¿Saben? Mi familia es totalmente musical.
Tenemos la manía de expresar nuestras emociones a través de la música. Y si bien no sabemos más que tocar la puerta, si nos gusta agarrar nuestros discos, viniles, cds, cassettes, MP3 o cualquier dispositivo, subir el volumen a todo y perdernos durante horas.
También, por eso, a muchos de los Nieto Rodríguez nos gusta bailar.
No era la excepción mi prima Laura, quien de pasión tomó al flamenco entre sus brazos y lo hizo suyo hasta que su esclerosis múltiple se lo permitió. Ayer justamente cumplió un año lejos de nosotros. Ahora está donde no podemos alcanzarla físicamente pero si dónde algún día terminaremos todos.
A ratos, las preocupaciones de la vida diaria, y que últimamente han sido muchas y graves, me distraen de su memoria. Me alejo un poco del vacío que dejó, de lo que representa su memoria en mí. Pero de un momento a otro, su distancia me cae como balde de agua fría sobre la espalda.
Hoy fue gracias a la radio, mi fiel compañera en los mejores y peores momentos de mi vida. Con música.
Cuando era muy pequeña (soy la última de los primos), solíamos festejar las fiestas decembrinas en casa de mi Tío Toño, en la hermana república de Aragón. Allá, todo tenía un sonido alto y fiel gracias al complicado pero hermoso equipo de sonido que con años de trabajo, mi tío fue armando de poco en poco. Había aparatos traídos desde Japón, y LP comprados en La Merced.
Un conjunto de contradicciones ideológicas como solo nosotros podríamos serlo. María Conchita Alonso, Big Bands, The Doors, Ray Charles, Enrique Guzmán, todo en una sola tarde.
Pero conforme el día iba cayendo, la música se iba renovando hasta detenerse en los fosforescentes ochentas. Lo cierto es que aunque me gusten muchos de sus one hit wonders, hay muchas piezas que ubico y otras no tanto. Pero sí les aseguro que hay un grupo, dúo más bien, que taladra y llena de sabores mi cabeza: Wham!
George Michael es -por su puesto- una de las grandes figuras de esa época, no sin menos mérito aunque gran discreción de Andrew Ridgeley. En mis primeros años de vida, recuerdo que mis hermanos pegaron en su cuarto un póster del Make it big, e imaginaba que ese par eran Óscar y Eduardo (uno lacio, flaco y de facciones finas; y el otro de cara cuadrada, pelo chino y largo).
Con mis primas -contemporaneas de los gemelos- era lo mismo en cuanto a gustos melonamos se refería, aunque al final terminaban por escuchar Culture Club.
Un recuerdo de aquellos tiempos me pegó mientras esperaba a que mi cría despertara del sueño que lo asaltó en un viaje en auto. Eran aquellos dulces años de paz, todos en familia hablando, gritando, riendo, discutiendo, cómo éramos llenos de vida y amor. Mis primas y hermanos se habían apoderado del aparato y oían su música justo antes de agarrar la batería y hacer pantomima de un grupo que nunca llegó a concretarse.
Laura cantaba a la par que George. Tan claro como sus años de enseñanza lingüística se lo permitían.
La escuché tan fuerte como en aquellos y lejanos minutos. Luego recordé su risa y el cerdito que se le salía en los ataques de carcajadas.
Después de más de 30 años de ese día, hoy la extraño, toda completa, como una de las mujeres de mi casa. A esa luchadora incansable y sonriente. A esa hija que cuido a su mamá hasta los últimos días que el cáncer de mama le dio. A ese frágil ser humano que cuide a veces en el hospital.
A ese pilar que hace un año nos dejó pero no así sus recuerdos ni su amor.
Hoy, en medio de problemas, litigios, miedos, luchas, enfermedades, en ella recuerdo quiénes somos como familia. Como luchadores, como hijos y nietos de Navarrete y de Rodríguez.
Mientras tanto, la canción finaliza. Y yo me pierdo un segundo en el vacío.
https://youtu.be/BFwOs-jy53A
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