Imaginate sólo un momento de paz y tranquilidad... sólo para distraerte un poco....
Uno de estos días te encuentras en la playa... en la playa de tu preferencia, donde aprecias cada uno de los sonidos y texturas que hay en tu entorno. Todo se vuelve un poco más intenso, más de lo que acostumbras percibir las cosas.
Te encuentras de repente somnoliento a la orilla del mar... sabes qué ha pasado pero no quieres recordar. No hay nadie en cientos de metros... por lo menos no alguien que te reconozca y sepa de dónde vienes.
Todos tus sentidos vuelven a cobrar vida. Una brisa recorre tu cuerpo, el frío lo recibe tu piel estremeciéndote. Es de noche, tal vez más tarde de lo que crees. Las estrellas están sobre tu cabeza. Y tú estás tirado bocarriba, en alguna parte de la orilla del mar.
Mantienes tus palmas pegadas a la arena, atrapando cada grano entre tus dedos, jugando con un poco de ella, como cuando de niño jugabas con la tierra para poder apreciar lo seco o húmedo que era; además de poder sentir lo polvosas que se quedan tus manos después de tantear por ahí.
Tu pecho se encuentra muy en alto, puedes inhalar más aire del que nunca has podido disfrutar. Respiras ese aire que siempre anhelaste en las noches de ciudad, esas noches que te parecían eternas al no encontrar frescura y algo de sencillez en el ambiente. Sientes como la brisa salada te llega a la cara, sólo para despertarte y recordarte que enfrente tienes dos inmensidades: el cielo y el mar... (el mar es el reflejo del cielo en la tierra).
Respiras... respiras... cada vez más lento tratando de decifrar los miles de aromas que hay. Sal, humedad, un poco de naturaleza... son muchas cosas las que identificas... se hacen todos perceptibles a tu nariz. Los disfrutas en cuanto son tuyos y los puedes poseer.
Tus pies juegan con un poco del mar que llega a tus puntas... parece que sólo llega a saludarte al mojarte ligeramente la punta de los dedos. Sientes que el agua de mar no está fría.. más bien, raramente se mantiene tibia... y enternece cada poro de tu piel al acercarse intermitentemente a ti.
Y ese estremecimiento recorre tus pies, piernas, rodillas, cadera, brazos, espalda, nuca, y llega a la cabeza para poderte sentir vivo un rato más.
A lo lejos escuchas el ritmo del mar, cómo cada ola choca con la arena, piedras o con sí misma... Pareciera que se asemeja contigo mismo, al poder diferenciar cada golpe que da en contra de su dureza, con los latidos de tu corazón. Vive ahí algo que desconoces, pero que aún no se te ha permitido descubrir. Ahora, sólo lo disfrutas y creces con cada ola, y mueres con cada ráfaga de aire.
Hay más sonidos atrás... unas gaviotas... la brisa chocando en contra de las palmeras, arbustos y edificaciones que se encuentran cerca... algunos grillos... un silbido que hacen el mar y el aire al coquetearse en la noche. Parece que hasta las piedras tiene vida, una vida que aprecian más que cualquiera que nosotros hemos aprendido a hacer.
Abres tus ojos, la obscuridad te cae encima con unos puntos llenos de luz. La bóveda celeste se abre ante ti. Ves las estrellas... estiras las manos para alcanzarlas, pero parece que huyen de ti. Hacía el horizonte, la reina del lugar sin nombre: la Luna. Es de color blanco perla... se ve un poco sola... parece a punto de morir...
Parpadeas con fuerza tratando de negar la muerte... no quieres abrirlos de nuevo...
De un momento a otro, tu curiosidad de engaña... los vuelves a abrir... todo se vuelve carmesí...
Se te queda en la retentiva el violeta, rojo, amarillo, anaranjado, azul, el blanco que pudiste ver... es cómo un colage de colores, pero aún así puedes distinguir cada uno de ellos... y no... no es un sueño...
Fuerza con los puños cerrados atrapando granos en tu palma... abres los ojos para no volverlos a cerrar.
Sí, has dejado de vivir en el pasado del día, y ahora se te enfrenta el futuro en tus ojos.
El Sol queda a tus espaldas, pero ilumina todo a su paso... más bien, lo quema.
¿Qué dejaste atrás en las huellas de la Luna?
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