Sí, bueno. Esto de las despedidas… Es evidentemente
doloroso, creo.
No es solo decir adiós, es mostrarlo para solo seguir
adelante sin esa persona y todo lo que implica. Y puede que ello pase incluso
cuando aún la persona está presente físicamente.
Hay sendas maneras de alejar a alguien, detalles que si los
vieras desde afuera te darías cuenta que en realidad nunca estuviste totalmente
presente. Es como si fuera solo fuera un trámite.
Como la ley del mínimo esfuerzo.
Justo creo que muchas de las personas que más he querido en
la vida y que por innombrables razones se han tenido que ir, no se han
despedido ‘formalmente’. Tampoco es que sea muy buena con esos momentos.
Lloras, pues, es algo inevitable (no soy de chicle). Luego
me dan ganas de pedirles que se queden, porque podemos estar bien. Que no se
vayan por el dolor que implica, que me dejarían sola porque no hay nadie más
que cubra ese espacio que están dejando vacío. Un abrazo fuerte, y adiós.
Y aunque pudiera ser menos cursi (yo, claro) en esos
momentos, nada más no me sale. Pero en sí, ese ya es un problema mío.
Pero pensándolo bien, duelen más aquellas despedidas que no
tienen ‘adiós’ de por medio. Son esas lejanías de poco a poco las que terminan
rompiendo todo.
Es muy sutil, debo decirlo. Es como si todos los días,
durante equis cantidad de años, pasaras por una tela y jalaras uno de sus
extremos. Al rato, te darás cuenta que ese lado está todo maltratado, tal vez
haya cambiado de forma y de color, en el algunos casos hasta se rompe.
Se rompe.
También está la típica situación pasiva-agresiva, en la que
la otra persona dice que se quiere quedar pero mientras te cierra la puerta. Te
dice que te quedes, pero te empuja los zapatos. O qué tal que te dice sí pero
no cuando (ajam).
Ahuyentar también es una forma de despedir a las personas.
Para que alguien se quede, debes de mostrar que es bienvenida y no despedida.
Y ahora... Prefiero llorar frente al aeropuerto o en la estación de
camiones, a que me abracen y me rechacen a la vez.
Justo hoy platiqué con una persona a quien le lloré cuando
me dijo adiós. Y vaya que se despidió como unas cuatro o cinco veces (aunque me
encantaban las bienvenidas y regresos, debo confesar).
Me dijo, “¡Tooonta! No te quedes ahí. Respira, piérdete –eres
buena en eso-, sonríe y ya. No tienes que quedarte en donde no te quieren y
tampoco donde no se preocupan por demostrar lo contrario”.
No es que me dijera algo que no supiera desde el principio -nunca
me ha gustado llegar a una fiesta a la que no he sido invitada previamente-,
pero lo cierto es que duele más que te lo diga alguien que también se fue.
Además de unas cuantas groserías, insultos cariñosos, y palabras
ignoradas a propósito, me di cuenta que tenía que decirlo porque si se quieren
hacer cambios, se debe empezar de inmediato (¿no?). También fue por mi estúpida
sensibilidad.
“No te hubieras ido. Te hubieras quedado y nada de esto
pasaría. Me estarías abrazando, escuchando música –otra vez de tus discos o los
míos, de vinil-, y sonriendo como los tetos
que éramos. Los dos desde un departamento obscuro en un segundo piso, mientras
yo fumaba adentro y llovía afuera –y no al revés como pasa ahora-“, sí, se lo
dije sabiendo que venía una retahíla por delante.
Pero pues él se fue, y yo me quedé. Y luego vinieron más que
también se fueron, algunos sin adiós, pero todos con una despedida amarga.
Giré mi cabeza por los dos lados. Observé. Callé. Y solo una
lágrima se asomó.
De nuevo, se habían ido y me quedé sola.
…
Creo que es momento de conseguirme un perro.
Aquí termino para reír de la ironía.
"I'm a man
Holding the weight of love
But without it my strength just isn't enough
So strike down on me, on me"
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