De repente estaba esa cabeza llena de cabellos blanco en frente de mi, mostrando esa sabiduría que sólo los grandes pueden tener. Los brazos se detienen entre sí, formando una equis en su pecho; tienen lunares, pecas y algunas cicatrices que muestran las vivencias que puede aún narrar.
Sus ojos se encuentran hundidos en las marcadas mejillas de un rostro vejado por los más de noventa años que marca su andar; es un rostro pálido pero que conserva ese tono moreno procedente de su tierra, Jalisco. Dentro de sus ojos, habitan dos lunas blancas con dos pequeñas flamas de vida color negro, un negro que hace que sientas algo más que simple miedo o ternura; sólo que en esta ocasión, tiene esa vista perdida dentro de la pared blanca.
Su boca llena de grietas deja ir unos sonidos que parecen aún ser palabras... "Era muy bueno Buenavista..., yo creo que ya falleció... era grande cuando lo conocí...", y lo repite como sí fuera necesario convencer a otro extraño. Su voz no es más la de hace tres años, parece haber perdido algo más que ese tiempo.
Ha bajado más de diez kilos, sus huesos son más detallados -o por lo menos hasta ahora los puedo detectar-, cada articulación se mueve con dificultad y parece tallarse con dolor entre sí. La fuerza que mantenía en esos brazos que me cargaban ha desaparecido para ahora convertirse en mi fuerza lo que lo ayuda a sentarse a ver el tiempo pasar.
Lo veo desde la espalda por querer no dejarle detallar las dos lágrimas que corren por mis mejillas, pero aún así siento su respirar lento y con dificultad cada vez que trata de decir una palabra en voz alta. Siento que ese muro lleno de fortaleza se viene abajo, más abajo de lo que mis brazos pueden detener a su caída.
Uno de mis mejores recuerdos, fue en camino de su antigua casa a donde vivíamos en aquel entonces. Una caminata a un ritmo que siempre mantendré en mi andar, rápido, más rápido, sentía mis pies volar. La parada de un trolebús en las calles del centro.
Corte A
De la mano arrugada me sujeto, "con fuerza mija... no te vayas a perder". Mis ojos lo miran a sus eternas lunas, y siento un estremecimiento dentro de mi estómago. Por la ventana puedo ver como corren los árboles, algunas calles desconocidas y personas que parecen estar fijadas al suelo.
-"¡Se venden dulces, cacahuates, mueganos, chicles..!"
-"¿Qué quieres mija?"
Mi sonrisa se dirige hacía unas mentas, redondas con ciertos dibujos rojos. Los devoró mil pesos de aquellos después. Aún puedo sentir su mano tibia tomando la mía, con esa fuerza que siempre hace sentirme protegida. Me sentía tan pequeña como mis cuatro años de edad me permitían sentirme.
No sé cuanto tiempo paso ahí, pero creo que seguirá siendo eterno para mi; tan eterno como la impotencia que tengo de no poder detener la vida en ese instante. Todo esto mientras todavía lloro, viendo su cabeza de espaldas, todo esto mientras lo escucho débilmente, todo esto mientras me percato del instante que ahora vivo.
Siempre ha sido uno de mis padres, una de las personas más importantes de mi vida. Es una parte de mi aprendizaje; quien me enseñó a caminar, me enseño la perseverancia, me enseño que hay que seguir adelante ante todo y todos, me enseñó a ser parte de mi familia.
Todo esto mientras veo al muro hacerse débil, mientras que veo que no todo es eterno y que todo tiene un final -un final que nosotros no podemos predestinar-. Y esa fuerza que alguna vez sentí tomando mi mano va desapareciendo junto con la flama de sus lunas.
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