la sostenía. Esa tierna sonrisa con la cual me veías presumiendo un “ahora, ¿qué vas a hacer mija?”. Esas manos que siempre me guiaron y me enseñaron a tomar con firmeza y fuerza las cosas (desde pequeña se me veía la maña de tirar todo al suelo).

Aún recuerdo esos tangos de Gardel sonando en los cuartos, tus palabras resonando en el fondo. Algo así como un regaño para mis hermanos, que les enseñabas cómo se debía tratar a una dama (“a la mujer, ni todo el amor ni todo el dinero”).

Puedo remembrar que siempre fuiste celoso de tu espacio –cuidado con los visitantes-. Solías correr con frecuencia a mis amigas que me visitaban, peor les iba a los hombres. Esa cara y ceja alzada, aunada a una sonrisa asesina y ojos ‘ajusticiadores”, acompañado todo con un “qué se vayan a su casa, que no anden de chango cilíndrero’. Mi grito, como niña puberta, le seguía.

Obviamente, tus chistes. Siempre fueron sarcásticos e irónicos. Además, de esas personas que te decían un chiste y ni demostraban su gracia (no sabías si eran anécdotas, chistes, recetas de cocina o qué). Esos ojuelos en las mejillas, esos ojos ‘de regalo’, esa panza vibrante… lo mejor de mis tardes.

Lo que más recuerdo son esos recorridos por la plancha del Centro Histórico. Nunca –y ni lo dudo- podré aprenderme como tú todas y cada una de las calles del primer cuadro de la ciudad. Ese sentido de ubicación únicamente tuyo, no, no me lo heredaste (vaya, me pierdo con facilidad); aunque debo de admitir que tu sentido del olfato si lo tengo: llego por el aroma.

Me acuerdo de tus sutiles caricias, pocas pero en realidad con gran significado. Esa risa irónica que faltaba por decir “aaah, ¡qué pendejos!” (perdonen ustedes lectores). Y cuando escuchabas “A ver mija, déjame…”, sabías que ya estaba desesperado, y mejor corrías, porque después venían sus palabras. Esas palabras que si bien no eran gritos, dolían más porque en tácitas letras te dejaba ver que estabas haciendo las cosas mal.

Tus historias de miedo, de box, de ventas, las históricas; esas leyendas de billares, alcohol, mujeres, y lugares ‘mal habidos’. Todos esos recuerdos que guardo con tu voz. Que sin tu voz son nada.

Extraño eso. Esas lecciones de vida que forman a las personas. Esa gran sabiduría de más de 91 años. Esas lecciones que en tu soledad supiste aprender.

Padre de familia: recto, directo, inexperto, imperfecto. Como mercader, de los mejores, hacías comprar sal a los costeños, y hielo a los esquimales. Platicador empedernido, con memoria invaluable. Abuelo de los mejores, que no sólo fue abuelo, sino se convirtió en padre ideológico de mi vida.

El carácter férreo, la terquedad/ perseverancia, el adelantarse tres cuadras en el pensamiento (provocando que nadie entienda lo que diga), el saber ver por encima del hombro, la lealtad incluso en las peores condiciones, el amor por las largas caminatas, la perseverancia por seguir con la familia a pesar de sus imperfecciones y jaladas… Todo eso me lo enseñó él. Hasta el último momento, durante el cual seguíamos caminando en la calle, tu brazo rodeando el mío para que yo te sirviera de bastón.

Incluso cuando te veía delgado, serio, callado, deprimido hasta las lágrimas (las únicas que vi en toda tu vida compartida con la mía), serio y sin poderte mover. Hasta esos momentos me mostraste tu coraje por seguir aferrándote a la vida.

Y hoy, casi a tres años de tu partida, te sigo llorando porque siento que me quitaron ese bastión de conocimientos y fortaleza única. De los hombres que siempre han estado conmigo, leales en todo momento.

Cada vez que hay un café bien caliente y buen pan sobre la mesa, en cada sonsonete de un tango de Gardel, en cada pulque curado, en cada vía que me lleva al metro, en cada sarcasmo, en cada peso que tengo en mi bolsillo, en cada imagen de La Virgen de Guadalupe, en cada dedo negro por la tinta del periódico… en todos esos momentos te recuerdo, y guardo con más cariño en mi memoria.

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