¡Oh querido 2012! Tantas cosas que me dejaste, quitaste,
cambiaste, mejoraste y dejaste de la fregada. Un año más de experiencias que
compartir y que aprender con sus pros y contras, como todo con su gama de
tonalidades.
Hablo de un año que me dejo miles de lecciones (como la
de no exagerar jejeje). Me enseñó a que las cosas siempre pueden estar mal –incluso
peor-, pero que no se quedarán así para siempre. Me mostró a que la fortaleza
no implica dejar de llorar, sino aprenderlo a hacer bajo las circunstancias
correctas. También me hizo responsable de lo que pienso de mí misma, y dejar
que los demás corran con sus propias apreciaciones de mi persona.
Aprendí que debo dejar mi pasión, irreverencia y sentido
de común en los lugares necesarios; a que la “seriedad tiene un precio”, y a
que ése no necesariamente se paga pero si se goza. A que a veces es mejor
abandonar a lo que se ama, a aferrarse a algo sólo para terminar por dañarlo; y
a que las personas que te quieren, siempre estarán contigo a pesar de la
distancia.
A que la madurez no implica ser amargado, pero si
responsable de los propios pensamientos; y a que puedes soñar aún con la cabeza
agachada. A que todo esto es tan efímero que vale la pena aprovecharlo, a caer
y levantarse, y ver lo recorrido para saber cuál es el destino.
A que los amigos permanecen, la familia parte y las
mascotas ceden. Aprendí la lección de que toda vida es un lujo que sólo pocos
aprenden a valorar. A que todos necesitamos aferrarnos de algo, incluso de las
cosas malas para poder salir; y a que la esperanza no es ilusa, sólo es
esperanza.
Me di cuenta que el cielo de diciembre, puede ser el de
cualquier mes, y a que todos los días pueden pasar por malas rachas para
dejarte algo bueno. Noté esa sonrisa entre la sombra, y ese chiste siniestro
entre tus mejillas.
Me reté a enamorarme de un falso espejo, y a abandonar las
ilusiones vagas e insulsas. Me gustó el políticamente correcto de la vida de
los inocentes. A que algo debo de aprender a pesar de que las cosas estén muy
de la fregada; y que sí, si se puede aprender del mal ejemplo. Reconocí que más
vale darle la vuelta a un idiota, a confrontarlo y perder valiosos segundos en
terquedades. Pero sobretodo, a que a pesar de lo mal que estén, a veces es
mejor no corregir un error; a que se tiene que dar razón a la estupidez, y que
no siempre tienes que arriesgarte para demostrar lo que tienes.
A que no para saber, siempre se tiene que estar presente.
Y que los detalles más valiosos, casi siempre escapan de los ojos. Aprendí a no
dejar seducirme por la cáscara, pero tampoco a dejarme llevar por mi
traducción. A que las afirmaciones mienten; las sonrisas ocultan sentimientos,
y el amor es tan versátil como la persona que lo profesa.
Me enfrente a las mismas piedras pero en otros lugares.
Abandoné mis miedos para dejar otros instalados, le di forma de perversión al
último cuarto de la casa, cuya propietaria es la loca que me habita. A que todos los excesos se pueden vivir, pero
siempre hay un precio.
Tantas cosas que empecé y terminé. Tantos senderos que
arme y que ahora caminaré. Pero, sobre todas las cosas, crecí, me endurecí,
aumente mi seguridad, y mande al coño a todo eso me permeaba y me hacía sentir
mal (literal, me gana la gravedad).
Ahora sueño con más colores, con más personas, con más
romance pero sin tanto relleno. Enfrentémoslo, la magia no sólo está en la
ilusión y el amor no sólo corre por las venas. Así pues, demos inicio al 2013,
y dejemos lo aprendido en la hoja que de tanto escribir, corre el riesgo de romperse
el papel. Ahora, simplemente andemos sobre nuestros pies, cuyos dedos disfrutan
la textura de la arena.
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