La verdad es que no te he querido encontrar. No es que me falte corazón, no tanto como la falta de hierro, más bien es mi ausente ilusión por verte.
Pasan los años, y percibo esa falta de interés, ese que podría sacarme de mi embrujamiento. Es la falta de ilusión sobre las expectativas que hoy ya no te impongo.
Esa figura de acompañante galante que debería de ser un tipo de resguardo. Esa fuga tipo B, ante esa fuerza que a veces me dobla las rodillas –y entre ellas, mi corazón-. No eres más que sólo la cáscara de huevo, que a los extremos se hace fuerte, mientras que en su médula se puede romper al primer toque.
Me mientes cada vez que me afirmas una sentencia. Eres tan débil como la peor de tus fortalezas. Eres más pequeños que tus propios pasos, y el peor de tus miedos nocturnos, esos que osas perseguir. Y aunque te quiera, no puedo más que retirarme para que tu vista siga perdida en los límites de tu horizonte.
Te veo y sé que no eres. Que te escondes en algún rincón de tu propia guardia. Que en realidad, me has mentido sobre tu propia mentira. No eres lo que quieres ser, ni siquiera lo que ocultas. No eres más que una vaga ilusión del fantasma que ayer se fue.
Me rindo. No es necesario decir más. Eres menos de lo que puede ofrecer, y estoy cansada de recolectar migajas para completar amorfamente un ente.
No me queda nada más que guardarme otra vez, oscurecerme y hacer como que no pasa nada desde mi barrera, a tres metros de tus propios límites. No puedo luchar contra miedos que no me dejas ver, contra fantasmas que tú defiendes, y contra esa falta de cariño y ambiciones.
Supongo que algún día me reiré de todo esto, y lo recordaré como otra de mis travesías sanguíneas. Supongo que un día de estos pasará. Mientras, como siempre, seguiré caminando y observando lo que en mi camino deberé encontrar.
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