martes, 8 de marzo de 2016

Y sí, sin ti

Tan rápido escucho llover y me calmo. No sé bien en qué consista la melancolía que suele embriagarme cada vez que me oculto de ella, pero al mismo tiempo me exige escucharla. 

No sé si solo sea culpa de mis pensamientos, de mi absurdo romanticismo, o de esa necesidad de sentirme sola. El punto es que -bueno- la magia no acaba mientras llueve de noche. 

Por ejemplo, esa vez que te vi correr debajo de la lluvia. Éramos solo unos niños jugando a ser adultos. Necesitábamos más tiempo para vivir de "a rápido". Necesitábamos más de nosotros mismos y de la inocencia que era amar entonces. Nunca entendí si era tu hermosa sonrisa, o el brillo de tus ojos, o simplemente la expresión picaresca; pero todo eso se me hacía irresistible cuando iba tras tus pasos, jugando a que no te atraparía (hecho que terminó por pasar al final de nuestra historia juntos). Tu aroma mezclado a la tierra mojada -uhhmm- era uno de mis mayores placeres. 

¿Por qué no jugar a que nos quemábamos debajo de la lluvia? Porque esas ganas nos ganaban de más en más, de poco a poco. Teníamos muchos sueños y muchas esperanzas que pronto se habrían de agotar ("les faltaba el aire", me gustaba decirte). De repente la tarde se hizo noche, y la noche madrugada. La vida se hizo corta para los dos, y envejeció con nosotros en sus manos. 

Aprendí a caminar y disfrutar ese frío. No era en sí mismo un castigo, más bien la enseñanza sobre saberte vivo y -en contraste- de sangre caliente. Estaba sola. Sola caminaba por las largas calles llenas de personas pero vacías de ti. No entendí entonces que no te volvería a ver, que simplemente huiste de mis días. 

Eran las pesadas prendas húmedas contra la piel lo que me recordaba que ya no estabas tú. Porque como mi blusa, así de pesada era tu ausencia. Tu recuerdo se pegaba a mi piel, y el frío lo  hacía cada vez más duro. Tu aroma ya no venía acompañado de dulces recuerdos infantiles.

Luego aprendí a correr sola debajo de la niebla. Esa blanca niebla que solo disfraza la oscuridad de la noche -era como imaginarse si la luz solamente fuera blanca-. Corrí, y corrí, y corrí hasta olvidar que estabas ahí. Porque ya no estabas ahí. Porque fuiste tú el que me negó, el que me olvidó, el que decidió no estar más. El viento quemaba mis poros, la luz cerraba mis ojos, pero mis manos... Mis manos rompían la estela. 

Y pensar que también llueve cuando hay sol. Pensar que también llueve cuando hace calor. Es de esa lluvia que dura poco, y que así como llegó se fue. 

O esa lluvia que azota con fuerza tu cuerpo. Que más que lluvia, pareciera una ola de rencores contra ti y tu pecho. Que rompe con todo a su paso, que es más viento que agua, que es más incertidumbre que calma. Como estar atrás de la tormenta. Sí, como estar detrás de la tormenta. 

Hoy. Desde aquí. Esta noche, escuchó como la lluvia azota mi ventana. Parece que hiciera un llamado, que se arrepintiera, que ojalá nunca se hubiera ido. Y mientras tanto, yo. 

Yo, sola en mi habitación. Sacándome la ropa húmeda, después de correr a contra viento. Entiendo que la ropa se seca, el cuerpo se calienta, y yo encuentro mi lugar en el mundo. Y sí, sin ti.

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