Sé que a mis 25 años no es fácil dejar una máscara o un rol que llevaba toda mi vida con él. Es complejo abandonar esa realidad que pensabas tan tuya, pero a la vez, tan injustamente ajustada a tu piel, como lo es tu propio aroma y naturaleza humana.
Esa capa, ese logo en el pecho, esa fortaleza que te hacía derivar los mayores y majestuosos obstáculos en tu vida, es más conflictivo arrancársela, que despedirse de la propia naturaleza que a todos identifica. Eso porque siempre fue parte de tu personalidad e instinto de supervivencia.
Sin embargo, es algo necesario para cuando te tienes que calificar –más con una terca perseverante y obstinada como su servidora-. No es fácil lucha contra el ego propio y decirte que no eres más de lo que ves: un ser humano con defectos y virtudes, algunas de las cuales aún desconoces porque te falta trecho por recorrer.
No es magia, no es un simple espectáculo que a las personas normales les guste apreciar. Pero sí creo que es algo necesario para el alma humana adolorida por tantas decepciones y frustraciones que se ha cargado a lo largo de su existencia (en mi caso, la mía).
Ese cargo de exigencia constante, de alta demanda ante mis actos, referencias, complejos, trabajos… de todo eso se trata. No es tan sólo un proceso de “un paso a la vez”, más bien radica en partes olvidadas de mi infancia, y que hasta ahora no sé porque guste de colgármelo a tan corta edad.
Debo de dejar de culparme por todo, buscarle soluciones a mi vida –y a las ajenas, sobretodo-, dejar de preguntarme el por qué de la simplicidad humana, sus actos y resoluciones. En este caso, sólo dejar (y dejarme) ser por esencia. Tal vez en realidad, es que espero demasiado de todo, de las personas, de las actitudes, incluso de la fe.
Son muchos los papeles que he cumplido en mi vida, pero el problema radica en que en todo suelo ser exigente. Peor cuando se trata de una condición propia, y empeora aún más, si se trata de errores. De esos que son perdonables pero que no suelo encontrarles respuesta que me satisfaga.
Sí, soy toda complicación, lo sé. Además, estoy loca como el 99.9 de las mujeres de este mundo (agregándole lo bipolar, histérica, neurótica, workaholic, temperamental, y sentimental). So, se tardará mucho en despegarme esta capa roja que me colgué al ver unas lágrimas ajenas, ante un problema externo de una realidad que no me pertenecía.
Eso me pasa sólo a mí, al quererme convertir en salvadora, en extremo cuidadosa, y en una peligrosa amante de las causas perdidas.
Debo dejar de ser tan cruel conmigo, más si son situaciones ajenas a mis pasos. No puedo ocuparme de esas personas tan queridas, por mucho que las aprecie y quiera. Esa parte de aprensión que me lastima, al no poder controlar cosas ajenas a mis manos. O peor, que no me incumben.
Renuncio a mi plan de superman, o de superniña en su caso… No es simplemente por mi pérdida de fe a la humanidad, sino radica en un problema de salud propia. No puedo, más bien, no tolero esta realidad que me hace responsable de roles que no me corresponden. Debo de abandonar esos patrones que hasta hoy me identificaban, y reencontrar a esa niña en el desierto.
A esa niña que se dejo derivar en un punto del Sahara, y que ahora no sabe para dónde ir, ni qué hacer, ni qué pensar. Me veo sentada en posición de flor de loto, pensando intrínsecamente en mi realidad, en mi camino, en mi futuro –y todo lo que esto conlleva-.
C’est finí… Se acabo el cuento de nunca acabar, donde la princesa se convirtió en una heroína con exigencias sobrehumanas, que no cabían en la potencia de una menor de edad, que al final de cuentas respondía con retos a su soledad, a la cual, hoy enfrenta ante lágrimas y berrinches, al saber que no todo responde a una razón, y que el mundo sólo es así por serlo. Sin más, ni más… Sólo respirando.
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