Es obvio que me dueles, ¿sabes? Fueron cuatro años de
seguirnos los pasos… muchos pasos.
Pero el último año fue terriblemente doloroso. Muchas
grietas, lágrimas, mentiras, malos tratos, olvidos, respuestas estúpidas. No
creo que te hayas dado cuenta de todo, digo, ¿por qué lo habrías dejado pasar,
si fuera lo contrario?
Me duele saber que no soy la persona que necesitas, o que
quieras lo suficiente como para mantenerla a tu lado el resto de tus días. Más
me hiere saber que soy yo la que se dio cuenta y la que se tiene que ir a pesar
de todo el amor que siente por ti.
Nunca me verás con la misma intensidad con la que yo lo hacía,
nunca me dirás qué tan guapa soy para ti como yo solía susurrarte al oído en
cada oportunidad solo para hacerte sonreír. No me robarás un beso como yo lo
hacía, con esas ganas de llenarse de ti. O simplemente, dormir tan tranquilamente
como me pasaba cuando me dejabas tu aroma impregnado.
Nada de eso, jamás… Que de cualquier modo, nunca habría
ocurrido.
Supongo que no era mi oportunidad… Te lo dije algún día, a
mí las cosas buenas no me duran, incluso pocas veces me pasan. Son como las
estrellas fugaces, tan rápido como llegan, tan rápido como se van. Efímeras.
Así tú.
Pero bueno, ¿qué más podría decir nuestra historia?
Te lo revelé, todo el dolor y la decepción. En lugar de
quedarte y pelear, decidiste irte y darme un espacio que yo nunca pedí. Te
alejaste argumentando que yo necesitaba tiempo, y me dejaste cuando más sola me
sentía, cuando más vulnerable fui, cuando más quería de ti.
Así le echaste tierra a todo. ¿Qué más, no?
¿Te dolió, o fue solo un como paso más? No tengo ni la menor
idea de por qué toda esa lejanía. Dejas morir a pesar de que la solución está
en tus manos.
Yo no quería tiempo o espacio, solo quería más de ti y que
me demostraras que en verdad querías estar conmigo (lo que no hiciste durante
los últimos dos años de relación).
Lo que me terminó de ahogar fue esa indolencia, esa
desaparición constante, ese ‘valemadrismo’ para conmigo. Te lo repetí, no me
soltaste pero no lo arreglaste. Simplemente dejaste que –de nuevo- todo lo
arreglara yo. Para que esa misma mujer regresara como si nada hubiera pasado,
sonriera y te volviera a besar a pesar de todo lo malo y lo bueno. Para ser la
incondicional, la tonta incondicional.
¿Es cobardía, acaso? ¿Crees que no me doy cuenta de tu ley
de mínimo esfuerzo?
Hace muchos años, de verdad que bastantes, me prometí nunca
más dejarme perder. Esta vez no será la excepción, claro. No, no lo es.
Pero aún tengo la herida abierta. Fueron cuatro años de
inventarte justificaciones, de amarte con los ojos vendados incluso sabiendo lo
que pasaba tras el telón. Fueron muchos días de sonrisas, claro, pero fueron
más pesados los ladrillos que me pusiste en la espalda.
Hoy, lo que me resta es una bolsa con todas tus cosas, tus
fotos y tu anillo que me recuerda una promesa que no podremos cumplir. Además
claro de todos mis nudos mentales y en la garganta. Un adiós en los labios.
Hoy, la loca de la casa solo quiere dormir.
Hoy, solo quiero limpiarme las lágrimas y seguir adelante.
Hoy, soy yo… Y tú a la lejanía, sin que mis ojos te
alcancen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario