¿Qué tan mal puede estar la humanidad, que insistimos tanto en destruirnos a nosotros mismos?
Aún recuerdo la mañana del 11 de septiembre del 2001. Estaba en los primeros días del primer año de preparatoria; justo fui por algo de comer a la cafetería cuando los televisores mostraban la imagen de las (ahora extintas) Torres Gemelas de Nueva York, tras ser impactadas por dos aviones comerciales. El titular: Atentado Suicida en La Gran Manzana.
El hecho, sin dudarlo, terrible y lamentable. Era de las primeras veces que sonaría el concepto "terrorismo" tan 'a puertas abiertas' en los medios de comunicación, y que era explicado por personal del gobierno de todas las naciones.
El mundo no sabía qué cara poner, ni cómo condenar, mucho menos qué hacer. Era uno de los crímenes más duros en la historia moderna de la humanidad. Pero, a pesar del gran horror y a 15 años de diferencia, hoy sigue esta lucha.
Hoy, 22 de marzo de 2016, más de 30 personas fallecieron y otras 230 más resultaron heridas tras unos ataques perpetrados en el Aeropuerto y en el Metro de Bruselas, capital del Bélgica.
Esto después del atentado en París, Francia. Con disparos, fueron asesinadas 137 personas y 415 resultaron heridas en varios puntos de la ciudad, entre ellos un estadio y varias calles. Esto, el 13 de noviembre de 2015.
Las imágenes fueron totalmente impactantes. Una de las agresiones ocurrió en el teatro Bataclan, donde esa noche se presentaba Eagles of Death Metal. Muchos murieron durante el desorden (como en todo buen concierto, la oscuridad y ruido dificultó entender la agresión); pero otros corrieron para salvar su vida. Desde colgarse de un barandal hasta resguardarse en la azotea fueron algunas de las alternativas.
El 7 de enero de ese mismo año, empezaba la historia en territorio francés. En esa ocasión, la redacción del semanario Charlie Hebdo fue el lugar siniestrado. Doce muertos y otros 11 lesionados. En un ataque directo, los agresores ingresaron al edificio a tiros, no se detuvieron hasta la oficina del jefe de la publicación, donde mataron a nuestros compañeros periodistas. Eso, sin mencionar a los policías acribillados afuera de la instalación.
No fue el único ataque en esas semanas, se sumaron otros dos que, junto con los operativos antiterroristas, terminaron con un saldo mortal de 22 personas.
Estos ataques fueron adjudicados al grupo Estado Islámico. Bajo la religión musulmana, arremetían contra aquellos que -a su modo de ver las cosas- atentaban contra su religión, sus creencias, su pueblo.
Ellos querían hacer justicia, de la que ellos llamaban justicia. Y es que tampoco la han visto fácil. Han sido años de recibir ataques por parte de Estados Unidos y de sus aliados, sobre todo después del 11S. Además, hay que sumar los pocos resultados tangibles de la llamada "Primavera árabe", después de la cual todo debió girar en beneficio de los habitantes del Oriente Medio.
Una de las muchas expresiones de odio de ISIS (como también se conoce al grupo Estado Islámico) fue decapitar a quienes capturaban. Así , el espectáculo de terror se extendió a través de YouTube, donde eran publicados vídeos de decapitaciones.
No solo se trataban de norteamericanos, también de ciudadanos franceses, ingleses, y de otras partes de Europa.
Entre ellos y Boko Haram, otro grupo de agresores terroristas que mantiene sus operaciones sobre todo en Nigeria, Chad y Camerún; han mantenido en zozobra a Oriente Medio y Europa Occidental. Nigeria es el país más afectado, con más de seis mil millones de dólares en pérdidas y más de 20 mil muertes.
Pero el territorio que es bastión y ring de pelea es Siria. Hay más de cuatro mil 500 muertes provocadas por los bombardeos de los países aliados y por los atentados de ISIS y Boko Haram, de acuerdo con el Observatorio Sirio. Por ello, la emergencia humanitaria que solicitaba asilo para miles de civiles que se vieron en medio de una guerra sin nombre.
Sin embargo, hay dos grandes riesgos en esa tarea: recibir a los sirios y que entre ellos se filtren terroristas. El segundo es, bueno, que no logren llegar a su refugio. Así ha pasado con cientos de personas que fallecen en naufragios durante su intento para llegar a otros países. De ahí, esta imagen...
Llevamos miles de años habitando este planeta, y aún no encontramos la manera de no extinguirnos, de no terminar con nosotros mismos, de vivir en paz.
Hay sangre en los pisos, madres y padres llorando a sus hijos, hijos enterrando a sus padres. Injusticia en todas las vistas. Muerte de todos los colores.
Es un tema que a todos nos ha tocado, gracias a los medios de comunicación y redes sociales, y que aún no nos deja de sorprender. ¿Cómo es posible que nos estemos haciendo esto?
No es posible que mueran miles de personas en nombre de una guerra religiosa, en nombre de un dios, en nombre del poder. Es increíble pensar en todo lo que las víctimas han pasado.
Pensemos en los familiares de las más de 200 jóvenes secuestradas en Nigeria por Boko Haram; pensemos en el padre (y único sobreviviente) de Rajoy, el niño que se muestra tirado en la arena; en los seres queridos de los muertos en los atentados en París, Bruselas, Nueva York, Madrid, Inglaterra, Damasco.
¿En realidad son víctimas colaterales?, ¿deberían de existir?
En Siria, los pobladores se preguntan dónde esta Alá, al momento de un bombardeo. En que son víctimas del dedo de un militar con el poder de apuntar y tirar una bomba, sin saber (al cien por ciento) si no hay civiles en el punto cero. Quienes los están atacando, posiblemente, no conocen su vida, su realidad, el sufrimiento por vivir en un lugar desafortunado. ¿No creen que tienen -por lo menos- un poco de razón al sufrir y pedir ayuda?
Mueren niños tras las bombas contra escuelas confundidas por bastiones de rebeldes. Mueren mujeres en sus hogares quemados por extremistas; y mueren sus hombres abatidos durante sus reuniones en templos estallados por una bomba aérea lanzada por quiensabecuál nación. ¿Ellos no son víctimas también?
Todo porque cada bando cree tener la razón y hacen competencias de mártires, piensan que tienen la justicia entre sus manos. Y lo cierto es que solo unos pocos tienen la posibilidad de superar sus carencias. ¿No deberíamos pensar más en ello?
Este no es más que un recuento rápido de todo lo que ha pasado en poco más de un año. Son muchas las cifras, los datos, las anécdotas, pero sobre todo las vidas humanas que se perdieron injustamente, solo por estar en el momento equivocado, en el lugar equivocado.
Estoy en la Ciudad de México, afortunadamente con techo, comida, vestido, familia y seres queridos cerca. Aquí se vive una guerra diferente, llena de contrastes socio-económicos y políticos, que es más dramática en unos puntos que en otros. Pero a pesar de ello, aún puedo darme el lujo de desconocer el dolor de perder a un ser querido durante un bombardeo.
No por esa guerra, que no me deja tranquila, no debo sumarme a las condenas por el genocidio que estamos haciendo. Porque por cada voz que calla, hay otra que injuria contra los demás. Y lo siento, pero no hay humanos de segunda, por cada uno hay que levantar la voz.
No pretendo llamar la atención, no pretendo sumarme a las filas del llamado "tren del mame", solo quiero desahogarme de la mejor manera que sé hacer: escribiendo. Además, claro de dejar algo de música para acompañar el momento.

















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