sábado, 16 de enero de 2016

En tus ojos

Aún recuerdo la primera vez que me hundí en ellos. Era fantástico perderse en ese mar de colores y palabras omitidas.

Estabas esperándome, eran poco más de las once de la noche. Estaba fresca la noche, un poco de viento quemaba mis mejillas. Venías vestido para la ocasión (jeans y chamarra, tampoco hay que presumir), y de toque especial, la boina. Me sonreíste y saludaste -creo que un poco nervioso, igual que yo-. Y desde entonces los vi, esos ojos marrones claros muy simpáticos, que te invitaban a sonreír. 

Eres, más bien, como un niño sonriendo. Y entonces, era algo especial lo que pude ver, era sorpresa, alegría, infancia, confianza e inocencia... El reflejo de tus ojos me hizo sentir en confianza, como si me dieran un cálido abrazo después de un largo viaje, y además me diste esa compasión que tanto necesitaba. 

Me gusta, después de tanto, verte sonreír en tus ojos. Me gusta que sea una mirada brillante, que seas lo más inocente puro que pueda tener. Me encanta que todavía me provoques suspiros cuando me miras, aunque me duela cuando termines por desviar tus ojos de los míos.

Y así te convertiste en lo que eres hoy, el niño (y dueño) de mis miradas. 

Pero no fueron los únicos ojos en los que me perdí. Recuerdo otros castaños, coquetos, juguetones y brillantes. Con ganas de triunfar y ser grande. 

No éramos los mejores, ni estábamos tan unidos, ni siquiera teníamos un nombre. Solo tú y yo. Pero ese día me di cuenta del grado de dolor que podría causarte. Porque por primera vez vi la dulzura y esperanza en tu iris. Esa mirada que a cualquier mujer hace sonrojar, incluso hasta ahora cuando solo la recuerdo de lejos. 

Me viste y sonreíste. Como si me estuvieras esperando desde hace años. Como si fuera lo único que querías ver. Como si tuvieras miedo de algo, a la vez. 

Miedo, un poco de incredulidad. Más miedo que incredulidad. "No, por favor. No me mires así", me dije para mis interiores. Entendí lo que muchos me decían sobre aquello de que estabas perdido. Muchas veces me había visto en ellos, en tus ojos; tenían  una mezcla de duda, desconfianza, aprehensión, pero cariño en el fondo. Como si me pidieras confiar en ti. Pero nunca me sentí tan amarrada a ti como en ese momento. 

Después llegaron el resto de miradas. Esas que pedían amor, o la que expresaba frustración, las que jugaban con mi consciencia, las de maldad, o aquellas perdidas en el tiempo. Nunca eran las mismas, pero sin  lugar a dudas demostraban más de ti que lo que tú mismo podías decir. 

Pero nunca pude confiar. Sabía donde habría de acabar todo. Por eso el miedo que me daba esa mirada llena de esperanza e ilusión. Pero finalmente, son esos ojos que aún me persiguen en sueños, que me preguntan si todavía estoy con él, los que no me dejan sola. Hoy, están lejos, muy lejos de mi.

Había otros ojos, más atrás en el tiempo. Tal vez de ahí que la desconfianza sea mi tarjeta de presentación. Eran ojos vacíos. Como si alguien le hubiera robado una parte importante. Había pánico, gritos ahogados, soledad en ellos. 

Nunca me pude explicar por qué estaba con esa persona, pero seguro fue por algo que vi ahí. 

Eran comunes y corrientes, no tenían nada especial. De hecho, no, no tenían nada expresivo. Eran dos puertas cerradas que, en cuyo intento de abrir, me lastimaron. Era como ver en los ojos de la bestia, justo antes de que te comiera. Pero de algún modo, no sé cómo, ese par hicieron que te diera lo mejor de mí (tonta idea mía). Levante mis piezas rotas, y te dejé. Tan solo y frío como ya lo eras desde antes.

Entonces necesitaba algo de calor, algo que me hiciera sentir protegida, incluso necesitada. Como esos otros ojos que me gritaban, que me pedían que nunca los dejara. 

Recuerdo que por esos años, los dos eramos muy cercanos cuyas historias no estaban destinadas a empatarse en tiempos. Pero ahí estábamos juntos. Juntos no, corrijo, simplemente estábamos ahí. 

Para mi, tenías dos miradas. La primera era llena de lujuria y celos, que demandaban atención en ese momento. No importaba la hora, el lugar, la circunstancia, me necesitabas para saciar lo más caliente de tu mente. Esos ojos y tu aroma son los que más recuerdo de ti, porque en eso basamos nuestra sociedad. Los recuerdo antes de besarme, mientras íbamos a un bar, cuando nos dejaban solos, cuando -incluso- estabas enojado y decepcionado del mundo. Me gustaba, después de todo, que esos ojos claros vieran tan profundamente en lo más bajo de mis entrañas. 

La segunda expresión era cuando necesitabas cariño. De ahí aprendí a pedir compasión. No sé, de repente estabas sumergido en tus pensamientos cuando alzabas la cabeza y te dirigías hacia mí. Nunca entendí en qué se basaba ese dolor tuyo, no sé si fui la culpable de tanto frío (y espero que no), pero me provocaba una tensa sensación de descontrol. Una necesidad imperiosa de quererte reparar. Generalmente, después de hacer todo este ritual, volteabas la mirada y te perdías en algún punto al que no podía alcanzarte.

Me dejabas fría. Sin poder hacer nada por ti, y para nosotros. Nunca estuve a tiempo contigo. Eso me rompió. Me alejó, y me dejó fuera de tu competencia interna. Te olvidé y me fui. 

Antes de toda la tribulación, de todas las sonrisas, de esas miradas coquetas y llenas de incertidumbre, hubo otras que hasta la fecha no sé entender. Eran las miradas más intrigantes que se me pudieron presentar, las que me pedían más amor cada vez, las que me ofrecieron de beber cuando más sed tenía. Pero cuando necesitaba algo de confort y seguridad, esos ojos claros y misteriosos se alejaban de mí. 

Era de lo más agotador, lo más frustrante, lo que más me dolió. Y a la vez, fue lo más sincero que tuve. Siempre que no se tratara de amor o de fidelidad, estabas ahí, estuviste ahí cuando me sentía sola, pero no cuando tú eras mi soledad. A estas alturas, todavía no te entiendo. Nunca te encontré en realidad, siempre fuiste otro, ajeno a lo que te pasaba pero atento con las demandas de los demás. Nunca quisiste amar, pero necesitabas serlo. 

Y así, encontraste la manera de querer a los demás sin involucrarte demasiado. 

Después de tantas miradas, de tantas expresiones, de tanto dolor y amor escondidos tras esos ojos; hoy quiero un poco de seguridad. Quiero unos ojos que me ofrezcan amor, que garanticen permanencia, y que sepan que soy yo la que está del otro lado. 

¿Se puede estar segura de eso? Es decir, ¿cómo puedo saber si ya lo tengo? Porque ese par que me mira hoy, me da paz pero no sé hasta cuando no habrá guerra.

Eso es lo que queda. 

No hay comentarios: