No lo digo como cualquier descubrimiento, sino que es un eco de mis grietas. Aún no puedo dividir entre mi esperanza, idealismo y lo que siento. Todo eso hace las cosas más difíciles.
Simplemente me di cuenta que no puedo compartir todo lo que quería. No por mí misma, sino porque el otro no lo quiere recibir. Eso duele y desiluciona.
Primero cosas de familia y luego pequeños sueños que tenía.
Y no es que quiera dos sombras, más bien siempre estuve acostumbrada a que no hubiera nadie, a estar sola. Ahora que hay alguien con quien acompañar mis pasos, pensé que sería diferente. Pensé. Un gran pecado inocente.
Así, frente a todo lo que esperaba, ansiaba y creía, ahora tengo que meter freno de mano. Tal vez lo mejor sea no tomar todo tan serio. A lo mejor no es tan serio todo.
Igual, siempre es mejor no esperarlo todo, sino esperar la nada. Así se siembra de a poco, para -claro- cosechar poco. Tan sólo menos monstruoso de lo que era mi esperanza y fe.
Con ese dolor de pecho, vamos para dos años. Veo cómo se van separando nuestros pasos, unos van más lentos, y otros más rápido. Sólo que no quiero dejarlo atrás, pero no estoy segura que me quiera acompañar.
Supongo que mis lágrimas son de miedo. De ese miedo a repetir la historia, y despertar un día, dándome cuenta que mi mundo fue asaltado, violado y despojado de su fe. A que sea lo mismo de siempre.
Miedo a darme cuenta que he dado círculos -de nuevo-, y que el único cambio es el paisaje.
No se, tal vez lo mejor es que siga mis propios pasos sin miedo de dejar algo muy valioso atrás... Por su miedo y falta de interés en caminar de mi mano.
Mejor me seco mis lágrimas y veo al cielo, donde me esperan millones de estrellas y un gato sonriente que me da la oportunidad de volver a iniciar.
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