En realidad, siempre que me mirabas, te dabas cuenta de que no soy una persona sencilla de comprender. No, en lo absoluto.
Siempre fui esa mujer que siempre deseaste, y que nunca te atreviste a pedir. Me fije en ti, como un mal recuerdo en una noche de lluvia.
Te represente tus mejores besos, después de las más amargas lágrimas. Me convertí en tus sueños de noche, tus deseos al despertar, tus besos al llegar, y los golpes al irte.
Fui esa violencia que te azotaba contra la mar. Todos esos malos sueños que te dejaban noctámbulo, pero que siempre te hacían disfrutar el café de la mañana.
Tu primer libro del mes, ese trago de vino, el trozo de queso, la plática por la madrugada, los besos al despertar; la miel de tus días y la hiel de los anocheceres, a los cuales, jamás supiste llegar sin mí.
No más que esa miel obscura que siempre te protegía, incluso, en las peores tragedias de tu vida.
Siempre te lleve a ese camino, esa ruta en donde mi risa nerviosa te perdía. Esas mejillas sonrojadas, y esas manos que me tocaban, se dejaban llevar por mis miradas furtivas.
Me acompañaste al rincón donde me abandonaste, donde te grité, donde me perdí en tu ausencia. Donde tus labios se distanciaron de mi frente, y ocuparon el mismo lugar que tus ojos.
Fue ahí donde el amor se extinguió. Donde me convertí conflictiva, donde me guardaba mientras tú me buscabas a gritos. Donde yo te deje para que te encontraras, para que luego yo te reafirmara… Sin pensar que era exactamente lo mismo que tú me hacías.
Lealtad, amor, sexo, besos, cariño, nostalgia, rosas, café, cerveza, manos, caricias, risas, bochornos, peleas, lágrimas, golpes, sonrisas, platicas, chistes,… Todo eso y más…
Todo eso y más te perdiste… Hoy, tú sin mí… y hoy, yo con alguien más.
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