martes, 14 de enero de 2020

Carta a Emilio Noé (a sus 15 días de vida)

Vaya que tu inicio de vida ha sido abrupto para las nuestras. Y aún así no me cuesta trabajo sonreír.


Justo en este momento te estoy cargando en mi pecho, es ya de noche. Para variar duermes con la boca abierta (como tu papá, quien se encuentra trabajando en la sala en este momento no sin dejar pasar mucho para venir y darte una vuelta). 


Pienso que tu cuerpo es pequeñito y muy frágil, pero a su vez me sorprende todo lo que ha aguantado sobre todo los últimos días de mi embarazo y tus primeros de vida en el exterior.


Esos nueve meses fueron variopintos -por decirlo en corto-. El día que supimos que vendrías al mundo fue como una bomba directa a nuestras vidas; no me malentiendas, no es algo malo sino que viniste a cambiar todo en una forma tan rápida y tajante. Fue ese momento en el que supe que ya no era mi cuerpo (por mucho que me resistiera), era el tuyo y yo solo seguía órdenes. Y no era en absoluto malo, fue algo reflexivo y humilde totalmente.


Así fueron esos nueve meses en los que tuve que aprender a cuidarme por otro, a pensar por otro y sentir por otro. No es fácil, no es una decisión que se tome a la ligera pero si estás en el camino solo disfruta el viaje. 


En este caso, toda la montaña rusa se acumuló en las últimas semanas mi pequeño Emilio. Estabas programado para el 7 de enero, no quería que se empalmara con las fiestas para que pudieras festejar tu cumpleaños tranquilamente como cualquier otro niño.


Fue diciembre cuando buscamos los últimos y más importantes detalles para tu nacimiento: el hospital, el seguro de gastos médicos, tu cuna, tu cuarto y ropa. Solo que no contábamos con que el tiempo no es tan amable cuando se necesita lento.


Solo unos días después de poner el árbol de navidad, el 26 de diciembre tuvimos cita con mi ginecólogo para checar que todo estuviera bien. Eso fue un jueves, tan solo el lunes de esa semana me había hecho los exámenes pre operatorios (ya que el 24 estaríamos en casa de tu abuela Amalia, un lugar que nos congelaría a los dos).


Entonces, el doctor notó una disminución considerable en mis niveles de líquido amniótico por lo que procedió a hacerme una revisión vaginal (¡con lo que odio los patos!). Me comentó que no se había roto mi fuente pero que la fuga pudiera estar en la parte superior de mi abdomen. Debido al riesgo, me dijo, tendría que regresar a revisión dos días después (el sábado) y sería luego que evaluaríamos nuestras opciones.


Obvio tu padre y yo, primerizos en el arte de la paternidad, nos angustiamos ya que el seguro no había emitido la carta necesaria para mí hospitalización. Eso y que no teníamos acabado tu cuarto y ni la maleta para los dos; sin contar que el departamento estaba hecho un desastre y que me faltaban cosas por comprar.


Desde la altura del WTC, nos subimos tu papá, abuela Amalia, tío Óscar y yo al coche de regreso al sur. Mi madre quería pasar a conseguir mi bata para el hospital y un par de zapatos o pantuflas para esos días. Google Maps nos envió por Tlalpan.


No sé cuál es la magia de diciembre o de los días de lluvia que vuelve lentos a todos los conductores, o al menos eso pasa en la CDMX. Un hábil se le ocurrió frenarse de golpe sobre el carril de alta velocidad provocando el choque de cuarto autos, incluyendo el nuestro. Así como te sorprendiste tú, así me sorprendí yo.


Lo cierto es que tu papá tiene buenos reflejos y, además de gritar algunas cosas, alcanzó a ladearse ligeramente para protegernos ya que yo iba en el asiento del copiloto. Gracias a ello el impacto no fue tan fuerte para mi o para ti. Tu abuela y tu papá resultaron lesionados con moretones y golpes leves, según el rescatista que llegó a atendernos por parte del seguro.


Tú no te movías para nada dentro de mí. No sabes el estrés que eso me provocó. Asustada, preocupada, básicamente al borde del colapso nervioso sin poder desahogarme porque pues… nerviosos todos. Alcanzaste a moverte ligeramente, como una brisa al fondo de mi abdomen. Lloré.


No pude esperar mucho. En cuanto llegamos al departamento quise ir con el doctor para revisarte, a cualquier doctor y hospital. Mi mamá y yo fuimos a donde me operaron mi hernia; tuvimos que esperar a una doctora que me atendiera.


Ahí el drama tuvo un giro inesperado ya que ella y mi gineco discutieron ya que la externa quería hacerme un tacto y mi doc no se lo quería permitir. Un agarrón telefónico muy propio de médicos especialistas, debo decir. Mientras, yo y mi cara de fantasma sin podernos mover; aunque sorprendentemente tú te movías a lo loco ya que los pods que me pegaron en la panza no te gustaron para nada. A pesar de todo, agradecí tu pelea.


En el ultrasonido, mi madre le tocó entrar en nervios ya que la doctora la convenció de mi cirugía inminente debido al nivel de líquido. Tuve que tragarme todo su nervio y presiones durante el regreso a casa (y gracias que no estábamos muy lejos). Ya en el departamento estaban mis suegros, cuñada y sobrino, quienes al enterarse del accidente y del líquido se regresaron de sus vacaciones en Xochitepec.


Comimos, mi mamá y hermano se fueron (ya entonces vivían en el cerro) mientras que mi familia política se quedó a cenar y a asegurarse que todo estaba bien. Mi doctor, en tanto, me dijo que debía estar al pendiente de cualquier fuga de líquido o sangrado.


El día siguiente, obvio pensando en todo lo anterior, decidimos acabar con pendientes urgentes como la limpieza del cuarto, la compra de la ropa para el hospital, armado de maleta, las cortinas y vidrios de ventanas. Bueno, todo corriendo. Entonces, tu padre y yo decidimos adelantar todo para el sábado (el siguiente día) y pagar por nuestra cuenta.


Mi doctor aceptó no sin antes decirme que solo tendría horario por la noche (9pm), le dijimos que no habría problema. Él se empezó a agilizar por su lado y nosotros seguimos en el tour que incluía ir a dejar el auto con el mecánico para que lo arreglaran tras el golpe. Entonces, gracias a Dios, llegó a tu padre la carta del seguro, hecho que celebró también nuestro ginecólogo ya que no sería necesario llegar de urgencias y someterme a todas las pruebas necesarias.


Todos ya estaban avisados de que vendrías al mundo exterior ese día. Obvio, moría de nervios pero pues tampoco tenía muchas opciones más que ser optimista.


El sábado fue una corredera absoluta en el departamento, pero hasta nos dió tiempo para sacarnos unas fotos en tu cuarto ya terminado. Tu tía Diana nos ayudó tremendamente a terminar a tiempo. Yo, por otra parte, seguía un tanto adolorida de las partes que oprimió el cinturón de seguridad; recuerdo que en uno de mis momentos de cansancio platiqué contigo sobre lo que ocurriría esa noche y de lo feliz que nos haría tu llegada. Entonces, algo indescriptible sucedió: te empezaste a mover como antes.


No pude llorar lo suficiente, eran demasiadas emociones en tan poco tiempo que sabía que si iniciaba no pararía. Además, ya sabes, soy muy chillona.


Agarramos las cosas y nos fuimos al hospital en combo: Diana, tu primo Toño, mi mamá, tu tío Óscar, papá y yo. Al llegar, solo tu papá y yo fuimos a revisar mi ingreso, fue todo demasiado rápido (tal vez debimos sospechar entonces). Teníamos contemplado usar un paquete de cesárea con un costo ya fijado.


Una vez aprobado todo me subieron directamente a quirófano para iniciar con estudios. Fue todo muy pesado, siete piquetes para canalizarme porque no me encontraban venas, tu te peleaba con los chupones del sonograma, el cuarto helado, los nervios de punta y mi presión arterial elevada. Todo mejoró hasta que estaba en la plancha, escuchando a The Beatles contigo en mi pecho y tu papá sosteniendo mi cabeza. 


Si no fuera por la analgesia seguro que hubiera tenido un colapso o algo. Pero lo logramos, te vi por primera vez y supe que todo estaría bien y que las dificultades que pasamos y pasaremos valdrian totalmente la pena.


Luego todo: recuperación ruda (eso que te levanten el día siguiente de la cesárea debería ser considerado tormento chino), lágrimas por lactancia (es más difícil de lo que parece, de verdad), malentendidos con las visitas y familia, pocas horas de sueño, la analgesia me mantenía la pierna izquierda dormida… Quería solo estar en mi cama contigo y mi esposo lo antes posible.


Y casi lo logramos el lunes -luego de una tranquilizante clase de lactancia, gracias Gina-: resulta que el hospital no nos había contemplado el paquete de cesárea sino que estábamos en libre consumo por lo que nuestra cuenta se elevó al doble de lo estimado. El asunto es que, además de nosotros ser confiados, la seño que nos dió el recorrido nunca nos comentó que como veníamos de aseguradora no nos podían dar el paquete.


No debo darte detalles de cómo se puso tu padre, solo te digo que les salió más barato dejarnos ir para luego resolver la deuda que mantener los gritos en la recepción. El toque simpático de la noche fue que al tratar de salir del estacionamiento nos dimos cuenta que nadie traía efectivo para pagar. Ya ni te cuento qué hizo tu tía y padre para sacarnos.


Ahí no acabó el drama de tus primeros días: por un lado, la aseguradora dió por pérdida total el coche, decisión que no tomó tu abuelo por lo que peleó por días para que pagarán la reparación. Por otro, en tu primera revisión con tu pediatra multaron a Diana porque nos estacionamos frente a una toma gemela (ooosssh) y casi nos llevan al corralón. En uno tercero, mi madre me estresaba con tu alimentación, la mía, que sí nos bañamos, que si las plantas, que si estabas ganando peso. Y sin dejar de mencionar la presión de todos porque querían que estuvieras bien.


No debemos ignorar el factor hormonal; chillaba a la menor provocación (y un poco tu papá también). No, no fueron días fáciles.. 


Pero no con todo esto quisiera generarte un sentimiento malo o de culpa, sino quiero demostrarte todo el amor que te tenemos desde el día uno (y antes) de que conocieras este mundo. 


La vida no es sencilla pero es totalmente hermosa, y quiero que lo sepas desde ahora. Sé que tendrás días complicados, que muchas veces querrás tirar la toalla y rendirte: no lo hagas, porque detrás de ti hay una gran historia que no se acaba en tus primeras semanas. Sigue que tu camino no para.


No estoy segura de que algún día leas esto,  si le darás el sentido que pretendo; pero lo que sí he de buscar a lo largo de tu vida es que entiendas que ésta vale la pena todo y así deberás vivirla.


Te amo infinitamente, más de lo que mis palabras me alcanzan para describirlo. 


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